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LAWANA TIUNKA

Música del Caribe de Nicaragua

Esta investigación se enfoca en recopilar las principales manifestaciones musicales de la Costa Caribe de Nicaragua, una zona geográfica muy amplia y muy rica pero olvidada y marginada durante siglos. La fractura sociohistórica nacional provocó que esta región tuviera un desarrollo diferente al del resto del país, y por supuesto, la música –como expresión cultural– no fue ajena a esa diferencia.

Además, esta investigación también pretende reunir –en un solo libro– las principales obras características de las cinco etnias de la zona, tanto de la Región Autónoma del Caribe Sur (Creoles, Ramas y Garífunas) como de la Región Autónoma del Caribe Norte (Miskitus y Ulwas). Aunque estas etnias comparten similitudes históricas, sociales y culturales –gracias a la convivencia y los múltiples procesos de mestizaje–, la música de cada una de ellas, tiene orígenes y singularidades propias que diferencian a una de las otras.

En la zona Pacífico, norte y centro del país se tiene la idea equivocada de que toda la música del Caribe es Palo de Mayo, o que este es lo mismo que la música miskita, o que toda la población de la Costa es afrodescendiente. Estos son conceptos producto del aislamiento geográfico –hasta hace pocos años se construyó una carretera que une Managua y Bluefields. Antes de que existiera, el viaje se hacía por panga o por avión. Dichas ideas son también producto del desconocimiento de la historia nacional. Desde 1687 hasta 1894 la historia de la Costa no era otra que la de la Nación Misquita, protectorado británico que estableció una muy particular forma de monarquía. Por ende, la evolución musical es muy diferente a partir de la cosmovisión propia del nicaragüense amerindio, negro e incluso mestizo que vive en esta región del país.

Existe también un secreto a voces que implica un racismo cultural entre la mayoría de la población mestiza: “yo no soy negro, no soy murruco, no soy costeño”. Los mestizos del Pacífico se sienten extrañamente superiores sin motivo alguno e ignoran –en su mayoría– la enorme riqueza de esta región que ocupa el 56,2% de nuestro territorio, pero que cuenta solo con un poco más del 10% de la población del país. La Costa Caribe ha aportado a la construcción de la identidad nacional pero, para el nicaragüense del Pacífico, es únicamente su vecina territorial, y es casi tan desconocida como Belice o Jamaica:

Para las nuevas generaciones este libro es una excelente recopilación que sirve para empaparse de la cultura de nuestra amada Costa Caribe de Nicaragua. Es un trabajo muy útil para aquellos que quieren reconocer el folclor, la historia, los ritmos y los instrumentos tradicionales de las diferentes etnias de la Costa: creole, miskitu, garífuna, rama y ulwa. Para mí, este libro debería ser material de estudio en todas las escuelas, sobre todo del Caribe nicaragüense y centroamericano, ya que el nivel de desconocimiento de buena parte de nuestra juventud sobre su propia identidad e historia es muy elevado. Con este libro darás un importante recorrido histórico que inicia con los primeros pobladores de la región caribeña, cómo llegaron a este territorio, cómo se desarrollaron y cómo se mezclaron con el entorno, parte fundamental e indispensable para entender la música tradicional y su evolución y, además, comprender su aporte a la rica y muy diversa historia nacional. Las canciones no serán todas con las que crecimos y con las que recordamos nuestra juventud, pero es un excelente punto de partida para introducirse al lenguaje tradicional de la música de las diferentes culturas que han convivido -unas con otras- durante siglos en el territorio más amplio y diverso de Nicaragua.

Raymond Myers Ex integrante de Soul Vibration y músico de Bluefields  

El inmóvil movimiento del cielo

Fragmento.

….Contra todo pronóstico, y pese a algunas diferencias insalvables, me fui haciendo amigo de V y de B, quienes no me caían tan bien como C-M y J, pero sí me eran cada vez un poco más tolerables. También, a medida que las primeras semanas del taller y las últimas del último cuatrimestre de aquel año lectivo corrían, procuré irme volviendo cada vez más cercano a Alejandra. Siempre, después del taller, nos íbamos los seis a sentar a la mesa de algún bar a tomar litros y litros de cerveza (todos salvo B quien, sorprendentemente, pese a tener una conducta adictiva hacia prácticamente todo lo que se podía tenerla, nunca bebía más de uno o dos vasos). Hablábamos de varias cosas, pero cuando las conversaciones viraban hacia la estupidez o la ignorancia yo me dedicaba a contemplar detenidamente a Alejandra: el declive de su frente, el quiebre de su nariz, la curva de su cuello, el rigor de sus hombros, el movimiento nervioso y constante de su pierna bajo la mesa, sus dedos arrancando pellejitos alrededor de su uña o raspando las etiquetas húmedas de las botellas. Una vez Alejandra me preguntó, dulcemente y en voz baja, por qué la miraba tanto.
“Perdón”, le respondí, “sólo te estoy leyendo”. Como de costumbre, escupió una carcajada en mi rostro. “No jodás, loco”, dijo después de ahogar su risa con un trago de cerveza, “deberías dedicarte a escribir tarjetas para Hallmark”….

Nuestra casa flota entre sus muros

En Nuestra casa flota entre sus muros, que hoy publica anamá Ediciones, la pluralidad del enunciado verbal planteado en Inscripciones, continúa y enlaza, aunque centrado, en su primera sección,” Agüizotes y fantasmas”, en la terrífica nocturnidad de la ciudad de León en su segunda fundación. La textura verbal nos confronta a un lenguaje incursionando antropológicos y míticos tiempos donde confluyen fantasmas y Agüizotes que aterrorizaron también la infancia de Darío, tales como la Carreta náhuatl, el padre sin cabeza, o el fuerte resonar de los cascos del caballo del coronel Arrechavala asolando a medianoche las empedradas calles del León colonial: “El coronel Arrechavala se pasea por el abismo/ de la noche, custodiando sus tesoros y tierras”. Pero también relumbra en ese mundo nocturno el “cadejo”, y el diurno “Cipe”: “Tengo dos manos/ tengo dos pies/ camino al revés/ la gente cree que vengo/ cuando al río voy/ con mi calabacito/a buscar agua/ a buscar miel.” Desde luego que no recrear las procesiones de Semana Santa, ni las lluvias de ceniza asolando los techos de la ciudad sería no completar la secuencia ancestral de una urbe colonial marcada por sus terrores nocturnos asombrados a la luz de profunda acendrada religiosidad: “Ya pasó el santo en sus andas triturando alfombras. / Los colores se dispersan y se confunden con una multitud de pasos abandonados”.

 La segunda sección que da título al poemario, es y va más allá de lo que denota: intensa metáfora del desarraigo. Se trata de un mosaico lírico que oscila entre la evocación de un pasado subjetivamente más próximo que lejano (“Llevo un niño atrapado en mi pecho, / su risa recorre la sala y los pasillos/ de los jardines donde mis ancestros cada tarde, conversan…”) con la nostalgia filosófica del tiempo heracliteano visible en las eternas aguas intemporales: “Me detengo en las márgenes del río/ a contemplar las cambiantes aguas/de Heráclito…/”

Se trata de una sección sin el rigor temático de la primera, pero que despliega un abanico registral donde el yo lírico circunda con natural lenguaje, logrando un equilibrio admirable de imágenes sorprendentemente genéticas:” Reconozco nuestra edad/ en los riscos de las piedras/ ahí donde la furia del río/ talló la punta y la lanza”. O bien: “Transcurren monótonas horas de tedio, /bajo el puente fluyen nuestras edades/ disipadas en las superficies de líquidos espejos”.

Dentro de esta exploración ancestral que alterna con diversos poemas en esta sección, hay un texto de cierta extensión: “Trisagio para unos dobles de campanas.” Antes de referirnos a este intenso poema, debemos señalar la presencia constante del bronce de las campanas de la ciudad como imagen totalizadora del tiempo en sus diversas instancias, que, precisamente se hace oír en este texto donde en el momento en que el niño que se retuerce en el vientre de la madre nunca va conocer a su abuela. Es el drama del desencuentro que viene a coincidir con los funerales de la abuela. La narratividad del texto aunado con un lenguaje lírico de una desarmonía armónica nos retrotae a un pasaje con precedentes en el Tristran Shandy de Laurence Sterne o bien en algún poema narrativo Robert Browning: “Entonces abuela me parece que te veo levantar del ataúd/ como un Lázaro o un cristo resucitado y te alzas/ en un carro forrado con nubes y plumas”

Nuestra Casa es un poemario que en su segunda sección, de amplio registro temático, juega con variantes textuales, porque Douglas Téllez, que es también dibujante, pintor, narrador y escultor, logra aquí inusitada musicalidad acompasando como frente a un atril una compleja resonante verbalidad: “Chillan, truenan en la noche/ las ruedas o el eje/ en un pretil empinado”

Como colofón a esta nota introductoria quiero señalar una notable transtextualidad, me refiero al poema: “El cuervo sobre la rama”. Sus primeros versos nos dan unos acordes temáticos musicales fácilmente audibles y versalmente identificables en musicalidad próxima diversa: “El cuervo esta triste, / viste de negro, / viste de luto. / Nunca se le vio tan negro. / Nunca se le vio tan triste”. Jamás un poema tan célebre, musicalmente, de nuestro gran poeta Rubén Darío había sido sometido a la criba de una deslectura total, desmitificando así la parafernalia del modernismo, sin transgredirlo: trasvistiéndolo para crear otro ritmo y sentido que sin anularlo al mismo tiempo lo trasciende.

Iván Uriarte

La vida en diminutivo

CECILIA RÍOS comenta sobre La vida en diminutivo.

Recientemente tuve un encuentro extraordinario con un ser vivo ansioso por interactuar, en busca de alguien que lo descifrara, vibrara con él y le hiciera crecer. Se trata de la colección de microrrelatos La vida en diminutivo del escritor nicaragüense Alberto Sánchez Argüello, con quien he tenido la oportunidad de intercambiar impresiones en el marco de la publicación de su libro La vida en diminutivo (2022).En literatura toda obra permite diversas lecturas, tantas como lectores pasen sus ojos por ella e incluso una distinta por cada relectura, ya que nuestra cosmovisión es única y cambiante conforme nos alimentamos de experiencias. Los escritos se completan al ser leídos e interiorizados. Esto se vuelve más válido incluso con la microficción, un género que en palabras de Sánchez “permite condensar las ideas, explorar múltiples tópicos y estilos, a la vez que genera un nivel de vínculo co-creativo con el lector que no tiene comparación con otras formas narrativas”. Nos convertimos en un colaborador activo por la inquietud que provocan sus creaciones.Siempre he admirado los cuentos por ser cápsulas que contienen universos enteros concentrados en tan poco espacio. Ahora veo cómo se pueden sintetizar aún más para ser píldoras efervescentes que impactan de sopetón y que además tienen efectos prolongados. Al usar tan solo lo imprescindible en el relato, los lectores nos convertimos en ese actor clave para que exploten los mensajes, se devele lo que apenas se asoma y el autor nos lleve por recovecos interpretativos al tomar por asalto nuestra psique.Solemos usar el diminutivo con una semántica de afecto, para suavizar el contexto o reducir el impacto de nuestras palabras. El diminutivo en el título de esta colección no tiene nada de eso. Por el contrario, es un recurso para mayor emoción: la brevedad te desasosiega con un contenido que a pesar de rayar en lo fantásticamente absurdo, se saborea plausible con lugares y acciones comunes de  la vida diaria, cuadros de la sociedad que te llevan a una profunda desesperanza para maquinar mundos paralelos y creer en distopías.La colección está amenamente variada. En ella encontramos un desempleado que de repente llega a su hogar guiado por un lazarillo, una familia en apariencia común pero que es más bien de esos vecinos terroríficos, historias con enfoque de género, un moderno viaje al centro de la Tierra con accidentados hallazgos de nuestro podrido mundo en el camino, varios vistazos a un futuro donde todo puede ser peor hasta una mini serie de relatos con una desconcertante meta ficción.Encontramos también alusiones claras a grandes de la literatura como el maestro de la ciencia ficción Julio Verne, el rey del terror Stephen King, así como mundos y personajes que bien podrían ser del ideario de Borges o KafkaAlberto me cuenta que su minificción “es muy intertextual, primero porque es uno de los recursos más efectivos para lograr profundidad con concisión: recurrir a marcos cognitivos comunes con el lector modelo, como son las lecturas comunes; y segundo porque siempre he sido lector y la minificción es perfecta para construir mundos textuales a partir de referencias a otros libros que he disfrutado y que me han marcado”.Los mini relatos de Sánchez han atraído la atención de varias editoriales latinoamericanas que han publicado su obra y ahora tenemos el gusto de contar con un tiraje en casa de la mano de Anamá Ediciones, evidencia de que el género está cobrando auge en nuestro país. Esa popularidad se debe en buena parte a los esfuerzos de difusión de cultores de la narrativa breve, entre ellos Alberto, quienes han organizado eventos culturales como el primer festival regional de minificción que se celebró este año de forma simultánea en toda Centroamérica con actividades diarias durante una semana entre las que destacaron talleres, presentaciones de libros, ponencias y lecturas con micrófono abierto.La próxima vez que visiten una de las librerías de nuestro país, déjense encantar por ese pequeño muñeco vudú* que verán en los anaqueles, les prometo que los alfileres que penetrarán su mente son emisarios con mensajes codificados para que le den rienda suelta al ejercicio creativo como lectores cómplices.

*La portada es  creación de la artista dérmica Daniela Mercado.

PSICOLOGÍA YCHAMANISMOEN EL SIGLO XXISeguido deEnsayos Psicoantropológicos

Hoy día de la salud mental

Se estima que cerca de 450 millones de personas actualmente padecen algún tipo de trastorno mental o neurológico. De todos ellos, solo alrededor de un tercio busca tratamiento.

Auxiliadora Marenco G

Mi encuentro con la ciencia siempre me inspiró el respeto de las cosas profundas. Al igual que la mayoría de mis colegas, vengo de una escuela tradicional apegada a las enseñanzas freudianas y a los esquemas académicos. Pero a su vez, y quizá por lo vivido en los años ochenta y su impacto en todos los nicaragüenses, cuestiono lo conocido y voy tras nuevos paradigmas o corrientes de pensamiento que expliquen el comportamiento humano. Y este libro en particular me llenó de asombros, estremeció mi conciencia y dejó los cristales de mi alma llenos de esa nube que empañan multitud de difíciles alientos. Conocer a Jean Jacques Dubois y la psicoantropología significó entrar en un mundo diferente e inexplorado. Sus enseñanzas y su sola presencia, transmiten esa especie de magia y respeto que inspiran las personas científicas y sabias. Este libro representa la interpretación y el análisis de los infinitos porqués de la historia de los pueblos y de cómo impactan en los eventos del presente, vistos desde una asombrosa comparación entre el poder del chamanismo, –del cual interpretamos mucho y sabemos muy poco– y el accionar de la psicoterapia moderna. El chamanismo, de acuerdo a lo presentado en este libro, además del arte de curar, comprende la integración de la cosmogonía de cada cultura, incluyendo sus costumbres, normas, creencias y conocimientos. 10 El chamán, explica Jean Jacques, es un personaje especial y distinto de su sociedad y, paradójicamente, siendo diferente, se obliga a ser el que más se identifica con la misma. Es la máxima autoridad moral, espiritual y de salud de un pueblo. El reencarna las fuerzas ancestrales de su grupo como su máximo representante y domina lo invisible y lo secreto, desde las muertes hasta los nacimientos. Su manejo es sistémico. Es decir, que los síntomas de una enfermedad o desgracia individual, son causados por el grupo y, todo lo que en él suceda está interconectado. La enfermedad, cual válvula de escape, permite que el sistema se conserve, auto-regule o sobreviva. El chamán “negocia” con espíritus malos y buenos, o ambivalentes, que transforman y buscan que el “enfermo” o “desviado” recuperen el orden, la conciencia de la raza y la identidad.

Cartografía de espacios en fuga Managua 1968-1975

La ciudad muerta y la nueva ciudad

La madrugada del 23 de diciembre de 1972, aquella Managua es drásticamente reconfigurada por un terremoto de magnitud siete en escala de Richter. El centro de la ciudad sufre serias afectaciones y se declara estado de sitio. El general Anastasio Somoza Debayle (presidente/dictador de la nación en aquella época) disuelve los aparatos del Estado, crea una junta de reconstrucción y se nombra director. Hay miles de muertos bajo los escombros de la ciudad, desesperación, hambre, y el dictador aprovecha la situación para desviar fondos de la ayuda internacional. El centro de la ciudad es cercado por orden del General. Muchos pobladores emigran hacia otras ciudades cercanas y Managua queda herida para siempre. En los discursos de memorias, el terremoto resulta un punto fundamental porque se convierte en el momento donde se transforman tanto la red física como la red simbólica de la ciudad. En todos los archivos de memorias de Managua, el recuerdo del terremoto emerge como un factor que rompe con el imaginario de ciudad construido hasta esa época y, sin embargo, produce otra idea de ciudad. En este caso, tomo la novela Ritcher 7 de Pedro Joaquín Chamorro para rastrear esa reconfiguración urbana y, además, el nuevo imaginario que ella construye sobre la ciudad. En dicho texto el autor teje varias historias que son hiladas por el relato de una pareja que devienen alter egos del propio Chamorro y de Rosario Murillo, que durante algunos años fue su secretaria en el diario La Prensa. Ambos transitan por la ciudad en un viaje en moto y así van andando sobre la geografía y los discursos. En el primer capítulo el narrador omnisciente dice:

Una inmensa nube de polvo se levantó sobre la última noche de la ciudad. Gentes y animales corrieron en todas direcciones, llamándose los unos a los otros y buscándose confundidos, perdido totalmente el sentido de la orientación y vacíos los ojos por el espanto que alejaba las lágrimas y no daba tiempo a la realización del dolor. Miles de personas salieron a las calles como atendiendo a una audiencia del dolor. Se alinearon cienes de objetos en medio de tejas, pilares y maderas caídos sobre las aceras. Se notaron perfiles diferentes en las casas, cuya fisonomía alterada iba dando a toda la ciudad una conformación variante, parecida a los paisajes reflejados en las aguas agitadas. Después siguieron más sacudidas y retumbos. Se levantaron nuevas nubes de polvo, en tanto que todos seguían perdidos y aplastados por una especie de sosiego incomprensible. Fueron apareciendo los muertos y con ellos, el dolor desgarrador, el llanto reprimido, el calor de los abrazos regados con lágrimas verdaderas, los fuegos de todo color y los estallidos esporádicos del combustible, proporcionando una dimensión más terrible al escenario del gran sismo (1976, p. 10).

 Lo primero que aflora en este fragmento de la novela es la última noche de la ciudad como metáfora de la muerte de Managua. La primera línea nos da cuenta de la muerte física de la ciudad y vaticina su reconfiguración simbólica, además, esta línea abre paso a la descripción del caos vivido aquella noche. La ciudad se encuentra frente a una situación límite que produce un tejido de sentimientos que emanan de los sujetos que contemplan y vivencian su muerte. No solo en la ficción de Chamorro aparece esta idea. Roberto Sánchez dice en el libro citado: “cuando la tremenda sacudida apenas pasada la media noche del 23 de diciembre de 1972, también se sacudió mi identidad, el vínculo íntimo de tantos años con Managua. Fue como verme en un espejo y no reconocerme” (2008, p. 26). Esta muerte física y la reconfiguración simbólica de la ciudad es la que detona y propicia la sobreproducción de memorias urbanas. El sujeto que recuerda construye una visión nostálgica de la ciudad porque también se ha destruido el vínculo afectivo con la materialidad urbana. A partir de entonces se crea el imaginario de las dos ciudades. Chamorro narra:

…la moto volvió a correr por calles antiguas ahora abandonadas. Pasó frente a la Catedral en cuyos relojes aún estaba clavada la hora del gran sismo; rozó la acera del hotel de la gran batalla, aquel donde las tanquetas gubernamentales estrenaron sus pequeños cañones contra la multitud. Anduvo por la zona de los viejos mercados, en otra época llenos de miles y miles de gentes y ahora convertidos en un enorme patio; rodó sobre el recuerdo de los lugares de bailar, de besarse y amarse, y de los grandes establecimientos donde se compraban regalos. Después bajaron otra vez cerca del lago, por los barrios cuyos habitantes persistían en quedarse allí, debajo de aleros medio caídos, dentro de tapias hechas de escombros, o en mínimas casas de madera machimbrada. Ya cuando oscurecía salieron de la ciudad sin vida, para ir a la otra, a la de grandes pistas adoquinadas llamadas “Baipases”, a la de centros comerciales idénticos a los de Gainville, Florida, o a los de Hialeah, nuestra ciudad hermana sin que sepamos por qué, ni se haya explicado dónde queda exactamente. Allí se integraron al vértigo de la velocidad y entraron en las encuestas donde se apuntan los pocos motociclistas que diariamente salvan la vida en esa madeja de carreteras y edificios de hierro, chatos, fuertes, asísmicos y con nombres en inglés. Corrieron entre luces, frenazos, estridencias, rayas amarillas y semáforos, viendo grupos de muchachos y muchachas en los cruces vendiendo los periódicos de la tarde y esperando irse del trabajo a sus casas o volver desde la universidad “al raid”. La vieja ciudad quedó atrás. (1976, p. 24).

FRAGMENTOS DE VIDAS

Título: Fragmentos de vidas

Editorial: Anama

En Fragmentos de Vidas, están presente la problemática y la condición social y humana. En esta narración, visiones y percepciones sobrenaturales sobrellevan en sus existencias ciertos personajes de una familia que, misteriosamente, adquirieron esas cualidades ocultas, sin saber ellos por qué. El imaginario, unas veces se tuerce real; otras, vive en la ficción o en el recóndito sentimiento. Pasado y presente, sueños y vigilias, se mezclan en una amalgama de situaciones que, posiblemente, causen expectativas en usted, amigo lector. Relaciones carnales forzadas y amenazantes, adulterios, pobrezas, enfermedades, defunciones, solidaridad, arrepentimientos, disculpas y honestidad, concurren en el ambiente de una pequeña población, donde los individuos buscan sus conveniencias y convivencias… La brevedad narrativa, supongo, es clara y directa, discurre, se desliza y dobla las páginas con rapidez.

EL GIGANTE NUNCA HA ESTADO DORMIDO

Estas son mis memorias sobre los conflictos étnicos y la guerra en la costa Caribe en los ochenta, pero tiene elementos autobiográficos porque también me interesa que este sea un testimonio de alguien que vivió la revolución sandinista y la guerra en la Costa en los años ochenta. Aquí hablo no sólo de las contradicciones étnicas, sino que hago énfasis en los errores y abusos porque quiero explicar las causas de la guerra y por qué el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) no logró establecer una base social sólida en la Costa en esos años.

No hay duda de que se hicieron, o se intentaron hacer, muchos proyectos, y yo no tengo dudas de que el gobierno sandinista quería elevar el nivel de vida de la población costeña. Yo no voy a hablar de eso, esta información se puede encontrar en los libros que se hicieron para defender la revolución. Voy a hablar de por qué la gente se levantó.

En estas memorias hago una distinción entre conflicto y guerra. Como la Costa es diversa, y hay injusticias y desigualdad entre los grupos étnicos, la posibilidad de conflictos está siempre presente. Pero estos conflictos se pueden resolver de manera pacífica. La resolución violenta de los conflictos en los ochenta no era necesaria, y era incompatible con una revolución popular en la Costa.

Hablando de la Costa, en este libro voy a usar el nombre de costa Caribe porque ese es el nombre que más se usa ahora. El uso cotidiano del término costa Caribe viene de las reformas constitucionales de 2014, en las que a la Costa se le llamó costa Caribe. En 2016, cuando se hicieron las reformas a la ley de autonomía, ya se le llamaba costa Caribe.

Antes de las reformas constitucionales de 2014, se le llamaba costa Atlántica. Incluso en la ley de autonomía aprobada en 1985, se le llamó costa Atlántica.

Yo recuerdo que en los años ochenta ya había un debate sobre si se debería llamar costa Caribe o costa Atlántica. Recuerdo bien a Roberto Fernández Retamar en Bluefields, en uno de los Mayo Ya en los que participó, argumentando que Nicaragua daba al Caribe no al Atlántico, y que la cultura de Bluefields era caribeña. Entiendo que de esos debates culturales es que nace la idea de designar a la costa como Caribe.

Técnicamente, la costa está en el mar Caribe. El biólogo y ambientalista nicaragüense Jaime Incer Barquero, en su Geografía Básica Ilustrada de Nicaragua, que publicó en 2008, la llamó la Región del Caribe. En 2009 la Academia de Historia y Geografía de Nicaragua publicó un libro en el que Jorge Eduardo Arellano recopiló ensayos, cuentos y poesía de la Costa con el título de La Costa Caribe Nicaragüense desde sus orígenes hasta el siglo XXI.

Culturalmente también: un buen porcentaje de la población costeña tiene bastante en común con Jamaica, Gran Caimán y otras islas del Caribe.

Pero el Caribe es un mar del océano Atlántico. Entonces, entiendo yo que se le puede llamar de las dos maneras. En la Costa hay gente que prefiere costa Caribe y otros que prefieren costa Atlántica. Yo estoy usando costa Caribe por las razones mencionadas anteriormente.

Finalmente, para refrescar la memoria he leído los escritos de Edmund T. Gordon, Charles R. Hale, Jorge Jenkins y Gregorio Smutko. Además, a través de los años he conversado con Hazel Law, Gonzalo Gradiz, Rubén López, Francisco López Urbina (Chico López), Noel Acosta, Adolfo Chávez, Roberto Moreno (Tito Moreno), Rodolfo García (Pichín), Gustavo Castro Jo, Wilfredo Machado, Eddy Alemán, Douglas Carcache, Galio Gurdián y Mathew Brack. Ellos me contaron algunas cosas que yo no sabía y que decidí integrar a estas memorias porque contribuyen a entender lo que pasó.

Sin embargo, la mayor parte de lo que cuento aquí viene de lo que yo recuerdo de los sucesos en los que participé u observé. Estas son mis interpretaciones de los mismos, y creo que está de más decir que otros vieron estos sucesos desde otras perspectivas.   

Y para concluir esta introducción quiero agradecer a las personas que hicieron posible la publicación de este libro:  Roberto Moreno García, que me ayudó a cotejar algunos datos y trabajó en mejorar la calidad de las fotos; a Dariel Loáisiga Castro y Kathy Yih, que leyeron el manuscrito y ofrecieron sugerencias para mejorarlo; y a Salvadora Navas por su diligente e incansable trabajo como editora.

HISTORIA NACIONAL DE LO ABYECTO

Agua fuerte de posguerra

Este cuento pueden encontrarlo en la más reciente publicación de Luis Báez «Historia nacional de los abyecto»

Apareció en la casucha de láminas y cartones como siempre: acuclillado y tembleque, chorreando lluvia negrísima de montaña. Anselmo, se llamaba.
Afuera, el sol multiplicaba su ardor sobre la piel de la gente que circulaba más allá de las paredes de zinc que resplandecían entre la brisa corrosiva del Xolotlán.
Carlos pensaba que nadie, ni sus más íntimos demonios, podrían reconocerlo en medio de tanta inmundicia. A veces, cuando el hambre apretaba y el calor arreciaba, ni siquiera él mismo atinaba a reconocerse.
Sin embargo, ahí estaba Anselmo, trémulo y absorto, como de costumbre.
Carlos tomó la mitad de un cigarrillo que llevaba en la oreja y lo prensó entre sus labios. Después exhaló la primera bocanada junto a unas pocas palabras.
“Ya sé lo que me venís a decir: que te mataron. Y que yo di la orden…”
Desde que terminó la guerra, Anselmo acostumbraba aparecer, permanecía en silencio y luego desaparecía. Esta vez, sin embargo, articuló palabras.
“No. No, no. Nada de eso, compita. Nada de eso”. “…y yo te voy a decir que creímos que te habías volteado”, sonrió Carlos, “pero eso ya no importa, porque vos y yo sabemos cómo fue la cosa. Y ya nada de lo que
hicimos lo podemos deshacer”. “¿La guerra decís?”
“La guerra. No. Eso no lo hicimos porque quisimos. Ya ves que fueron los otros los que salieron ganando…”
“¿Los muertos?”
“Sí. Y yo mandé a hacer el hoyo donde te enterramos, no sé si supiste… fue a la carrera. Seguro que ni te alcanzó todo el cuerpo… lo tuyo sí fue una cagada”.
“La primera noche un animal me mascó el brazo.
Después de arrancarme toda la carne de la muñeca, se me llevó una mano. Pero solo fueron las manos lo que me quedaron de fuera, compita. No se ahueve. La cara sí me quedó bien plantada en la tierra. Una tierra
negra, buenísima para la siembra…”
Carlos aplastó la colilla con la planta del pie y la chispa chirrió brevemente sobre el piso de tierra húmeda.
“Bueno”, dijo Carlos, “ya voy a poder dormir. Vos sabés, porque tu muerte fue semilla en tierra fértil y etcétera. Como decían los comandantes…”, murmuró Carlos con solemnidad.
“¡Dirección nacional, ordene!”, exclamó Anselmo mientras asumía porte marcial y se llevaba el muñón a la frente.
“¡La runga, compa…!”
“¡Son chochadas! aquí hasta los comandantes son puetas”.
“¡…esa es nuestra poesía, compita. La runga!”
Los dos rompieron en carcajadas.
El sol resplandecía con furia fuera de las paredes de zinc y cartones viejos, abrasando una ciudad obstinada en crecer entre un gusanero de muertos.
La casucha reverberaba junto a la costa del lago donde los sueños y sacrificios de todos nuestros muertos se sedimentan con la mierda de los vivos.

Corazón delator

DELATOR UN TRIBUTO A SODA STEREO

‘Corazón Delator’ es una canción compuesta por Gustavo Cerati, quien se inspiró en un cuento de Edgar Allan Poe titulado ‘El Corazón Delator’ (1843).

En ambas obras se conectan el carácter pensativo en que los autores exteriorizan el sentido de la locura de una manera reflexiva y enajenada y cómo el corazón delata a los personajes en la intriga figurada; una simbiosis convexa entre el amor y la locura.

Como suele sucederle a cualquier corazón cuando le es inevitable ocultar sus sentimientos, como al tuyo, al mío, al de todos.

TRÁTAME SUAVEMENTE

No quiero soñar mil veces las mismas cosas.

Soda Stereo, 1984.

Entiendo que el que tiene la mente jodida soy yo. Me harto una y mil veces de tus estúpidos comentarios, puede que tengás toda la razón del mundo pero déjame ser así. De todas formas, así me siento bien.

Nada me queda por reclamar, yo no he sido ninguna santa paloma, ¡por favor! Yo también hice y deshice a mi antojo sin medir las consecuencias y mirame, aquí estoy, otra vez hecho mierda por alimentar una egolatría absurda que según yo me hacía sentir el mejor, ¡no jodás! Ella también la cagó un millón de veces y aún así yo todo le perdoné, precisamente porque yo también andaba en lo mismo. El gran problema es que aquí quien lo perdió todo fui yo, ella tranquila, haciendo su vida, la vida que venía haciendo mientras estaba conmigo y yo como siempre haciéndome el desentendido.

Y estos argumentos no me ayudan en absolutamente nada, al contrario, me desarman la poca y soez existencia que me queda… si es que algo queda de este mendrugo de cuerpo.

Tuve que parar de llorar porque sí. Ya era demasiado el ridículo, lo bueno es que todavía la poca dignidad que conservo no me permite que los demás me vean llorar. Eso solo a vos te lo permito, solo vos me importás y solo con vos quiero llorar, no me des ninguna despedida, sabiendo que esta es la última vez que te miraré, solo quiero que me tratés suavemente.