Lizandro Chávez Alfaro

25 de octubre 1929 6 de abril 2006

Fragmento de COLUMPIO AL AIRE

En aquel descendimiento de brisa acuosa había una calle cubierta de grama. Sobre el manto verde, Tisí Hendy bajaba con paraguas multicolor en la derecha y un ramo de floripondios en la otra mano. Bandadas de golondrinas revoloteaban entre el cielo opaco y el brillo del suelo humedecido. Las aves hendían el aire cazando al vuelo en una anchísima nube de libélulas. Confiadas en su velocidad, las golondrinas pasaban casi rozando las faldas de la niña y de la tía Viola que a su lado venía erguida al amparo de un paraguas de damasco negro. La breve cúpula oscura avanzaba con majestad, mientras Tisí se agitaba en el deseo de atrapar alguna golondrina en el cuenco glauco de su paraguas abierto. Aquellos vuelos elípticos eran siempre más raudos que los ojos y los pies y los hombros de la persistente cazadora. Cuando la tía Viola, con el simple peso de una mirada amonestadora, detenía los giros de su afán pajarero, Tisí se echaba al hombro el paraguas de casquillos y contera rojiazules en espirales de caramelo; levantaba el desmesurado ramo de floripondios para hundir la cara en un globo de aroma. De los cálices blanquecinos surgían estambres cargados de un olor que penetraba todo su cuerpo con dulce lengua invisible. Embriagada, la carita desaparecía en el ramo de flores adornado con hojas de velillo: verde filigrana que con primor le acariciaba el cuello, la frente, las orejas calientes. Se despegaba del aroma sólo cuando la tía Viola, desde su malestar contenido, le advertía desgracias. Vio a Tisí aspirar de nuevo con avidez, y entonces dijo que la cercanía de ese perfume cortaba en las niñas sus tiernas flores carnales. Dijo que venían a ser agrias mujeres sin hijos; aventureras sin dedicaciones ni nada en que reclinar el corazón. Tisí levantó la cabeza. Con delirante brillo en los ojos preguntó a la tía si ella había olido floripondios en su niñez. En silencio, Viola volvió a erguir el busto jugoso y la niña volvió al revoloteo de golondrinas, al deleite del aroma, sin ganas de tener corazón qué reclinar en aquel su lejano tiempo de mujer. Entre desafíos de flores y pájaros, entraron a la Calle del Rey. Los corredores de madera machihembrada alojaban grupos de mirones atrincherados en el desprecio o en un ceñudo rencor. Otros vertían pura guasa sobre los transeúntes que vadeaban charcos en su viaje hacia la orilla sur del pueblo. Eran desfile de compungidos portadores de sacos de lona, canastos ovales y pequeñas cajas de madera abrillantada a fuerza de maque. Todas las carpinterías de Bluefields se habían visto atareadas en la fabricación de cajas. Hombres de levita y bombín o muchachos descalzos las cargaban bajo un solo brazo o sobre la cabeza en lánguido movimiento. Bajo la luz difusa de media tarde, se hizo clara la división entre la corriente humana en avance y sus márgenes. Quienes asumían distancia de espectadores observaban desde sus balcones secos. Eran soldados de baja; pícaros en plena ocupación; desempleados peones de plantaciones bananeras: todos ellos entretenidos varones de una astrosa migración reciente. A la intemperie avanzaban los otros en una misma translación, con aire de involuntarios peregrinos. Aunque ocupando el mismo espacio público, mirones y mirados permanecían en sitios separados por la imaginación. Estaban en tiempos distintos. Mientras unos iban caminando por lo que siempre sería para ellos la Calle del Rey, los otros estaban plantados al borde de la que hacía dos años, desde agosto de 1894, habían decretado llamar Calle del Comercio. En cualquiera de sus posiciones, móviles o inmóviles, intruso era el otro, la otra, los otros. Sobre la calle saturada de humedad pesaban nuevas sospechas, seculares resentimientos. Entre tal saturación venían triunfantes el paraguas negro de Viola y el paragüitas glauco de Tisí: dos mujeres contempladas por todos sus lados; tasadas a la redonda. El flujo de peregrinación se arralaba en torno a Viola y Tisí: dos que en vez de caja o saco de osamenta llevaban flores. Sus cuerpos de mujer pasaban suspendidos en esa nada que el mirar de hombre atraviesa a su antojo. La falda larga de Viola era un vaivén de ondas bermejas jugadas sobre sus carnes maduras. Su corpiño lleno a reventar iba opacando la luz de sus pechos. Ante el soplo fuerte de risas y palabras masculinas, los botines de Tisí cosquillearon sus pies; los floripondios y el paraguas se le aquietaron en las manos frías. Percibía por primera vez en su vida, la magnitud de aquel ruido de asedio: el taconeo de las miradas que la andaban por detrás, por los costados; pasaban entre sus piernas huesudas, la recorrían de la boca al vientre, atravesaban sus entrañas, transitando como por casa sin dueño ni dueña. Revolotear de voces de hombre: el acompañamiento de la estrepitosa invasión de sus entresijos. No había mampara ni biombo ni muro en donde esconderse. Nada qué oponerles tenía. Quiso refugiar una mano en la mano alhajada que junto a ella se mecía con el paso impasible de la tía. De pronto supo que para acogerse a ella hubiera necesitado una tercera mano. Caminó con los floripondios sobre el pecho y el paraguas apoyado en un hombro; las entrañas apretadas por un desconocido sobresalto. De reojo vio la cara alta de Viola. Aquella parecía haber alcanzado el absoluto entendimiento de todo lo que fuera dicho por hombres, en cualquier idioma. Aun en su disgusto, permanecía figura serenísima, montada en el arte de llevar el cuerpo firme frente a la perpetua tempestad de la mirada pública. Repudiaba esa mirada. A la vez la celebraba en una atroz ambigüedad pulida durante milenios de humanidad, hasta convertirla en gracia de mujer. Junto a esa serenidad vista desde abajo, Tisí aplacó en la imitación los temblores del súbito descubrimiento del asedio. Ella y la tía eran ya dos criaturas del mismo cateo en sus carnes. Respondían con igual orgullo. Tisí iba aturdida por su flamante noción, cuando pasó rozándola un niño. Este se aferraba a una mano de su padre; llevaba el tronco cubierto por un grueso rollo de mecate colgado en bandolera. Viola simuló no haber visto la enorme espalda del joyero, fotógrafo y organista Palmaro Combs. Él simuló no haber aspirado una micra veloz siquiera de un conocido aroma de ilang-ilang macerada en transpiración de seno de mujer. Se ignoraron. El y ella con su respectivo menor de edad al lado. El niño volvió una y otra vez la mirada hacia Tisí, a pesar de su incómoda joroba de fibras pardeadas por brisas marinas. La dificultad de seguirle el paso largo al padre, no le impidió insistir en que sus ojos se mantuvieran vueltos hacia su inexplicable descubrimiento de algo tan sobrecogedor como la aparición de la luna llena sobre el horizonte marino de octubre. Revestida de enfado, Tisí se parapetó en sus floripondios para mostrar la lengua en toda su espejeante blandura de almeja, roja, rápida en sus salidas de la boca. Sorprendido en lo más recóndito de su curiosidad, el niño se recogió en el sonrojo. Apretó los dedos de su padre. Se acomodó en un hombro el rollo de mecate. El diálogo de muecas y rubores quedó truncado por un estruendo de cascos. Se aproximaba desde el norte de la Calle del Rey que serpenteaba junto a la costa de la bahía. Los peregrinos respingaron hacia los lados de la calle, donde a falta de andenes, verdeaban largas islas de grama. También Tisí intentó apartarse. La mano alhajada de su tía Viola la retuvo con fuerza por un hombro; la obligó a mantener el paso recto, sin un sólo gesto que concederle a lo que amenazaba por detrás.

Los mirones de los corredores y balcones, levantados entre el alborozo y la estupefacción, concentraron sus miradas en dos militares montados. Venían con el pecho inflado, los hombros tiesos, estrellando charcos en su arrogante galopar sobre caballos briosos, domados por expertos. En los miradores secos hubo quienes se llevaron a la frente una mano rígida en saludo militar, descendiente de la reverencia de los soldados que en tiempos medievales saludaban a su rey sordo llevándose la palma de la mano a una oreja para oír mejor, ni más ni menos como lo hacía su rey sordo al encontrar a un parlamentario. Entre saludos militares pasó el general Pablo Migloria, seguido por su ayudante, el teniente Sanarrusia. Lo dorado de sus charreteras y cordones se amustiaba en la opacidad del día, sin que ello disminuyera el porte triunfal de ambos jinetes. Todos les habían abierto paso, entre saludos y hasta aplausos, excepto una mujer y una niña que ni siquiera parpadeban al recibir sobre sus caras y vestidos las salpicaduras de agua lodosa. Tampoco el general Migloria bajó la mirada hacia aquellos estorbos faldudos. Fue Sanarrusia el que a golpe militar en la voz dejó caer dos palabras: —Negra insolente. Viola contestó con una palabra dicha ente dientes, más para los oídos de Tisí que para los jinetes insultantes, sordos bajo su palio de arrogancia: —Ladrones. Quería Viola abarcar todo su agravio con un solo denuesto. Quería decir ladrones de caballos; ladrones de la legalidad; ladrones del sosiego y la certidumbre en que Bluefields había vivido antes de aparecer aquellos demonios discurseadores. Sacó un pañuelo. Con ira hecha cuidados, fue enjugando la cara de Tisí, las manchas en el vestido. Limpiaba y le explicaba a la afligida sobrina que eran incontables los nombres del robo, entre ellos el pomposo método de la confiscación. Confiscados había sido, entre otros bienes del Reino Mískitu, los caballos en que se pavoneaban Migloria y su ayudante. Poseída por la misión de enseñar lo que se ocultaba tras el desaforado tiempo presente, dueña de la tarea de entrenar a la hija de su hermano en las razones del humillado, la arreglaba y le contaba que esas dos bestias de gran alzada habían sido tomadas de la caballeriza que fundara el Rey George Augustus Frederic treinta años antes del actual desastre. El pie de cría había sido una pareja traída de Jamaica: la yegua alazana y el semental doradillo que el Tercer Conde de Effingham había enviado como regalo para George Augustus, en celebración del tratado con que Inglaterra fijaba los límites del territorio en que el Reino Mískitu sería autónomo, bajo la protectora ala británica y la respetuosa admisión nicaragüense de esa realidad. Nadie, Tisí, había amado al caballo con la pasión de George Augustus; a la hembra y al macho caballar. Muchos decían que para aquel extravagante era música lunar oír durante horas el relincho nocturno de una yegua en brama, perseguida por su garañón en el transparente residuo de la noche. Recordaba muy bien Viola su primer encuentro con la descendencia de aquellos animales, en el potrero cercado de cuartones blancos que se extendía detrás de la corte y la residencia del rey, construidas en lo más alto de Bluefields. De otro mundo era el brillo del pelaje de aquellas bestias; la seda de sus crines y colas ondeando al aire. Desde Jamaica ya habían llegado con nombre propio. Deneb era la yegua, por el lucero gris que le separaba los ojos; Gong el semental de poderosos golpes en la panza. Viola recordó para sí misma que aquellos célebres topetazos todavía resonaban en ciertas lujuriosas memorias.

Esos caballos, descendientes de las Royal Mares de Carlos II de Inglaterra, habían sido engendrador y gestadora de todos los pura sangre conocidos en Bluefields, incluido el trotón que había movido el tílburi del cónsul Walker; incluida la yegua machorra que el reverendo Fassbinder mantenía en forma para que la montaran sus hijos cuando llegaban a visitarlo desde Altona, en la orilla prusiana del río Elba; incluidos los potros en que cada domingo por la tarde, bajo el sol o bajo los truenos, hacía sus paseos rituales el ubicuo Safá Kubrik. Todos los verdaderos caballos descendían de Deneb, hasta llegar a la pareja confiscada por los invasores, con igual desfachatez que habían confiscado edificios, terrenos, lanchones y veleros. No otra cosa que confiscación nefanda había sido declarar terreno de utilidad pública el viejo cementerio. De ahí se desprendió el plazo perentorio en que habrían de ser trasladados los restos mortuorios a un nuevo panteón, como los invasores preferían llamarlo. Tisí se había tragado el sollozo que le atravesó la garganta al verse salpicada de lodo. Caminando en silencio, con ojos muy abiertos, escuchó el ardido relato de Viola. Quiso imaginar la música de relinchos que adoraba el rey George Augustus, y su naciente inquina no la dejó ir más allá del resoplo brutal que había oído tan de cerca en el momento de sentirse la cara azotada por gruesas gotas de fango. Viola siguió entregándole impacientes trozos de un pasado, rotos y no por eso fuera del largo nicho luminoso de la felicidad recordada.

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