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Anamá ediciones es una editorial nicaragüense con distribución en Centroamérica.

poema de Carlos Fonseca Grigsby

El rinoceronte es un animal imaginario

como el mamut, el tigre de Tasmania y el dodo.

Al ver uno Marco Polo pensó que miraba

un unicornio: era después de todo

un animal cuadrúpedo de un solo cuerno.

Alberto Durero hizo un grabado de un rinoceronte

que nunca vio, y en lugar de piel gris y gruesa

le puso armadura de caballería pesada

o de ariete. Un buque blindado solitario en la llanura:

el rinoceronte imaginario de Durero

que además tiene rostro triste

como si supiera que los rinocerontes blancos

también se convertirían en animales imaginarios

una vez que se extinguiera

el último macho de la especie.


De manera que ya pueden quedarse ustedes

con sus hipogrifos, sus dragones y sus chupacabras

yo me quedo junto al rinoceronte de ojos melancólicos

y apenas entornados, como los de sus guardianes

que tienen ojeras más largas

que las del primer amor

y que protegen de los cazadores furtivos

a las últimas rinocerontes blancas

que iluminan la noche por abajo como lo hace la luna por arriba.

POEMAS DE NORMA IVONE ARMAS GUERRA

Les invitamos a leer la poesía de Norma Ivone Armas Guerra (Otavalo-Ecuador, 1961)

MIRAR ATRÁS

Mirar atrás

encontrar

este año recorrido

y sorprenderse

por lo duro del camino

lo turbulento del río

los dolores

y las cicatrices.

Mirar atrás,

sorprenderte

de tus propias fuerzas

tu férrea voluntad

todas las voces

y las manos

ayudando

empujando

ofreciendo agua

palabras buenas

bendiciones.

Sentir gratitud total

mientras los ojos

se humedecen.

Mirar atrás

entender

que pasó el vendaval

y los últimos vientos

van limpiando

las malezas y escombros

mientras la lluvia

asienta polvos

nutre la tierra

siembra futuros.

Renazco

voy renaciendo.

El sol afortunadamente

alumbra

calienta

y la luna se llena

cada noche.

FUERZA TOTAL


 La vida nos sorprende
 en cada minuto.
 Ningún paso 
 está libre de tropiezo
 pero seguimos caminando.

 Hay fuerzas colosales
 que nos impulsan
 fuerzas sin memoria
 pegadas a nuestros genes
 heredadas de madres
 que siguen galopando
 en nuestras venas
 y nos sostienen 
 contra todo miedo.

 Hay fuerzas del presente
 que nos llenan.
 El amor 
 la rosa
 la risa
 la caricia
 una foto
 una pantalla
 una palabra.

 Hay fuerzas de siempre
 que llegan en bendiciones
 rituales

 ceremonias
 medicinas
 cantos
 oraciones.

 Recibo tu fuerza
 te abrazo en la mía.
 Juntas se crecen
 nos renacen.

Ernesto Cardenal ordenando su poema Con LA puerta cerrada

    

CON LA PUERTA CERRADA
Y cómo es que apareció cuando apareció
el Hijo de Dios bien desarmado
el lector fácilmente puede imaginarlo
Habrá sido extraño ver a Jesús
en medio de pobres enfermos y mujeres
liderando el Movimiento de Jesús
el manto no muy nítido que digamos
lavado por su madre lavandera
una tal María
Carpintero de ciudad en Cafarnaúm
tecnos en griego
de donde viene Técnico y Tecnología
“Y ustedes quién dicen que soy yo”
porque tal vez él mismo no sabía
Un Dios hecho carne
la calumniada carne
Y nosotros parte del Cuerpo de Cristo
junto con nuestros muertos queridos
como un hecho biológico
Jesús polvo de estrellas como nosotros
producto del Big Bang como nosotros.

Dios se unió al hombre despojándose de Dios
No nos reveló religiosidad sino humanidad
Encarnado en lo humano reveló a Dios.

No en el Templo
Jesús iba al monte a orar
y oraba a Dios (Abbá Papá)

fragmento / poema Con la puerta cerrada

Lizandro Chávez Alfaro

25 de octubre 1929 6 de abril 2006

Fragmento de COLUMPIO AL AIRE

En aquel descendimiento de brisa acuosa había una calle cubierta de grama. Sobre el manto verde, Tisí Hendy bajaba con paraguas multicolor en la derecha y un ramo de floripondios en la otra mano. Bandadas de golondrinas revoloteaban entre el cielo opaco y el brillo del suelo humedecido. Las aves hendían el aire cazando al vuelo en una anchísima nube de libélulas. Confiadas en su velocidad, las golondrinas pasaban casi rozando las faldas de la niña y de la tía Viola que a su lado venía erguida al amparo de un paraguas de damasco negro. La breve cúpula oscura avanzaba con majestad, mientras Tisí se agitaba en el deseo de atrapar alguna golondrina en el cuenco glauco de su paraguas abierto. Aquellos vuelos elípticos eran siempre más raudos que los ojos y los pies y los hombros de la persistente cazadora. Cuando la tía Viola, con el simple peso de una mirada amonestadora, detenía los giros de su afán pajarero, Tisí se echaba al hombro el paraguas de casquillos y contera rojiazules en espirales de caramelo; levantaba el desmesurado ramo de floripondios para hundir la cara en un globo de aroma. De los cálices blanquecinos surgían estambres cargados de un olor que penetraba todo su cuerpo con dulce lengua invisible. Embriagada, la carita desaparecía en el ramo de flores adornado con hojas de velillo: verde filigrana que con primor le acariciaba el cuello, la frente, las orejas calientes. Se despegaba del aroma sólo cuando la tía Viola, desde su malestar contenido, le advertía desgracias. Vio a Tisí aspirar de nuevo con avidez, y entonces dijo que la cercanía de ese perfume cortaba en las niñas sus tiernas flores carnales. Dijo que venían a ser agrias mujeres sin hijos; aventureras sin dedicaciones ni nada en que reclinar el corazón. Tisí levantó la cabeza. Con delirante brillo en los ojos preguntó a la tía si ella había olido floripondios en su niñez. En silencio, Viola volvió a erguir el busto jugoso y la niña volvió al revoloteo de golondrinas, al deleite del aroma, sin ganas de tener corazón qué reclinar en aquel su lejano tiempo de mujer. Entre desafíos de flores y pájaros, entraron a la Calle del Rey. Los corredores de madera machihembrada alojaban grupos de mirones atrincherados en el desprecio o en un ceñudo rencor. Otros vertían pura guasa sobre los transeúntes que vadeaban charcos en su viaje hacia la orilla sur del pueblo. Eran desfile de compungidos portadores de sacos de lona, canastos ovales y pequeñas cajas de madera abrillantada a fuerza de maque. Todas las carpinterías de Bluefields se habían visto atareadas en la fabricación de cajas. Hombres de levita y bombín o muchachos descalzos las cargaban bajo un solo brazo o sobre la cabeza en lánguido movimiento. Bajo la luz difusa de media tarde, se hizo clara la división entre la corriente humana en avance y sus márgenes. Quienes asumían distancia de espectadores observaban desde sus balcones secos. Eran soldados de baja; pícaros en plena ocupación; desempleados peones de plantaciones bananeras: todos ellos entretenidos varones de una astrosa migración reciente. A la intemperie avanzaban los otros en una misma translación, con aire de involuntarios peregrinos. Aunque ocupando el mismo espacio público, mirones y mirados permanecían en sitios separados por la imaginación. Estaban en tiempos distintos. Mientras unos iban caminando por lo que siempre sería para ellos la Calle del Rey, los otros estaban plantados al borde de la que hacía dos años, desde agosto de 1894, habían decretado llamar Calle del Comercio. En cualquiera de sus posiciones, móviles o inmóviles, intruso era el otro, la otra, los otros. Sobre la calle saturada de humedad pesaban nuevas sospechas, seculares resentimientos. Entre tal saturación venían triunfantes el paraguas negro de Viola y el paragüitas glauco de Tisí: dos mujeres contempladas por todos sus lados; tasadas a la redonda. El flujo de peregrinación se arralaba en torno a Viola y Tisí: dos que en vez de caja o saco de osamenta llevaban flores. Sus cuerpos de mujer pasaban suspendidos en esa nada que el mirar de hombre atraviesa a su antojo. La falda larga de Viola era un vaivén de ondas bermejas jugadas sobre sus carnes maduras. Su corpiño lleno a reventar iba opacando la luz de sus pechos. Ante el soplo fuerte de risas y palabras masculinas, los botines de Tisí cosquillearon sus pies; los floripondios y el paraguas se le aquietaron en las manos frías. Percibía por primera vez en su vida, la magnitud de aquel ruido de asedio: el taconeo de las miradas que la andaban por detrás, por los costados; pasaban entre sus piernas huesudas, la recorrían de la boca al vientre, atravesaban sus entrañas, transitando como por casa sin dueño ni dueña. Revolotear de voces de hombre: el acompañamiento de la estrepitosa invasión de sus entresijos. No había mampara ni biombo ni muro en donde esconderse. Nada qué oponerles tenía. Quiso refugiar una mano en la mano alhajada que junto a ella se mecía con el paso impasible de la tía. De pronto supo que para acogerse a ella hubiera necesitado una tercera mano. Caminó con los floripondios sobre el pecho y el paraguas apoyado en un hombro; las entrañas apretadas por un desconocido sobresalto. De reojo vio la cara alta de Viola. Aquella parecía haber alcanzado el absoluto entendimiento de todo lo que fuera dicho por hombres, en cualquier idioma. Aun en su disgusto, permanecía figura serenísima, montada en el arte de llevar el cuerpo firme frente a la perpetua tempestad de la mirada pública. Repudiaba esa mirada. A la vez la celebraba en una atroz ambigüedad pulida durante milenios de humanidad, hasta convertirla en gracia de mujer. Junto a esa serenidad vista desde abajo, Tisí aplacó en la imitación los temblores del súbito descubrimiento del asedio. Ella y la tía eran ya dos criaturas del mismo cateo en sus carnes. Respondían con igual orgullo. Tisí iba aturdida por su flamante noción, cuando pasó rozándola un niño. Este se aferraba a una mano de su padre; llevaba el tronco cubierto por un grueso rollo de mecate colgado en bandolera. Viola simuló no haber visto la enorme espalda del joyero, fotógrafo y organista Palmaro Combs. Él simuló no haber aspirado una micra veloz siquiera de un conocido aroma de ilang-ilang macerada en transpiración de seno de mujer. Se ignoraron. El y ella con su respectivo menor de edad al lado. El niño volvió una y otra vez la mirada hacia Tisí, a pesar de su incómoda joroba de fibras pardeadas por brisas marinas. La dificultad de seguirle el paso largo al padre, no le impidió insistir en que sus ojos se mantuvieran vueltos hacia su inexplicable descubrimiento de algo tan sobrecogedor como la aparición de la luna llena sobre el horizonte marino de octubre. Revestida de enfado, Tisí se parapetó en sus floripondios para mostrar la lengua en toda su espejeante blandura de almeja, roja, rápida en sus salidas de la boca. Sorprendido en lo más recóndito de su curiosidad, el niño se recogió en el sonrojo. Apretó los dedos de su padre. Se acomodó en un hombro el rollo de mecate. El diálogo de muecas y rubores quedó truncado por un estruendo de cascos. Se aproximaba desde el norte de la Calle del Rey que serpenteaba junto a la costa de la bahía. Los peregrinos respingaron hacia los lados de la calle, donde a falta de andenes, verdeaban largas islas de grama. También Tisí intentó apartarse. La mano alhajada de su tía Viola la retuvo con fuerza por un hombro; la obligó a mantener el paso recto, sin un sólo gesto que concederle a lo que amenazaba por detrás.

Los mirones de los corredores y balcones, levantados entre el alborozo y la estupefacción, concentraron sus miradas en dos militares montados. Venían con el pecho inflado, los hombros tiesos, estrellando charcos en su arrogante galopar sobre caballos briosos, domados por expertos. En los miradores secos hubo quienes se llevaron a la frente una mano rígida en saludo militar, descendiente de la reverencia de los soldados que en tiempos medievales saludaban a su rey sordo llevándose la palma de la mano a una oreja para oír mejor, ni más ni menos como lo hacía su rey sordo al encontrar a un parlamentario. Entre saludos militares pasó el general Pablo Migloria, seguido por su ayudante, el teniente Sanarrusia. Lo dorado de sus charreteras y cordones se amustiaba en la opacidad del día, sin que ello disminuyera el porte triunfal de ambos jinetes. Todos les habían abierto paso, entre saludos y hasta aplausos, excepto una mujer y una niña que ni siquiera parpadeban al recibir sobre sus caras y vestidos las salpicaduras de agua lodosa. Tampoco el general Migloria bajó la mirada hacia aquellos estorbos faldudos. Fue Sanarrusia el que a golpe militar en la voz dejó caer dos palabras: —Negra insolente. Viola contestó con una palabra dicha ente dientes, más para los oídos de Tisí que para los jinetes insultantes, sordos bajo su palio de arrogancia: —Ladrones. Quería Viola abarcar todo su agravio con un solo denuesto. Quería decir ladrones de caballos; ladrones de la legalidad; ladrones del sosiego y la certidumbre en que Bluefields había vivido antes de aparecer aquellos demonios discurseadores. Sacó un pañuelo. Con ira hecha cuidados, fue enjugando la cara de Tisí, las manchas en el vestido. Limpiaba y le explicaba a la afligida sobrina que eran incontables los nombres del robo, entre ellos el pomposo método de la confiscación. Confiscados había sido, entre otros bienes del Reino Mískitu, los caballos en que se pavoneaban Migloria y su ayudante. Poseída por la misión de enseñar lo que se ocultaba tras el desaforado tiempo presente, dueña de la tarea de entrenar a la hija de su hermano en las razones del humillado, la arreglaba y le contaba que esas dos bestias de gran alzada habían sido tomadas de la caballeriza que fundara el Rey George Augustus Frederic treinta años antes del actual desastre. El pie de cría había sido una pareja traída de Jamaica: la yegua alazana y el semental doradillo que el Tercer Conde de Effingham había enviado como regalo para George Augustus, en celebración del tratado con que Inglaterra fijaba los límites del territorio en que el Reino Mískitu sería autónomo, bajo la protectora ala británica y la respetuosa admisión nicaragüense de esa realidad. Nadie, Tisí, había amado al caballo con la pasión de George Augustus; a la hembra y al macho caballar. Muchos decían que para aquel extravagante era música lunar oír durante horas el relincho nocturno de una yegua en brama, perseguida por su garañón en el transparente residuo de la noche. Recordaba muy bien Viola su primer encuentro con la descendencia de aquellos animales, en el potrero cercado de cuartones blancos que se extendía detrás de la corte y la residencia del rey, construidas en lo más alto de Bluefields. De otro mundo era el brillo del pelaje de aquellas bestias; la seda de sus crines y colas ondeando al aire. Desde Jamaica ya habían llegado con nombre propio. Deneb era la yegua, por el lucero gris que le separaba los ojos; Gong el semental de poderosos golpes en la panza. Viola recordó para sí misma que aquellos célebres topetazos todavía resonaban en ciertas lujuriosas memorias.

Esos caballos, descendientes de las Royal Mares de Carlos II de Inglaterra, habían sido engendrador y gestadora de todos los pura sangre conocidos en Bluefields, incluido el trotón que había movido el tílburi del cónsul Walker; incluida la yegua machorra que el reverendo Fassbinder mantenía en forma para que la montaran sus hijos cuando llegaban a visitarlo desde Altona, en la orilla prusiana del río Elba; incluidos los potros en que cada domingo por la tarde, bajo el sol o bajo los truenos, hacía sus paseos rituales el ubicuo Safá Kubrik. Todos los verdaderos caballos descendían de Deneb, hasta llegar a la pareja confiscada por los invasores, con igual desfachatez que habían confiscado edificios, terrenos, lanchones y veleros. No otra cosa que confiscación nefanda había sido declarar terreno de utilidad pública el viejo cementerio. De ahí se desprendió el plazo perentorio en que habrían de ser trasladados los restos mortuorios a un nuevo panteón, como los invasores preferían llamarlo. Tisí se había tragado el sollozo que le atravesó la garganta al verse salpicada de lodo. Caminando en silencio, con ojos muy abiertos, escuchó el ardido relato de Viola. Quiso imaginar la música de relinchos que adoraba el rey George Augustus, y su naciente inquina no la dejó ir más allá del resoplo brutal que había oído tan de cerca en el momento de sentirse la cara azotada por gruesas gotas de fango. Viola siguió entregándole impacientes trozos de un pasado, rotos y no por eso fuera del largo nicho luminoso de la felicidad recordada.

Dos poemas de Carlos Martínez Rivas

Beso para la mujer de Lot

“Y su mujer, habiendo vuelto la vista
atrás, trocose en columna de sal.”
Génesis, XIX, 26

Dime tú algo más.

¿Quién fue ese amante que burló al bueno de Lot
y quedó sepultado bajo el arco
caído y la ceniza? ¿Qué
dardo te traspasó certero, cuando oíste
a los dos ángeles
recitando la preciosa nueva del perdón
para Lot y los suyos?

¿Enmudeciste pálida, suprimida; o fuiste
de aposento en aposento, fingiéndole
un rostro al regocijo de los justos y la prisa
de las sirvientas, sudorosas y limitadas?

Fue después que se hizo más difícil fingir.

Cuando marchabas detrás de todos,
remolona, tardía. Escuchando
a lo lejos el silbido y el trueno, mientras
el aire del castigo
ya rozaba tu suelta cabellera entrecana.

Y te volviste.

Extraño era, en la noche, esa parte
abierta del cielo chisporroteando.
Casi alegre el espanto. Cohetes sobre Sodoma.
Oro y carmesí cayendo
sobre la quilla de la ciudad a pique.

Hacia allá partían como flechas tus miradas,
buscando… Y tal vez lo viste. Porque el ojo
de la mujer reconoce a su rey
aun cuando las naciones tiemblen y los cielos lluevan fuego.

Toda la noche, ante tu cabeza cerrada
de estatua, llovió azufre y fuego sobre Sodoma
y Gomorra. Al alba, con el sol, la humareda
subía de la tierra como el vaho de un horno.

Así colmaste la copa de la iniquidad.
Sobrepasando el castigo.
Usurpándolo a fuerza de desborde.

Era preciso hundirse, con el ídolo
estúpido y dorado, con los dátiles,
el decacordio
y el ramito con hojas del cilantro.

¡Para no renacer!
Para que todo duerma, reducido a perpetuo
montón de ceniza. Sin que surja
de allí ningún Fénix aventajado.

Si todo pasó así, Señora, y yo
he acertado contigo, eso no lo sabremos.

Pero una estatua de sal no es una Musa inoportuna.

Una esbelta reunión de minúsculas
entidades de sal corrosiva,
es cristaloides. Acetato. Aristas
de expresión genuina. Y no la riente
colina aderezada por los ángeles.

La sospechosamente siempreverdeante Söar
con el blanco y senil Lot, y las dos chicas
núbiles, delicadas y puercas.

Los perdedores caen en la lona

Ser el ganador es una vulgaridad.

Yo, personalmente, me sentiría abochornado
si me levantaran el brazo ante la multitud
en el cuadrilátero bajo una luz de oprobio.

¿Por qué?
¿Porque derribé a un luchador solitario
que ni siquiera combate conmigo
sino consigo
y a lo mejor era mejor que yo?
¿Por qué no le levantan el brazo también
al que está en la lona caído
si peleó lo mismo?

Gene Tunney era mejor que Dempsey.
No un bruto. Un científico. Un poeta
que escribe en su Autobiografía, ARMS FOR LIVING:
“Allí estás solo.
No hay amigos allí. Te la juegas sin nadie.
No hay partidarios excepto tus brazos”.

El perdedor estudió su técnica en anteriores
combates. La suya y la del adversario.
Las comparó en rollos de películas proyectadas
en el comedor, después de la cena, con sus hijos.
Niños de ardientes pómulos confiados en su fuerza.

Seguros de la victoria del padre.

Pero tal vez el perdedor estaba
perdidamente enamorado de su esposa
y roto por el insomnio.    Como Jack Brennan.
—Sí.    Como Jack Brennan.

Y durmió mal la víspera del encuentro.
No le respondieron los reflejos.
Se le agarrotaron los tendones del muslo.
Demasiado clinch.
Deficiente trabajo de piernas y juego de cintura
frente al otro: sereno, manteniendo
la guardia ortodoxa sobre la pierna izquierda
hasta el gancho mortífero,
como el gesto del embozado en el cartón de Goya.

El sudor del esfuerzo espaldar.
El tallado torso refulgente como diamante.
Un prisma proyectando un espectro de brazos
como luz en haces.

Pero nadie sabe que uno piensa cuando boxea.
Piensa en una caja de música de niños
y una esposa en trámites de divorcio.
Sentada Dios sabe dónde.
Dos ojos neutros en trámite de divorcio.

Ganar: vergüenza profesional.
Perder: destino sin concesiones.
Si todos somos, nadie es más grande.
Si la victoria de uno es la derrota de otro,
toda victoria es, en algún lugar,
un fraude.

POEMAS ROSA PASOS

Vivamos para ser eternos

Acuérdate mundo…

que fui de tierra… de arena.

Acuérdate mundo que amé tu cuerpo… 

y tu existencia

que yo existí dentro de tu esencia.

Acuérdate mundo que fui de agua…

que fuimos dos

que fui beso… fui carne…

que fui mujer…

acuérdate mundo que me alimenté

de abrazos y de luna

acuérdate que el sol

me dio energía y me transformó la piel

para tocarte.

Acuérdate que amé mundo,

porque no fui más que hierba enredada en tu tronco.

Acuérdate mundo…

que perdí forma amándote

porque amar

me llevó a mi estado original.

Acuérdate mundo

y no dejes de acordarte…

para que seamos eternos.

17-2-75


Sueño

Como una sorpresa…

Como voces que te llaman por detrás…

Como de repente…

Como llamas a lo lejos…

y los ojos se mueven por dentro…

en la realidad situaciones diferentes…

y más lejos es por casualidad…

y es solo por un instante que estoy aquí…

En rieles

Una noche sombría.

El tren atraviesa despacio…

los colores dormidos de la luna escondida

las palabras leves

y los movimientos ansiosos

los hombros arrecostados

y el pensamiento despierto

las risas del juego

y el ruido de los rieles

los extraños que preguntan

en el camino del tiempo.

10 de noviembre de 1977, en el tren de París-Londres

La tarde

Trae recuerdos

Trae nostalgias

Se funden las pasiones

El alma se agiganta

Se enciende el brillo de los colores

Descansa mi cuerpo y mi espíritu…

Se funde el día con la noche

Se calman las aguas del océano

Se rinde el sol ante la luna.

CARTA DE GINÉS BONILLO A ERNESTO CARDENAL

COMUNIÓN PERSONAL CON EL PADRE ERNESTO EN LA MORADA CELESTE

Querido Ernesto:

¿Cómo comunicarme contigo, ahora que no estás con nosotros, ahora que te hiciste universal en el más amplio sentido de la palabra y habitas en los celestes confines del firmamento? ¿«Padre», «Ernesto» o «Cardenal»? Cuando converso con alguien en España te nombro «Cardenal», «Ernesto» cuando platico con los amigos comunes de Nicaragua, y «padre» –como a ti te gustaba- cuando conversábamos las horas perdidas en la galería. Así que, mejor, sencillamente «padre».

¿Con quién platicaré ahora, padre, lo que platicaba contigo? Seguro que nunca pensaste que a partir de hoy quedará para mí un aliciente menos que me empuje a viajar a Nicaragua una y otra vez.

Quizá quede entre nosotros mi carta de presentación cuando nos conocimos hacia 1995, con un libro (Va pue… del doctor Moreno del Toro) y mi pretensión de realizar un estudio sobre los talleres de poesía, a destiempo, a contracorriente, cuando la revolución naufragaba desde hacía unos años, y nadie quería oír hablar de los talleres. De hecho, mi reivindicación de su validez tardó tres meses en publicarse y ello solo gracias a tu insistencia semanal.

¿Recuerdas tu desaliento cuando, a mi vuelta de Guatemala en 1996, te referí cómo una patrulla del ejército se dedicaba a requisar la recaudación del viaje en bus Guatemala-Antigua ante el silencio resignado de los pasajeros, la mayoría indígena? Tu mirada perdida en el suelo, pensativo, lo decía todo, como el silencio en que me marché sin despedirme ese día, también embargado por el desánimo.

Pocos sabrán de tu generosidad cuando le regalamos al cincuenta por ciento aquella maquinita de coser a William, que hasta tú habrás olvidado; o del regalo que me hiciste con aquellos días en la comunidad de Mancarrón, a la esquina del milenio y en las puertas del paraíso.

Nadie sabe de tu sonrisa cordial, entre infantil y cómplice, al entregarte aquella botella de Faustino V en tu despacho y tu casi inaudible “gracias”, sencillo, austero, confidencial.

¿Y qué de la sorpresa que te llevaste años después, en España, cuando oíste desde el otro lado de las ondas mi voz, descubriendo en ese instante que yo seguía vivo, cuando algunos amigos en Masaya se estaban planteando sufragar una novena por mí?

¿Quién sabe que hace tres años por estas fechas, al recibir un ejemplar en fotocopia del original de mi libro Caminos de América, comprendiste que disponías de un mes para leerlo antes de mi llegada, y a los tres días llamaste al poeta Falcón para comunicarle que lo habías leído ya y que te había gustado? Y poco después, ya en Managua yo, me preguntaste: “¿Cómo se titula el libro que escribiste?” Y, al responderte: “Caminos de América”, exclamaste de inmediato: “¡Ese libro lo tengo yo!” “Claro, padre -pensé-, el que yo te envié hace dos meses”.

No has podido olvidar que por 1998 me empeñé en tener en casa, en Almería, un recuerdo en forma de garza que nos permitiera disfrutar a diario de tu presencia.

Porque tampoco era consciente yo, en absoluto, cuando te conocí, como le habrá sucedido a otros muchos, del magisterio que ejercerías en el futuro sobre mí, de la influencia permanente, del ejemplo de honestidad, de perseverancia y de firmeza, de autenticidad.

Ahora que eres polvo dorado entre las estrellas, querido Ernesto, que sin estar en ninguna parte vives en todas, que alcanzaste el goce eterno entre los elegidos, ahora solo nos queda sumarnos a la estela que dejas para siempre, y continuar hollando el camino de gloria que trazaste en la Tierra en tu ascensión hacia la celeste Eternidad.

Adiós poeta, adiós amigo. Hasta el encuentro definitivo.

Ginés

Almería, a 1 de septiembre de 2020

 

POEMAS DE JUAN CARLOS VÍLCHEZ

 

Eterno

 

Me preparo para existir

en el más allá.

Nada debo hacer

ningún esfuerzo

o cambio de hábitos

tampoco manipulación alguna

de mis órganos

mucho menos la conservación

de mis escritos.

Mi preparación consiste en esperar

pues desde siempre

la eternidad ha estado en mí

como un conflicto

una tensión que culmina

con la insistencia más firme

del azar

la victoriosa

la ineludible

la que me lleva…

 

Verdaderos dioses

 

Insignificante bajo el azul.

Efímero

entre una variedad de formas

igualmente fugaces.

 

Vacilante y a la vez uncido

a las tribulaciones de la marcha

a las fantasías del viaje.

 

Ínfimo de trascendencia

ni siquiera una intención

en el frenesí de la energía

a lo sumo una amplitud

en la difusión de sus ondas

o un cortocircuito

en la trayectoria de sus chispas

que sólo se manifiestan

por la omnipotencia de fuerzas

y magnitudes

velocidades y frecuencias

densidades y temperaturas

repulsiones y atracciones

como únicos y verdaderos dioses

de lo que se destruye

y por eso mismo permanece.

 

 

 

 

 

POEMA DE ERNESTO CARDENAL

Tiempo, yo te odio.

 

Tiempo, yo te odio. Aunque sin ti no existiera.

Y por tu pasar moriré aunque por tu pasar nací.

Como San Francisco de Borja yo quiero ahora

 amar a alguien a quien no toque el tiempo

 y que alquilemos un cuarto donde la noche no pase

 ni se apaguen uno a uno los anuncios de neón.

POEMA DE FERNANDO LÓPEZ

Épica de la familia

A Fernando López Rivera, mi abuelo paterno personaje de este poema,  quien vivió 101 años y 28 días y murió un día después que leí  este poema en homenaje a él en el IV Festival  Internacional de Poesía de Granada. A Otilia Pérez, abuela materna que dormita sobre la vejez nonagenaria, allá en Diriamba.

 

 

Ahí está sentado el hombre centenario
en el corredor de sus años,
absorto, elevado como viejo mástil
navegante en su propia lucidez,
tratando de asir la infancia lejana
que se le escurre en adolescencia rural,
entreteniéndose con los primeros amores
entre cercos de alambre,
bajo la sombra del árido jicaral de sonsocuite,
sobre la humedad del río Malacatoya,
río que va dando vueltas
apresurado por llegar a la cita
con la Mar Dulce.

Ahí está sentado el hombre centenario
¿Cuál de los amores tempranos
será el que le dibuja
sonrisas en la cara?
¿Será acaso el de la mujer
con quien entró de la mano
a la respetable edad de los tataranietos?
Francisca la más blanca,
era leche, era espuma,
era extraña flor de esa llanura,
quien le dio hijos
entre el llano y la ribera.

Ahí está sentado el hombre centenario
quien vio pasar a la naturaleza vestida
con telas de terremotos y huracanes,
y al hombre abrirse heridas
con filos de guerras y disturbios.
Era aquel que con el pecho desnudo
desafiaba a la muerte
poniéndole el corazón en la mano.

Ahí está sentado el hombre centenario
quien vio sus vástagos multiplicados
en cinco y más generaciones,
habitantes de esta porción de cielo.
Así se le pasaron las edades
hasta llegar al estrado
de los ancianos patriarcales de la familia.
Y se situó junto a su padre, Ponciano,
que tuvo la osadía de despertar
105 años continuos sin dejar de oír
la música de las arenas del lago
frente a la puerta de su casa.

Fue músico, talabartero,
barbero, constructor,
sastre, zapatero y curtidor.
Con el padre de su esposa, Octaviano,
hombre bajo y fuerte,
compartió muchos de los 103
inviernos y veranos que abrió los ojos
sobre esta tierra.

Lo vì fumar y mascar chilcagre con deleite,
distribuir la baraja con maestría,
y regalar piropos con elegancia.

María, la madre, quien
vivió 95 marzos continuos
y la mayoría de ellos
le prendió velas al San José de su devoción,
para que protegiera a la familia,
mientras a tientas para que no la vieran
escondía cada día
un tesoro bajo la almohada.

Ahí está sentado el hombre centenario,
es mi abuelo que dobla la esquina de la vida
absorto, elevado como viejo mástil
navegante en su propia lucidez.

No cumplirá los 912 años de Set,
ni los 777 de Lamec.
Él pertenece a los hijos del diluvio,
los hijos del pacto con Noe,
se le verá recorrer las sendas de
Nacor, Abraham e Ismael.

Y si veo de reojo la longevidad
del linaje patriarcal,
y la soledad de los varones
de esta ascendencia
exclamo: ¡Ay de la Negra Bravo!

Fernando López Gutiérrez
San Alejandro,
Granada, Nicaragua,