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Cartografía de espacios en fuga Managua 1968-1975

La ciudad muerta y la nueva ciudad

La madrugada del 23 de diciembre de 1972, aquella Managua es drásticamente reconfigurada por un terremoto de magnitud siete en escala de Richter. El centro de la ciudad sufre serias afectaciones y se declara estado de sitio. El general Anastasio Somoza Debayle (presidente/dictador de la nación en aquella época) disuelve los aparatos del Estado, crea una junta de reconstrucción y se nombra director. Hay miles de muertos bajo los escombros de la ciudad, desesperación, hambre, y el dictador aprovecha la situación para desviar fondos de la ayuda internacional. El centro de la ciudad es cercado por orden del General. Muchos pobladores emigran hacia otras ciudades cercanas y Managua queda herida para siempre. En los discursos de memorias, el terremoto resulta un punto fundamental porque se convierte en el momento donde se transforman tanto la red física como la red simbólica de la ciudad. En todos los archivos de memorias de Managua, el recuerdo del terremoto emerge como un factor que rompe con el imaginario de ciudad construido hasta esa época y, sin embargo, produce otra idea de ciudad. En este caso, tomo la novela Ritcher 7 de Pedro Joaquín Chamorro para rastrear esa reconfiguración urbana y, además, el nuevo imaginario que ella construye sobre la ciudad. En dicho texto el autor teje varias historias que son hiladas por el relato de una pareja que devienen alter egos del propio Chamorro y de Rosario Murillo, que durante algunos años fue su secretaria en el diario La Prensa. Ambos transitan por la ciudad en un viaje en moto y así van andando sobre la geografía y los discursos. En el primer capítulo el narrador omnisciente dice:

Una inmensa nube de polvo se levantó sobre la última noche de la ciudad. Gentes y animales corrieron en todas direcciones, llamándose los unos a los otros y buscándose confundidos, perdido totalmente el sentido de la orientación y vacíos los ojos por el espanto que alejaba las lágrimas y no daba tiempo a la realización del dolor. Miles de personas salieron a las calles como atendiendo a una audiencia del dolor. Se alinearon cienes de objetos en medio de tejas, pilares y maderas caídos sobre las aceras. Se notaron perfiles diferentes en las casas, cuya fisonomía alterada iba dando a toda la ciudad una conformación variante, parecida a los paisajes reflejados en las aguas agitadas. Después siguieron más sacudidas y retumbos. Se levantaron nuevas nubes de polvo, en tanto que todos seguían perdidos y aplastados por una especie de sosiego incomprensible. Fueron apareciendo los muertos y con ellos, el dolor desgarrador, el llanto reprimido, el calor de los abrazos regados con lágrimas verdaderas, los fuegos de todo color y los estallidos esporádicos del combustible, proporcionando una dimensión más terrible al escenario del gran sismo (1976, p. 10).

 Lo primero que aflora en este fragmento de la novela es la última noche de la ciudad como metáfora de la muerte de Managua. La primera línea nos da cuenta de la muerte física de la ciudad y vaticina su reconfiguración simbólica, además, esta línea abre paso a la descripción del caos vivido aquella noche. La ciudad se encuentra frente a una situación límite que produce un tejido de sentimientos que emanan de los sujetos que contemplan y vivencian su muerte. No solo en la ficción de Chamorro aparece esta idea. Roberto Sánchez dice en el libro citado: “cuando la tremenda sacudida apenas pasada la media noche del 23 de diciembre de 1972, también se sacudió mi identidad, el vínculo íntimo de tantos años con Managua. Fue como verme en un espejo y no reconocerme” (2008, p. 26). Esta muerte física y la reconfiguración simbólica de la ciudad es la que detona y propicia la sobreproducción de memorias urbanas. El sujeto que recuerda construye una visión nostálgica de la ciudad porque también se ha destruido el vínculo afectivo con la materialidad urbana. A partir de entonces se crea el imaginario de las dos ciudades. Chamorro narra:

…la moto volvió a correr por calles antiguas ahora abandonadas. Pasó frente a la Catedral en cuyos relojes aún estaba clavada la hora del gran sismo; rozó la acera del hotel de la gran batalla, aquel donde las tanquetas gubernamentales estrenaron sus pequeños cañones contra la multitud. Anduvo por la zona de los viejos mercados, en otra época llenos de miles y miles de gentes y ahora convertidos en un enorme patio; rodó sobre el recuerdo de los lugares de bailar, de besarse y amarse, y de los grandes establecimientos donde se compraban regalos. Después bajaron otra vez cerca del lago, por los barrios cuyos habitantes persistían en quedarse allí, debajo de aleros medio caídos, dentro de tapias hechas de escombros, o en mínimas casas de madera machimbrada. Ya cuando oscurecía salieron de la ciudad sin vida, para ir a la otra, a la de grandes pistas adoquinadas llamadas “Baipases”, a la de centros comerciales idénticos a los de Gainville, Florida, o a los de Hialeah, nuestra ciudad hermana sin que sepamos por qué, ni se haya explicado dónde queda exactamente. Allí se integraron al vértigo de la velocidad y entraron en las encuestas donde se apuntan los pocos motociclistas que diariamente salvan la vida en esa madeja de carreteras y edificios de hierro, chatos, fuertes, asísmicos y con nombres en inglés. Corrieron entre luces, frenazos, estridencias, rayas amarillas y semáforos, viendo grupos de muchachos y muchachas en los cruces vendiendo los periódicos de la tarde y esperando irse del trabajo a sus casas o volver desde la universidad “al raid”. La vieja ciudad quedó atrás. (1976, p. 24).

FRAGMENTOS DE VIDAS

Título: Fragmentos de vidas

Editorial: Anama

En Fragmentos de Vidas, están presente la problemática y la condición social y humana. En esta narración, visiones y percepciones sobrenaturales sobrellevan en sus existencias ciertos personajes de una familia que, misteriosamente, adquirieron esas cualidades ocultas, sin saber ellos por qué. El imaginario, unas veces se tuerce real; otras, vive en la ficción o en el recóndito sentimiento. Pasado y presente, sueños y vigilias, se mezclan en una amalgama de situaciones que, posiblemente, causen expectativas en usted, amigo lector. Relaciones carnales forzadas y amenazantes, adulterios, pobrezas, enfermedades, defunciones, solidaridad, arrepentimientos, disculpas y honestidad, concurren en el ambiente de una pequeña población, donde los individuos buscan sus conveniencias y convivencias… La brevedad narrativa, supongo, es clara y directa, discurre, se desliza y dobla las páginas con rapidez.

EL GIGANTE NUNCA HA ESTADO DORMIDO

Estas son mis memorias sobre los conflictos étnicos y la guerra en la costa Caribe en los ochenta, pero tiene elementos autobiográficos porque también me interesa que este sea un testimonio de alguien que vivió la revolución sandinista y la guerra en la Costa en los años ochenta. Aquí hablo no sólo de las contradicciones étnicas, sino que hago énfasis en los errores y abusos porque quiero explicar las causas de la guerra y por qué el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) no logró establecer una base social sólida en la Costa en esos años.

No hay duda de que se hicieron, o se intentaron hacer, muchos proyectos, y yo no tengo dudas de que el gobierno sandinista quería elevar el nivel de vida de la población costeña. Yo no voy a hablar de eso, esta información se puede encontrar en los libros que se hicieron para defender la revolución. Voy a hablar de por qué la gente se levantó.

En estas memorias hago una distinción entre conflicto y guerra. Como la Costa es diversa, y hay injusticias y desigualdad entre los grupos étnicos, la posibilidad de conflictos está siempre presente. Pero estos conflictos se pueden resolver de manera pacífica. La resolución violenta de los conflictos en los ochenta no era necesaria, y era incompatible con una revolución popular en la Costa.

Hablando de la Costa, en este libro voy a usar el nombre de costa Caribe porque ese es el nombre que más se usa ahora. El uso cotidiano del término costa Caribe viene de las reformas constitucionales de 2014, en las que a la Costa se le llamó costa Caribe. En 2016, cuando se hicieron las reformas a la ley de autonomía, ya se le llamaba costa Caribe.

Antes de las reformas constitucionales de 2014, se le llamaba costa Atlántica. Incluso en la ley de autonomía aprobada en 1985, se le llamó costa Atlántica.

Yo recuerdo que en los años ochenta ya había un debate sobre si se debería llamar costa Caribe o costa Atlántica. Recuerdo bien a Roberto Fernández Retamar en Bluefields, en uno de los Mayo Ya en los que participó, argumentando que Nicaragua daba al Caribe no al Atlántico, y que la cultura de Bluefields era caribeña. Entiendo que de esos debates culturales es que nace la idea de designar a la costa como Caribe.

Técnicamente, la costa está en el mar Caribe. El biólogo y ambientalista nicaragüense Jaime Incer Barquero, en su Geografía Básica Ilustrada de Nicaragua, que publicó en 2008, la llamó la Región del Caribe. En 2009 la Academia de Historia y Geografía de Nicaragua publicó un libro en el que Jorge Eduardo Arellano recopiló ensayos, cuentos y poesía de la Costa con el título de La Costa Caribe Nicaragüense desde sus orígenes hasta el siglo XXI.

Culturalmente también: un buen porcentaje de la población costeña tiene bastante en común con Jamaica, Gran Caimán y otras islas del Caribe.

Pero el Caribe es un mar del océano Atlántico. Entonces, entiendo yo que se le puede llamar de las dos maneras. En la Costa hay gente que prefiere costa Caribe y otros que prefieren costa Atlántica. Yo estoy usando costa Caribe por las razones mencionadas anteriormente.

Finalmente, para refrescar la memoria he leído los escritos de Edmund T. Gordon, Charles R. Hale, Jorge Jenkins y Gregorio Smutko. Además, a través de los años he conversado con Hazel Law, Gonzalo Gradiz, Rubén López, Francisco López Urbina (Chico López), Noel Acosta, Adolfo Chávez, Roberto Moreno (Tito Moreno), Rodolfo García (Pichín), Gustavo Castro Jo, Wilfredo Machado, Eddy Alemán, Douglas Carcache, Galio Gurdián y Mathew Brack. Ellos me contaron algunas cosas que yo no sabía y que decidí integrar a estas memorias porque contribuyen a entender lo que pasó.

Sin embargo, la mayor parte de lo que cuento aquí viene de lo que yo recuerdo de los sucesos en los que participé u observé. Estas son mis interpretaciones de los mismos, y creo que está de más decir que otros vieron estos sucesos desde otras perspectivas.   

Y para concluir esta introducción quiero agradecer a las personas que hicieron posible la publicación de este libro:  Roberto Moreno García, que me ayudó a cotejar algunos datos y trabajó en mejorar la calidad de las fotos; a Dariel Loáisiga Castro y Kathy Yih, que leyeron el manuscrito y ofrecieron sugerencias para mejorarlo; y a Salvadora Navas por su diligente e incansable trabajo como editora.

HISTORIA NACIONAL DE LO ABYECTO

Agua fuerte de posguerra

Este cuento pueden encontrarlo en la más reciente publicación de Luis Báez «Historia nacional de los abyecto»

Apareció en la casucha de láminas y cartones como siempre: acuclillado y tembleque, chorreando lluvia negrísima de montaña. Anselmo, se llamaba.
Afuera, el sol multiplicaba su ardor sobre la piel de la gente que circulaba más allá de las paredes de zinc que resplandecían entre la brisa corrosiva del Xolotlán.
Carlos pensaba que nadie, ni sus más íntimos demonios, podrían reconocerlo en medio de tanta inmundicia. A veces, cuando el hambre apretaba y el calor arreciaba, ni siquiera él mismo atinaba a reconocerse.
Sin embargo, ahí estaba Anselmo, trémulo y absorto, como de costumbre.
Carlos tomó la mitad de un cigarrillo que llevaba en la oreja y lo prensó entre sus labios. Después exhaló la primera bocanada junto a unas pocas palabras.
“Ya sé lo que me venís a decir: que te mataron. Y que yo di la orden…”
Desde que terminó la guerra, Anselmo acostumbraba aparecer, permanecía en silencio y luego desaparecía. Esta vez, sin embargo, articuló palabras.
“No. No, no. Nada de eso, compita. Nada de eso”. “…y yo te voy a decir que creímos que te habías volteado”, sonrió Carlos, “pero eso ya no importa, porque vos y yo sabemos cómo fue la cosa. Y ya nada de lo que
hicimos lo podemos deshacer”. “¿La guerra decís?”
“La guerra. No. Eso no lo hicimos porque quisimos. Ya ves que fueron los otros los que salieron ganando…”
“¿Los muertos?”
“Sí. Y yo mandé a hacer el hoyo donde te enterramos, no sé si supiste… fue a la carrera. Seguro que ni te alcanzó todo el cuerpo… lo tuyo sí fue una cagada”.
“La primera noche un animal me mascó el brazo.
Después de arrancarme toda la carne de la muñeca, se me llevó una mano. Pero solo fueron las manos lo que me quedaron de fuera, compita. No se ahueve. La cara sí me quedó bien plantada en la tierra. Una tierra
negra, buenísima para la siembra…”
Carlos aplastó la colilla con la planta del pie y la chispa chirrió brevemente sobre el piso de tierra húmeda.
“Bueno”, dijo Carlos, “ya voy a poder dormir. Vos sabés, porque tu muerte fue semilla en tierra fértil y etcétera. Como decían los comandantes…”, murmuró Carlos con solemnidad.
“¡Dirección nacional, ordene!”, exclamó Anselmo mientras asumía porte marcial y se llevaba el muñón a la frente.
“¡La runga, compa…!”
“¡Son chochadas! aquí hasta los comandantes son puetas”.
“¡…esa es nuestra poesía, compita. La runga!”
Los dos rompieron en carcajadas.
El sol resplandecía con furia fuera de las paredes de zinc y cartones viejos, abrasando una ciudad obstinada en crecer entre un gusanero de muertos.
La casucha reverberaba junto a la costa del lago donde los sueños y sacrificios de todos nuestros muertos se sedimentan con la mierda de los vivos.

Conquista y colonización de la cocina nicaragüense

CHANCHOS, CHANCHADAS

Y OTRAS CHANCHADITAS

A Jesús Martínez-Almela

–con quien compartí unos chicharrones–

El chancho es un animal de cuerpo redondeado, patas con pezuña y generalmente cubierto de pelo, de unas cerdas gruesas y ásperas, es mamífero. Se reproducen rápidamente. Fueron domesticados por el hombre hace unos trece mil años. Su nombre científico es Sus scrofa ssp. Domestica. Es pariente del jabalí, del danto y del zahíno, come cualquier cosa –omnívoro– generalmente se le llama cerdo, puerco, marrano o choche, en Centroamérica se le llama chancho en Nicaragua y Costa Rica, igualmente lo hacen en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia y Paraguay.

En el lunfardo argentino le denominan chancho al boletero, quien verifica los boletos de autobuses y tranvías, en el habla peruana así denominan al trasero de la mujer.

En el Horóscopo chino el cerdo o chancho es el signo número 12, su mes es noviembre y los nacidos bajo ese signo son sensuales, aprecian del buen comer y beber. Son de esas personas a las que les gusta pasar un buen rato. El Cerdo es muy apasionado y se mantendrá vigoroso inclusive en su vejez. Generosos hasta el cansancio, si necesitas apoyo o ayuda sin duda debes llamar a un nacido bajo el signo de Cerdo.

Fragmento de «Chanchos chanchadas y otras chanchaditas«

Fuga de Canto Grande de Claribel Alegría y Darwin J. “Bud” Flakoll “Claribud” –como se firmaban–.

Fuga de Canto Grande es el relato de cómo los militantes peruanos del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), pasaron tres años planificando y excavando un túnel de 345 metros en las afueras de Lima, al pie de los Andes. No sólo son los detalles físicos de la construcción del túnel fascinante sino las vicisitudes, peligros, tensiones y demoras con las cuales tropezaron durante los largos meses de la excavación, lo que hace que este relato sea conmovedor.

anamá Ediciones cumple el deseo de nuestra querida Claribel, ver publicadas estas entrevistas.

Puede encontrarlo en Tienda Literato e Hispamer.

Al gran maestro franz galich

A 14 años de su partida

«Hay un humanismo tremendo en la obra de Franz Galich, y lo diferencia de otros escritores que han tomado el caos de las grandes capitales como un cliché muy barato para escribir bastante light, esta (la de Galich) no es literatura light”. Tomado de la Revista niú

Naciniento: 8 de enero de 1951, Guatemala  Fallecimiento 3 de febrero de 2007,  Managua

BEN-HUR BAJO LOS ARCOS TRIUNFALES

El circo lleno a reventar. Las barrigas prominentes engalanan las graderías bajo los arcos triunfales. Abajo, barrigas vacías, casi pegadas a la espalda. Caballos famélicos tascan ar-gentinos frenos de fantasiosas golosinas, inexistentes e ilícitas. Los nervios de dúctil plomo transmiten el atávico miedo. Entre la multitud de aurigas de carretones desvencijados retocados con pinturas de casas comerciales, engalanados con chillantes colores, números romanos, trajes de telas baratas y cascos de hojalata, pintados con spray, surgen, alevosas, las medias valerosas de leve cususa. Ávidas y temblorosas manos callosas las estrangulan, succionándole el transparente líquido etílico plasmático. El escaso y estomacal gallopinto se resiente en el fondo del titilante hígado.

La multitud ruge, quiere acción. El instinto clama, el deseo no espera. El espec-táculo está retrasado: Nerón no ha llegado. Las descomunales trompas magnetofónicas han anunciado su arribo en acerado escarabajo.

Abajo, los sueños de la desgracia personificada en esqueletos forrados de piel. De pronto: ¡ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. El helicóptero descenderá sobre la grama. Esta sufre porque los elefantes están borrachos de diversión (¡“No se pierdan este espectáculo”!) La plebe delira y el mundo gira y gira. Los pobres caballos esperan. Piadosas manos han puesto al alcance de sus hocicos heno tierno, de humilde pajar, mientras su indómito estómago aguarda el estilete de un guarón para enervar los músculos y así, tal vez, ganar. Por los altoparlantes la espada se anuncia y los orejas que guardan las espaldas se deslumbran con el vivo reflejo, porque saben que ya viene oro y hierro, el cortejo de los mastines. ¡De pronto, la multitud no entiende, está confundida, la perplejidad inunda sus corazones! Nosotros tampoco sabemos, desde esta su cabina de la WXYZ, que transmite desde el coloso de concreto en el corazón de la ciudad, con más postes sin luminarias que árboles, ¡el mágico, magno, magnífico, magnánimo, magnate, evento cultural del año: la edición número 2000 de la carrera de Ben-Hur, con Mesalas y Mesalina, proyectada, ya no en cinemascope sino en directo y a todo color, con actores de verdad!

¡Atención, atención, el helicóptero viene, se aproxima, llega, llega! ¡Flota sobre el estadio, como Abbadón con su flamígera espada que anuncia la gloria solemne de los estandartes!

Como por arte de magia, portentoso milagro, las luces del estadio se encienden, pero no echan luz blanca ni brillante: ¡lanzan luz negra! ¡El cielo se oscurece en pleno día! ¡¡Eclipse!! ¡¡Eclipse!! ¡¡Castigo divino!! Los reflectores del helicóptero se encienden. La banda rockera literalmente destaza “La Pared” del Pinche Floy. Desciende, desciende, y sigue descendiendo sobre las cabezas de doce mil apóstoles y se posa sobre la grama de sus corazones… Y ahora, con ustedes, el único, el magnífico, el grande, enorme: de apenas seiscientas sesenta y seis libras, seis medias libras, seis onzas, seis adarmes, con seis veces seis y una cuarta más, pero en completo ayuno. Los caballos tiemblan, los palafreneros también. En los carretones los cristianos hambrientos aguardan. En los fosos, los leones miedosos rezan. Neroncito baja de los cielos en su helicóptero privado. Todo está listo.

Se hace el llamado a los competidores: cincuenta, porque sin cuenta han sido los aspirantes. Todas las barriadas barridas por el desempleo abundante o el ocasional semiempleo. ¡Qué gran oportunidad la que nos proporcionan los paladines. Ya pasa, debajo de los arcos ornados de blancas Minervas y Martes donde la fama erige los premios (tal vez la moto, o si no, aunque sea un pase para ir a hospedarse a un hotel de medio pelo, con puta pagada, o un quintal de fríjol, uno de maíz, uno de arroz, uno de azúcar y un bidón de aceite. ¿Y para el caballo? ¡Bien gracias!) (“¡Caballo de las sabanas…!”).

El guarón circula por todas las graderías de sol del circo semiromano, porque tiene luz eléctrica y le faltan jaulas con leones para que se coman a los cristianos disfrazados de Ben–Hur, con todo y caballo, carretones, arneses, bridas y herraduras, para que desaparezcan de la faz del territorio. También circula por las venas de los panzones, necesidades de yoni guoquer, etiqueta negra, Vat 69 (¡qué rico!), chivas regal con los chivos y por supuesto, la gloria solemne de los estandartes. Se escucha el ruido que forman los carretones. Todo en el circo está tenso. Los gladiadores están nerviosos. Los caballos, remedo de sus antepasados andaluces, idem. Pero el que se la juega, se la juega, aunque sea de un lado para otro, como reza el dicho chino, los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra, los cascos que hieren la tierra.

Un marica, hace señas para que los carretones se acerquen a la línea de salida.

Los claros clarines de pronto levantan sus sones, su canto sonoro, su cálido coro. En una tarima, hermosa hembra inicia sicalíptica danza. Sube y baja sobre un cetro de oro, reconocido entre la extraña multitud. La chusma delira, se babea y se chorrea. Los machos se excitan, se yerguen desde sus flácidas carnes. Él dice, la lucha, y todos van a luchar, la herida venganza por la derrota del año anterior, las ásperas crines, la pica, la lanza. La tierra que espera sedienta la sangre. Los negros paladines desde sus helicópteros y helipuertos malversados, camionetonas, mansiones robadas y palacios a medio construir, a costa de huracanes de miseria, azuzan la muerte y rigen la guerra. ……..

Fragmento del cuento

Ben-hur bajo los arcos triunfales

Tomado del libro Perrozompopo

Publicación póstuma

LIBROS PUERTA A PUERTA

Comentario del Monstruo de mi madre: Pasión Lectora

Todos seleccionamos aquellas piezas de la memoria que nos permiten explicar nuestra propia versión de quién somos me dice Alberto Sánchez Argüello en el Monstruo de mi madre.
Y nos gusta, le digo yo, escoger aquellas que concideramos perfectas y que nos ubican frente al mundo de la mejor manera.
Nuestro relato no puede tener imperfecciones, pero ahí mismo está el error porque todos tenemos gritos y silencios de monstruos nocturnos que brotan con insistencia de la oscura memoria de niños olvidados que nos habitan.
Querramos o no, tenemos una familia no perfecta que puede ser motivo de orgullo o no, tanto y tantos familiares que marcarán nuestras vidas y tantas madres reales y no sacrosantas.
Y seremos esos genes y esas relaciones con esas madres, sobre todo.
El monstruo de mi madre, con una narrativa limpia, segura, cálidamente acompañante, que no deja momento de respiro, me llevó por ese camino doloroso de aceptación que la vida no es un cuento de Disney y me enfrentó con ese increíble paralelismo de vida que como Argüello vivo y entiendo al decir que hay «una locura que corre por nuestras venas»
Me encantó su trabajo y cómo nos lleva por ese camino propio de descubrimiento, que alguna manera lo es de todos.
Estas palabras están cargadas del sentimiento de admiración y aprecio al camino literario de Alberto, así que los invito a leerlo y a que hagan su propio crítica.

María Argüello
San José Costa Rica 17 de diciembre 2020.

poema de Carlos Fonseca Grigsby

El rinoceronte es un animal imaginario

como el mamut, el tigre de Tasmania y el dodo.

Al ver uno Marco Polo pensó que miraba

un unicornio: era después de todo

un animal cuadrúpedo de un solo cuerno.

Alberto Durero hizo un grabado de un rinoceronte

que nunca vio, y en lugar de piel gris y gruesa

le puso armadura de caballería pesada

o de ariete. Un buque blindado solitario en la llanura:

el rinoceronte imaginario de Durero

que además tiene rostro triste

como si supiera que los rinocerontes blancos

también se convertirían en animales imaginarios

una vez que se extinguiera

el último macho de la especie.


De manera que ya pueden quedarse ustedes

con sus hipogrifos, sus dragones y sus chupacabras

yo me quedo junto al rinoceronte de ojos melancólicos

y apenas entornados, como los de sus guardianes

que tienen ojeras más largas

que las del primer amor

y que protegen de los cazadores furtivos

a las últimas rinocerontes blancas

que iluminan la noche por abajo

como lo hace la luna por arriba.

Lizandro Chávez Alfaro

25 de octubre 1929 6 de abril 2006

Fragmento de COLUMPIO AL AIRE

En aquel descendimiento de brisa acuosa había una calle cubierta de grama. Sobre el manto verde, Tisí Hendy bajaba con paraguas multicolor en la derecha y un ramo de floripondios en la otra mano. Bandadas de golondrinas revoloteaban entre el cielo opaco y el brillo del suelo humedecido. Las aves hendían el aire cazando al vuelo en una anchísima nube de libélulas. Confiadas en su velocidad, las golondrinas pasaban casi rozando las faldas de la niña y de la tía Viola que a su lado venía erguida al amparo de un paraguas de damasco negro. La breve cúpula oscura avanzaba con majestad, mientras Tisí se agitaba en el deseo de atrapar alguna golondrina en el cuenco glauco de su paraguas abierto. Aquellos vuelos elípticos eran siempre más raudos que los ojos y los pies y los hombros de la persistente cazadora. Cuando la tía Viola, con el simple peso de una mirada amonestadora, detenía los giros de su afán pajarero, Tisí se echaba al hombro el paraguas de casquillos y contera rojiazules en espirales de caramelo; levantaba el desmesurado ramo de floripondios para hundir la cara en un globo de aroma. De los cálices blanquecinos surgían estambres cargados de un olor que penetraba todo su cuerpo con dulce lengua invisible. Embriagada, la carita desaparecía en el ramo de flores adornado con hojas de velillo: verde filigrana que con primor le acariciaba el cuello, la frente, las orejas calientes. Se despegaba del aroma sólo cuando la tía Viola, desde su malestar contenido, le advertía desgracias. Vio a Tisí aspirar de nuevo con avidez, y entonces dijo que la cercanía de ese perfume cortaba en las niñas sus tiernas flores carnales. Dijo que venían a ser agrias mujeres sin hijos; aventureras sin dedicaciones ni nada en que reclinar el corazón. Tisí levantó la cabeza. Con delirante brillo en los ojos preguntó a la tía si ella había olido floripondios en su niñez. En silencio, Viola volvió a erguir el busto jugoso y la niña volvió al revoloteo de golondrinas, al deleite del aroma, sin ganas de tener corazón qué reclinar en aquel su lejano tiempo de mujer. Entre desafíos de flores y pájaros, entraron a la Calle del Rey. Los corredores de madera machihembrada alojaban grupos de mirones atrincherados en el desprecio o en un ceñudo rencor. Otros vertían pura guasa sobre los transeúntes que vadeaban charcos en su viaje hacia la orilla sur del pueblo. Eran desfile de compungidos portadores de sacos de lona, canastos ovales y pequeñas cajas de madera abrillantada a fuerza de maque. Todas las carpinterías de Bluefields se habían visto atareadas en la fabricación de cajas. Hombres de levita y bombín o muchachos descalzos las cargaban bajo un solo brazo o sobre la cabeza en lánguido movimiento. Bajo la luz difusa de media tarde, se hizo clara la división entre la corriente humana en avance y sus márgenes. Quienes asumían distancia de espectadores observaban desde sus balcones secos. Eran soldados de baja; pícaros en plena ocupación; desempleados peones de plantaciones bananeras: todos ellos entretenidos varones de una astrosa migración reciente. A la intemperie avanzaban los otros en una misma translación, con aire de involuntarios peregrinos. Aunque ocupando el mismo espacio público, mirones y mirados permanecían en sitios separados por la imaginación. Estaban en tiempos distintos. Mientras unos iban caminando por lo que siempre sería para ellos la Calle del Rey, los otros estaban plantados al borde de la que hacía dos años, desde agosto de 1894, habían decretado llamar Calle del Comercio. En cualquiera de sus posiciones, móviles o inmóviles, intruso era el otro, la otra, los otros. Sobre la calle saturada de humedad pesaban nuevas sospechas, seculares resentimientos. Entre tal saturación venían triunfantes el paraguas negro de Viola y el paragüitas glauco de Tisí: dos mujeres contempladas por todos sus lados; tasadas a la redonda. El flujo de peregrinación se arralaba en torno a Viola y Tisí: dos que en vez de caja o saco de osamenta llevaban flores. Sus cuerpos de mujer pasaban suspendidos en esa nada que el mirar de hombre atraviesa a su antojo. La falda larga de Viola era un vaivén de ondas bermejas jugadas sobre sus carnes maduras. Su corpiño lleno a reventar iba opacando la luz de sus pechos. Ante el soplo fuerte de risas y palabras masculinas, los botines de Tisí cosquillearon sus pies; los floripondios y el paraguas se le aquietaron en las manos frías. Percibía por primera vez en su vida, la magnitud de aquel ruido de asedio: el taconeo de las miradas que la andaban por detrás, por los costados; pasaban entre sus piernas huesudas, la recorrían de la boca al vientre, atravesaban sus entrañas, transitando como por casa sin dueño ni dueña. Revolotear de voces de hombre: el acompañamiento de la estrepitosa invasión de sus entresijos. No había mampara ni biombo ni muro en donde esconderse. Nada qué oponerles tenía. Quiso refugiar una mano en la mano alhajada que junto a ella se mecía con el paso impasible de la tía. De pronto supo que para acogerse a ella hubiera necesitado una tercera mano. Caminó con los floripondios sobre el pecho y el paraguas apoyado en un hombro; las entrañas apretadas por un desconocido sobresalto. De reojo vio la cara alta de Viola. Aquella parecía haber alcanzado el absoluto entendimiento de todo lo que fuera dicho por hombres, en cualquier idioma. Aun en su disgusto, permanecía figura serenísima, montada en el arte de llevar el cuerpo firme frente a la perpetua tempestad de la mirada pública. Repudiaba esa mirada. A la vez la celebraba en una atroz ambigüedad pulida durante milenios de humanidad, hasta convertirla en gracia de mujer. Junto a esa serenidad vista desde abajo, Tisí aplacó en la imitación los temblores del súbito descubrimiento del asedio. Ella y la tía eran ya dos criaturas del mismo cateo en sus carnes. Respondían con igual orgullo. Tisí iba aturdida por su flamante noción, cuando pasó rozándola un niño. Este se aferraba a una mano de su padre; llevaba el tronco cubierto por un grueso rollo de mecate colgado en bandolera. Viola simuló no haber visto la enorme espalda del joyero, fotógrafo y organista Palmaro Combs. Él simuló no haber aspirado una micra veloz siquiera de un conocido aroma de ilang-ilang macerada en transpiración de seno de mujer. Se ignoraron. El y ella con su respectivo menor de edad al lado. El niño volvió una y otra vez la mirada hacia Tisí, a pesar de su incómoda joroba de fibras pardeadas por brisas marinas. La dificultad de seguirle el paso largo al padre, no le impidió insistir en que sus ojos se mantuvieran vueltos hacia su inexplicable descubrimiento de algo tan sobrecogedor como la aparición de la luna llena sobre el horizonte marino de octubre. Revestida de enfado, Tisí se parapetó en sus floripondios para mostrar la lengua en toda su espejeante blandura de almeja, roja, rápida en sus salidas de la boca. Sorprendido en lo más recóndito de su curiosidad, el niño se recogió en el sonrojo. Apretó los dedos de su padre. Se acomodó en un hombro el rollo de mecate. El diálogo de muecas y rubores quedó truncado por un estruendo de cascos. Se aproximaba desde el norte de la Calle del Rey que serpenteaba junto a la costa de la bahía. Los peregrinos respingaron hacia los lados de la calle, donde a falta de andenes, verdeaban largas islas de grama. También Tisí intentó apartarse. La mano alhajada de su tía Viola la retuvo con fuerza por un hombro; la obligó a mantener el paso recto, sin un sólo gesto que concederle a lo que amenazaba por detrás.

Los mirones de los corredores y balcones, levantados entre el alborozo y la estupefacción, concentraron sus miradas en dos militares montados. Venían con el pecho inflado, los hombros tiesos, estrellando charcos en su arrogante galopar sobre caballos briosos, domados por expertos. En los miradores secos hubo quienes se llevaron a la frente una mano rígida en saludo militar, descendiente de la reverencia de los soldados que en tiempos medievales saludaban a su rey sordo llevándose la palma de la mano a una oreja para oír mejor, ni más ni menos como lo hacía su rey sordo al encontrar a un parlamentario. Entre saludos militares pasó el general Pablo Migloria, seguido por su ayudante, el teniente Sanarrusia. Lo dorado de sus charreteras y cordones se amustiaba en la opacidad del día, sin que ello disminuyera el porte triunfal de ambos jinetes. Todos les habían abierto paso, entre saludos y hasta aplausos, excepto una mujer y una niña que ni siquiera parpadeban al recibir sobre sus caras y vestidos las salpicaduras de agua lodosa. Tampoco el general Migloria bajó la mirada hacia aquellos estorbos faldudos. Fue Sanarrusia el que a golpe militar en la voz dejó caer dos palabras: —Negra insolente. Viola contestó con una palabra dicha ente dientes, más para los oídos de Tisí que para los jinetes insultantes, sordos bajo su palio de arrogancia: —Ladrones. Quería Viola abarcar todo su agravio con un solo denuesto. Quería decir ladrones de caballos; ladrones de la legalidad; ladrones del sosiego y la certidumbre en que Bluefields había vivido antes de aparecer aquellos demonios discurseadores. Sacó un pañuelo. Con ira hecha cuidados, fue enjugando la cara de Tisí, las manchas en el vestido. Limpiaba y le explicaba a la afligida sobrina que eran incontables los nombres del robo, entre ellos el pomposo método de la confiscación. Confiscados había sido, entre otros bienes del Reino Mískitu, los caballos en que se pavoneaban Migloria y su ayudante. Poseída por la misión de enseñar lo que se ocultaba tras el desaforado tiempo presente, dueña de la tarea de entrenar a la hija de su hermano en las razones del humillado, la arreglaba y le contaba que esas dos bestias de gran alzada habían sido tomadas de la caballeriza que fundara el Rey George Augustus Frederic treinta años antes del actual desastre. El pie de cría había sido una pareja traída de Jamaica: la yegua alazana y el semental doradillo que el Tercer Conde de Effingham había enviado como regalo para George Augustus, en celebración del tratado con que Inglaterra fijaba los límites del territorio en que el Reino Mískitu sería autónomo, bajo la protectora ala británica y la respetuosa admisión nicaragüense de esa realidad. Nadie, Tisí, había amado al caballo con la pasión de George Augustus; a la hembra y al macho caballar. Muchos decían que para aquel extravagante era música lunar oír durante horas el relincho nocturno de una yegua en brama, perseguida por su garañón en el transparente residuo de la noche. Recordaba muy bien Viola su primer encuentro con la descendencia de aquellos animales, en el potrero cercado de cuartones blancos que se extendía detrás de la corte y la residencia del rey, construidas en lo más alto de Bluefields. De otro mundo era el brillo del pelaje de aquellas bestias; la seda de sus crines y colas ondeando al aire. Desde Jamaica ya habían llegado con nombre propio. Deneb era la yegua, por el lucero gris que le separaba los ojos; Gong el semental de poderosos golpes en la panza. Viola recordó para sí misma que aquellos célebres topetazos todavía resonaban en ciertas lujuriosas memorias.

Esos caballos, descendientes de las Royal Mares de Carlos II de Inglaterra, habían sido engendrador y gestadora de todos los pura sangre conocidos en Bluefields, incluido el trotón que había movido el tílburi del cónsul Walker; incluida la yegua machorra que el reverendo Fassbinder mantenía en forma para que la montaran sus hijos cuando llegaban a visitarlo desde Altona, en la orilla prusiana del río Elba; incluidos los potros en que cada domingo por la tarde, bajo el sol o bajo los truenos, hacía sus paseos rituales el ubicuo Safá Kubrik. Todos los verdaderos caballos descendían de Deneb, hasta llegar a la pareja confiscada por los invasores, con igual desfachatez que habían confiscado edificios, terrenos, lanchones y veleros. No otra cosa que confiscación nefanda había sido declarar terreno de utilidad pública el viejo cementerio. De ahí se desprendió el plazo perentorio en que habrían de ser trasladados los restos mortuorios a un nuevo panteón, como los invasores preferían llamarlo. Tisí se había tragado el sollozo que le atravesó la garganta al verse salpicada de lodo. Caminando en silencio, con ojos muy abiertos, escuchó el ardido relato de Viola. Quiso imaginar la música de relinchos que adoraba el rey George Augustus, y su naciente inquina no la dejó ir más allá del resoplo brutal que había oído tan de cerca en el momento de sentirse la cara azotada por gruesas gotas de fango. Viola siguió entregándole impacientes trozos de un pasado, rotos y no por eso fuera del largo nicho luminoso de la felicidad recordada.