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Anamá ediciones es una editorial nicaragüense con distribución en Centroamérica.

LUIS BÁEZ

Luis Báez nació en Managua, Nicaragua (1986).

Su primera colección de relatos, El patio de los murciélagos, fue publicada en 2010 (Uruk, San José). Su siguiente colección Eleos y phobos –inédita hasta ahora, pero incluída en este volumen bajo el título Las manchas en el espejo obtuvo mención de honor en el Premio Centroamericano Rogelio Sinán 2013-2014. Ha publicado poesía, relatos de ficción y no ficción, ensayos y crítica literaria en medios de América Latina y España. Ha sido incluido en antologías como Los2000, autores nicaragüenses del nuevo milenio (Leteo, 2012), Escribir en crisis (Letralia, 2019), Antología de la nueva poesía política nicaragüense (Guaraguao, 2020) y la antología de narrativa centroamericana Territorios olvidados (Editorial X, Los sin pisto, MiMalaPalabra coed., 2021). Fue miembro de la Junta Directiva del Centro Nicaragüense de Escritores. Ha impartido cursos y talleres de escritura creativa. Desde 2011 coordina el Fondo Editorial Soma y desde 2019 la plataforma Telar Nicaragua.

HISTORIA NACIONAL DE LO ABYECTO

Agua fuerte de posguerra

Este cuento pueden encontrarlo en la más reciente publicación de Luis Báez «Historia nacional de los abyecto»

Apareció en la casucha de láminas y cartones como siempre: acuclillado y tembleque, chorreando lluvia negrísima de montaña. Anselmo, se llamaba.
Afuera, el sol multiplicaba su ardor sobre la piel de la gente que circulaba más allá de las paredes de zinc que resplandecían entre la brisa corrosiva del Xolotlán.
Carlos pensaba que nadie, ni sus más íntimos demonios, podrían reconocerlo en medio de tanta inmundicia. A veces, cuando el hambre apretaba y el calor arreciaba, ni siquiera él mismo atinaba a reconocerse.
Sin embargo, ahí estaba Anselmo, trémulo y absorto, como de costumbre.
Carlos tomó la mitad de un cigarrillo que llevaba en la oreja y lo prensó entre sus labios. Después exhaló la primera bocanada junto a unas pocas palabras.
“Ya sé lo que me venís a decir: que te mataron. Y que yo di la orden…”
Desde que terminó la guerra, Anselmo acostumbraba aparecer, permanecía en silencio y luego desaparecía. Esta vez, sin embargo, articuló palabras.
“No. No, no. Nada de eso, compita. Nada de eso”. “…y yo te voy a decir que creímos que te habías volteado”, sonrió Carlos, “pero eso ya no importa, porque vos y yo sabemos cómo fue la cosa. Y ya nada de lo que
hicimos lo podemos deshacer”. “¿La guerra decís?”
“La guerra. No. Eso no lo hicimos porque quisimos. Ya ves que fueron los otros los que salieron ganando…”
“¿Los muertos?”
“Sí. Y yo mandé a hacer el hoyo donde te enterramos, no sé si supiste… fue a la carrera. Seguro que ni te alcanzó todo el cuerpo… lo tuyo sí fue una cagada”.
“La primera noche un animal me mascó el brazo.
Después de arrancarme toda la carne de la muñeca, se me llevó una mano. Pero solo fueron las manos lo que me quedaron de fuera, compita. No se ahueve. La cara sí me quedó bien plantada en la tierra. Una tierra
negra, buenísima para la siembra…”
Carlos aplastó la colilla con la planta del pie y la chispa chirrió brevemente sobre el piso de tierra húmeda.
“Bueno”, dijo Carlos, “ya voy a poder dormir. Vos sabés, porque tu muerte fue semilla en tierra fértil y etcétera. Como decían los comandantes…”, murmuró Carlos con solemnidad.
“¡Dirección nacional, ordene!”, exclamó Anselmo mientras asumía porte marcial y se llevaba el muñón a la frente.
“¡La runga, compa…!”
“¡Son chochadas! aquí hasta los comandantes son puetas”.
“¡…esa es nuestra poesía, compita. La runga!”
Los dos rompieron en carcajadas.
El sol resplandecía con furia fuera de las paredes de zinc y cartones viejos, abrasando una ciudad obstinada en crecer entre un gusanero de muertos.
La casucha reverberaba junto a la costa del lago donde los sueños y sacrificios de todos nuestros muertos se sedimentan con la mierda de los vivos.

¿Sabés cuál fue la primera lista bibliográfica nicaragüense?

Compilar en un único fondo todos los libros relativos a cierto tema o región no es tarea fácil y, son pocos los países que han ofrecido tantas dificultades para hacer investigaciones bibliográficas como Nicaragua. Hoy en Mundo Editorial vamos a comentarles sobre el primer esfuerzo bibliográfico hecho sobre nuestro país.

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La bibliografía es el estudio, descripción y clasificación de documentos. Se usa, entre otras cosas, para catalogar obras. 

En Centroamérica, el comerció del libro fue creciendo y diversificándose luego de 1821 y de la apertura de talleres de impresión a lo largo de todo el istmo. Para 1873, la producción de libros en Nicaragua era casi nula. Es entonces que el francés Pablo Lévy, publica en París -con el apoyo del gobierno de Nicaragua- sus “Notas geográficas y económicas sobre la República de Nicaragua (…) con una lista bibliográfica, las mas completa hasta el día, de todos los libros y mapas relativos á la América Central en general y á Nicaragua en particular (…) Obra aprobada por el Gobierno que ha subvencionado su publicación en español por contrato del 14 de marzo de 1872…”.

Prologada por sus «Apuntes para la formación de una biblioteca nicaragüense», en la bibliografía de Lévy sólo aparecen seis obras que fueron publicadas en el país antes y después de la Guerra Nacional, por ejemplo: Guerrero (José) – “Manifiesto que el Sup. gob. del estado de Nicaragua hace á los gobiernos de América sobre el tratado celebrado con el comandante inglés, sir Granville Lich, etc.”, Managua, 1848; Pérez (Gerónimo) – “Memorias para la historia de la revolución de Nicaragua y de la guerra nacional contra los filibusteros”, Managua, 1862.

La mayoría de las obras que cataloga Lévy son históricas, cartográficas, políticas y extranjeras. Fue hasta 1878, que la Imprenta El Progreso de Chinandega, publicó la primera antología de poetas nacionales titulada “Lira nicaragüense”, compilada por Félix Medina. Esta primera edición constaba de 36 páginas y reunía a 13 poetas. Lamentablemente su segunda edición aumentada no llegó a publicarse.

#Editamos

¿Sabés qué es y para qué sirve la grilla o retícula?

¿Has escuchado hablar de la grilla? ¿Te has puesto a pensar cómo los editores y diseñadores organizan los contenidos? Hoy en Mundo Editorial vamos a hablar de esta estructura con la que todos y todas hemos tenido que dialogar.

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La grilla o retícula es una estructura que organiza el contenido. Es un sistema que brinda unidad, sentido, ritmo, coherencia e identidad a un objeto gráfico.

Existen muchos tipos de retículas y todas -o la mayoría- están basadas en la proporción. Además, cuando vas a pensar tu grilla, tenés que considerar el contexto histórico, el uso y los hábitos lectores, tecnológicos, económicos y hasta ideológicos para poder sustentar con fundamentos reales la forma en que vas presentar el texto a las y los lectores.

La grilla o retícula ha sido admirada y cuestionada. Pero desde el inicio de la escritura se ha utilizado para contener lo escrito: la encontramos en los manuscritos medievales y sus textos de una o dos columnas con amplios márgenes para que el lector pudiera hacer anotaciones; en la imprenta con tipo móviles; en el funcionalismo, la escuela suiza, y hasta en el posmodernismo, la han aplicado como el elemento que regula y organiza los contenidos.

Es importante, al momento de construir tu grilla o retícula, tomar en cuenta el formato definido y su materialidad porque estas determinarán las distancias de lectura; la tipología del texto y de lectura, creando la relación con los hábitos de las y los lectores; y, sobre todo, la tipografía seleccionada porque de esta depende el cuerpo y el interlineado del texto. Es desde la tipografía que construimos la estructura que soportará el texto y las imágenes -si las hay.

Es imposible editar sin manejar las proporciones y la interrelación de las partes que conforman los libros como continentes de los contenidos, porque al concebir el objeto y diseñarlo, lo tenemos que ver como un todo integrado para potenciar el mensaje que pretende transmitir la autora o el autor.

En resumen, se hace necesario organizar y sistematizar para darle forma a los contenidos y tener bases justificadas para explicar la toma de decisiones sobre nuestros libros.

No es tan simple editar, ¿o sí? 😉

#Editamos

¿Sabés qué hace una correctora o un corrector de textos?

Muchas personas desconocen actualmente la figura del corrector como profesional o confunden sus tareas con las de otros profesionales de la cadena del libro. Hoy en Mundo Editorial les platicamos sobre las funciones de las y los correctores de textos.

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Nuestras actividades diarias están permanentemente rodeadas de textos. En esta realidad, ¿cuál es el papel de las y los correctores? Pues son las y los encargados de leer y releer cada párrafo de un texto para identificar errores. No sólo deben controlar las faltas de ortografía (erratas), también la sintaxis y la semántica de cada oración.

La normativa ortográfica es el primer filtro por el que debe pasar cualquier texto. El corrector o la correctora no sólo aplica las normas establecidas por una academia o un manual de estilo, sino que debe conocer los usos que le dan a una lengua su carácter único.

Por otro lado, la corrección es un oficio histórico. La primera referencia documentada a un corrector de libros viene de 1565. Luego contamos con más información sobre el puesto de corrector general de imprentas. El trabajo, en ambos casos, consistía en detectar las erratas de los autores.

En lo que respecta a Cervantes, la revisión de su obra estuvo a cargo del licenciado Francisco Murcia de la Llana, médico, corrector del rey y fundador de una larga casta de correctores por cuyas manos pasaron la mayoría de las obras publicadas en el siglo XVII. Estamos hablando del Siglo de Oro español, en el que además de Cervantes, sobresalen Francisco de Quevedo, Tirso de Molina, Lope de Vega y Calderón de la Barca.

En resumen, el corrector o la correctora procura que el texto cumpla con su objetivo de comunicar el mensaje que desea transmitir el autor o la autora.

Entre las tareas de las y los correctores podemos mencionar:

1. Detectar y corregir errores ortográficos
2. Corregir errores de léxico y de sintaxis -preposiciones o conjunciones inadecuadas, mal uso de tiempos verbales, etc.-
3. Aplicar recursos ortográficos y tipográficos -mayúsculas, cursivas, negritas, etc.-
4. Unificar en todo el texto los criterios que el editor o editora haya adoptado.

#Editamos

¿Sabés qué es una caja alta y una caja baja?

Hoy en Mundo Editorial vamos a empezar a hablar sobre el maravilloso universo de la tipografía o el arte de diseñar las letras -y otros elementos como números o símbolos.

¡Pasen adelante!

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En el medio editorial, la caja alta hace referencia a las letras mayúsculas y, la caja baja, a las letras minúsculas. Pero… ¿por qué se llaman así?

Cuando Gutenberg presentó sus tipos móviles en el siglo XV, tuvo un pequeño problema: las letras se perdían o confundían. Para optimizar el trabajo, los tipógrafos comenzaron a organizar los tipos en cajas de madera; las letras mayúsculas se ubicaron en la parte superior de la caja y las minúsculas en la parte inferior. Fue allí que empezaron a llamarlas «caja alta» y «caja baja».

Esta forma de ordenar los tipos funcionó con varios alfabetos como el nuestro y los de otras lenguas romances (portugués, francés, italiano, rumano, etc.), pero también con el cirílico, el hebreo y el árabe. Sin embargo, no resultó igual al intentar componer en chino o japonés.

La solución al problema de la tipografía china fue encontrada incluso antes de Gutenberg, en el siglo XI, por Bi Sheng -quien inventó la imprenta de tipos móviles y, además, la fabricó de porcelana. Sheng usó cajas rotativas para organizar e intercambiar los tipos de madera -que luego también hizo de porcelana 😀

En el siglo XVIII aparecieron las máquinas de escribir. ¿Cómo ajustar más de 70.000 caracteres chinos en una de esas máquinas? En los primeros años del siglo XX nadie lo sabía. Hubo una especie de carrera entre las grandes potencias para la creación de una máquina de escribir en chino, es decir, para aprovechar el mercado chino. El tamaño de esa máquina se convirtió en un chiste y una excusa para el racismo.

Tras varias décadas en las que los escritores y copistas chinos tuvieron que usar máquinas de escribir rudimentarias que no contaban con la eficiencia y sencillez del modelo occidental -presentado en un inicio por Remington u Olivetti-, China regresó con fuerza a la escena internacional en las últimas dos décadas del siglo XX; y lo hizo con su lengua ilesa y fortalecida por programaciones informáticas originales.

#Editamos

¿Sabés cuándo se empezó a imprimir en Nicaragua?

Analizar la dinámica social y cultural del libro nos permite significarlo a través de su realidad; es decir, identificar el diálogo entre libro -no sólo texto- con su contexto y cómo uno influye en el otro.

Estudiar los textos como formas registradas, así como los procesos de su transmisión, incluyendo su producción y su recepción, tiene como fin entender cómo las sociedades imaginaron y lograron transmitir los sentidos que dieron a los seres y a las cosas; sin separar el análisis de las significaciones metafóricas del de las formas materiales que las comunican.

Hoy en Mundo Editorial queremos hablar sobre los inicios de la cultura impresa en Nicaragua, cuándo llegó la imprenta a nuestro país y cuáles fueron los primeros textos que se imprimieron.

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En enero de 1830, flotaban en las aguas del lago Cocibolca, los cuerpos atados a piedras de nueve hombres que habían sido asesinados un año antes por oficiales de Juan Argüello en la isleta La Pelona -luego de terminada la Guerra Civil de Cerda y Argüello.

Ese mismo mes, el breve gobierno del consejero Juan Espinosa compró una imprenta al Cónsul Pedro de Miranda. Esta imprenta comenzó a funcionar con el nombre de Imprenta del Gobierno en la ciudad de Granada; en ella se publicó el 30 de enero de 1830 el primer impreso de Nicaragua conocido hasta hoy: una invitación para asistir al enterramiento cristiano de las víctimas asesinadas en La Pelona. Al día siguiente apareció el primer número de la Gaceta de Nicaragua.

Después de la independencia, Guatemala fue perdiendo poco a poco el control tipográfico de la región. En Nicaragua, entre los años de 1830 y 1850, se abrieron al menos 20 imprentas -públicas y privadas- todas ubicadas en las ciudades de León, Granada y Masaya. Este auge se le puede atribuir a gestiones del sector público pero la mayor parte de los impresos eran de carácter jurídico o político.

Con el primer texto que se publicó en Nicaragua -y prácticamente con toda la producción que hubo en los siguientes veinte años- se priorizó la impresión de textos políticos y religiosos en lugar de material que fomentara el desarrollo intelectual de los y las nicaragüenses.

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¿Sabés qué hace un editor o una editora de libros?

Hoy en Mundo Editorial hablamos de la figura de la editora o editor. No vayas a pensar que los editores y las editoras son correctores, curadores o revisores. Más allá de la idealización de una o un amante de las letras, una editora o un editor es alguien que debe leer mucho y conocer el mercado del libro -y no, no son escritores frustrados 😂

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Aunque en siglos pasados era el escriba el encargado del aspecto final del libro, poco después de la invención de la imprenta, el impresor era el que trabajaba con el autor la maquetación del libro -hubo un tiempo en que las mujeres no podían publicar ni textos propios ni ajenos. Con los años, el del editor llegó a ser un oficio específico.

La editora o el editor contempla la edición de libros como un conjunto, su función no se limita a evaluar si un texto está bien redactado o traducido. Sus decisiones incluyen desde estructurar las jerarquías del libro, los paratextos y cuáles serán estos, hasta seleccionar los materiales de impresión. También, una editora o un editor tiene que tener un bagaje importante de lecturas de todo tipo -ciencias, historia, geografía, arte, música, literatura… porque la editora o editor siempre tiene la última palabra en todos los procesos de la cadena editorial y debe saber caminar en cualquier texto.

Si se trata de editoriales pequeñas, es el propio editor o editora quien contrata los contenidos, corrige y realiza la maquetación de los textos, diseña portadas, cuida la impresión, organiza lanzamientos, distribuye a las librerías y promociona en ferias.

En Latinoamérica el mundo de la edición ha estado mayormente poblado por hombres. Sin embargo, en las últimas décadas el panorama ha cambiado y hoy contamos con muchas e importantes editoras.

En Centroamérica existen mujeres pioneras del campo editorial como Irene Piedra Santa de Guatemala, Isolda Arita de Honduras, Rosa Serrano de El Salvador y Mabel Morvillo de Costa Rica.

Básicamente, una editora o un editor dedica su vida a los libros y a la divulgación cultural.

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CARTA DE BERMAN BANS A ERNESTO CARDENAL

“Así en la tierra como en el cielo, primera impresión”         

  La última vez que conversé con Ernesto Cardenal fue en su oficina del CNE. Eran los últimos días  de enero de 2014, y en La Prensa había aparecido, el día de su cumpleaños ochenta y nueve, el poema Añoranza de Venecia. Durante lo poco que duró nuestro intercambio le dije que me pareció un poema bastante nostálgico, y que me recordó los fragmentos del Cántico Cósmico que a mí siempre me emocionaron especialmente: esos contrapuntos repentinos (pero sabiamente elaborados), en que una reflexión sobre el sabor a mística de la física cuántica o sobre la metafísica del paso del tiempo era interrumpida por la escena visualmente poderosa, y poderosamente evocadora, de una muchacha en la Granada, o en la Managua, de los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado. Nombres que nos resuenan con su propia música como una crónica de amores perdidos, pero no condenados a la muerte literaria: Ileana, Myriam, Claudia. También le dije, a riesgo de parecer banal, que en Añoranza de Venecia de nuevo encontraba un elemento poundiano, remasterizado,  que siempre me ha gustado en su poesía: el uso preciso, visual y conceptualmente hablando, del intertexto y de la cita; un aspecto técnico sobre el cual Ernesto sigue siendo, a estas alturas, un maestro indiscutible. Incluso me atreví a ser aún más superficial y confianzudo, y  le dije que a veces había intentado esa técnica y que la verdad “no me salía”…y creo que sonreímos apenas brevemente. Y si Añoranza de Venecia, con la evocación conmovedora de Cintio Vitier y su esposa Fina García Marruz; las calles de agua color lechuga; las góndolas fúnebres; la presencia del hotel de Muerte en Venecia de Tomas Mann; y el fantasma de Pound condenando al tiempo: TIME IS EVIL, me gustó por esa evocación solar de la amistad ante el misterio del tiempo y de la muerte, Así en la tierra como en el cielo me hizo meditar, con un fondo solar celebratorio, en una conmovedora sensación de despedida.

Resulta que si bien es cierto este poema, editado por la pericia de Anamá Ediciones, y revisado minuciosamente por el poeta en sus aspectos técnicos, es una verdadera  fiesta visual, porque celebratoriamente visual ha sido también la poesía de Ernesto, está claro que además va más allá de una mera edición   convencional. La yuxtaposición lúdica entre las imágenes y el ritmo de los versos convierten al poema en un objeto artístico muy agradable a la vista, pero es eso y más.  El poema concentra, con ese lenguaje poético inconfundible que Cardenal encontró desde muy joven, y que constituyen los registros identificables de su propia voz, los temas que le han obsesionado desde su juventud: El amor; la celebración cósmica de la vida; el misterio del tiempo; la muerte como parte de la evolución y de la Resurrección; la liturgia del cosmos ; el ensayo de la comunión y la comunicación total, y por supuesto, el llamado a la unión mística, a la búsqueda de los otros y del Gran Otro con la certeza que sólo puede dar el amor en la incertidumbre  (cf. la cita de Santa Teresita de Lisieux con la que culmina el poema),  en una especie de síntesis de su búsqueda, de celebración de sus certezas, y en medio de esa pregunta original, casi presocrática, sobre nuestro ser y destino ante la enormidad tal vez vacía del Universo, Ernesto vuelve a dar su sí con esta especie de carta de amor a la humanidad, un sí que le viene desde lo más profundo de sus convicciones, porque no importa que tan enormes sean las tinieblas, incluso las de la historia, en esas tinieblas está la respuesta, y el mejor día, para vivir en el amor, siempre es el que corre.

   Me parece que era Tito Monterroso, en su libro La Palabra Mágica, quien decía, allá por los años setenta, que una de las cosas que asombraba de Ernesto era esa capacidad para creer y esperar siempre lo mejor de las personas y de las situaciones históricas aún en medio de la más desesperante incertidumbre. Con Así en la tierra como en el cielo, Ernesto no sólo sintetiza sus búsquedas y sus más plenos hallazgos: el lenguaje poético; las preguntas elementales de la vida contemplativa; la comunión humana; la comunión divina (entre más humana más divina), al mostrarnos de manera tan concentrada, celebratoria, confiada y agradecida, el arco voltaico de su propia experiencia, uno siente que esa carta es para cada uno de nosotros, y tiene un sabor silencioso a despedida, como si ese poeta místico y  de aliento monástico que, en la última fotografía del poema, camina de espaldas a nosotros ligeramente encorvado entre los arcos del claustro, su sombra proyectada a contraluz en las losetas, nos estuviese diciendo algo más en el silencio final de ese poema último. Ya no vemos su rostro en esta imagen. No es su rostro el importante. Lo importante es que camina. ¿Hacia dónde? ¿Hacia esa banca vacía al fondo del claustro? ¿Una banca para dos personas, similar a las de los parques donde se encuentran los novios? Una banca vacía. Y en la pared, en alto, un Jesucristo crucificado. ¿Hacia dónde camina Ernesto después de ese silencio? ¿Para qué sirve la Utopía? “Pues la Utopía sirve para eso, para caminar”, dijo alguien allá en el sur.

  El mes pasado un amigo zapatista, inmerso en los trajines del sur de México, me preguntaba en Guatemala, visitando ambos las ruinas de Iximinxé, si Ernesto aún vivía, si estaba activo…Al terminar de leer Así en la tierra como en el cielo, y contemplar su imagen última en ese claustro, sé que respondí bien a mi compañero: “Está vivo…y seguirá más vivo que nunca”.

¿Sabés cuál fue el primer texto de un nica en ser impreso?

Es posible mirar la historia cultural desde los libros. Es por eso que la historia del libro documenta cada fase de los procesos creativos de los textos y su materialidad, y los relaciona con otros sistemas (sociales, políticos, culturales) que constituyen la realidad dentro de la que se construyen ambos objetos. Hoy en Mundo Editorial queremos conversar con ustedes sobre la llegada de la imprenta a Centroamérica y del primer texto de un nicaragüense en ser impreso.

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Varios días después de que Fray Francisco de Borja lo contratara, José de Pineda Ibarra -maestro impresor- salió de Puebla, en el altiplano central de México, hacia Santiago de los Caballeros, capital del Reino de Guatemala. Era la peor época del año para hacer un viaje a lomos de mula y peor aún, transportando una máquina impresora. Bajo la lluvia llegó, el 16 julio de 1660, la primera imprenta de Centroamérica a Guatemala.

De Pineda Ibarra instaló su taller frente a la Plaza Mayor de la ciudad. Allí, en 1674, se imprimió por primera vez un texto escrito por un nicaragüense: «Relación verdadera de la reducción de los indios infieles de la provincia de Taguzgalpa, llamados Xicaques…”, del franciscano Fray Fernando Espino (Nueva Segovia, 1597 o 1600-Guatemala, 1676), y aunque es un texto que narra la conversión religiosa de los indígenas y es un claro ejemplo de las imposiciones de la colonia, su valor es innegable pues esta crónica es considerada la primera obra de contenido histórico impresa en el Reino de Guatemala. Pasó más de un siglo -una independencia, un par de guerras- para que fuera posible producir impresos en Nicaragua.