POEMAS DE CARLOS CASTRO JO

Poemas de cuarentena por el coronavirus

I

El marinero sintió la hora

y pidió una panga,

un barco, una balsa,

algo para respirar las olas de su vida.

Solo fue echar el cuerpo

a navegar sobre el mar Caribe,

que era su mar,

para que recostara la cabeza,

para que cerrara los ojos

y se pusiera a recordar.

II

Toda una vida

hecha de poses

-Tarzán de los monos-

para que un bichito

la mandara sin ceremonia

a un entierro express

y su legado fuera

a lo más

el nombre completo en una lápida.

III

Caminar por los pasillos del supermercado

en el tiempo del coronavirus

es ir recordando el título de una novela

en la que el amor vence a la muerte.

Pero aquí la muerte es la belleza agazapada

tras las mascarillas,

a tan poca distancia,

empaquetada en formas perfectas,

de caderas sin coronavirus,

de senos tan cerca de la boca,

tan cerca  y tan lejos

de la vida.

IV

Hay un asesino buscando

mis partes vulnerables.

Está a la entrada de mi casa,

en el corredor,

en el pomo de la puerta,

en el jardín.

No lo puedo ver

pero ahí está

y no sé si un cuerpo inocente

es el portador más eficaz

o si el cuerpo más humano es el que me lo puede

traer al rincón más discreto:

al roce de las manos,

al aliento de unos labios en flor.

V

El viejito pisa

la grieta del andén,

su púbico brote verde,

y sigue con su mirada ausente

las sombras de la gente

que no le respeta su distancia.

El grito de un amigo

le quiere recordar

que el Alzheimer

no es un escudo de salvación,

que el virus que no recuerda,

todavía está ahí

con toda la memoria de su genoma.

VI

El coronavirus es la verdadera memoria

del polvo que somos.

Porque

los trenes de alta velocidad,

los edificios iluminados

en las noches de parranda,

los píxeles guardados en la nube,

los amigos hablando

en las pantallas de los móviles,

los paquetes pedidos por internet

esparcidos por todo el GPS,

las cirugías plásticas

recreando algunas partes del cuerpo,

todos esos avances

eran solo un espejismo,

un remedo de existencia

que navegaba a contrapelo

del verdadero polvo en el viento

que nos ha prestado un nombre.

VII

Cuando el virus haya tocado a mi puerta

dejaré este testamento

para que se contagien.

Les dejo

la pandemia, para que les recuerde

que somos una partícula del universo;

la mezquindad, más ubicua que Dios,

y la generosidad, más escasa que la mala voluntad;

las luchas y las guerras, que seguirán de pie hasta el final;

las fake news, que serán más virales que el propio virus;

las horas, que serán tan bien o malgastadas como antes;

la cama y el rincón, para que el goce de vivir

se vuelva humano otra vez

y sea lo que siempre ha sido

un instante bajo las estrellas.

 

 

 

 

 

 

 

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