El inmóvil movimiento del cielo

Fragmento.

….Contra todo pronóstico, y pese a algunas diferencias insalvables, me fui haciendo amigo de V y de B, quienes no me caían tan bien como C-M y J, pero sí me eran cada vez un poco más tolerables. También, a medida que las primeras semanas del taller y las últimas del último cuatrimestre de aquel año lectivo corrían, procuré irme volviendo cada vez más cercano a Alejandra. Siempre, después del taller, nos íbamos los seis a sentar a la mesa de algún bar a tomar litros y litros de cerveza (todos salvo B quien, sorprendentemente, pese a tener una conducta adictiva hacia prácticamente todo lo que se podía tenerla, nunca bebía más de uno o dos vasos). Hablábamos de varias cosas, pero cuando las conversaciones viraban hacia la estupidez o la ignorancia yo me dedicaba a contemplar detenidamente a Alejandra: el declive de su frente, el quiebre de su nariz, la curva de su cuello, el rigor de sus hombros, el movimiento nervioso y constante de su pierna bajo la mesa, sus dedos arrancando pellejitos alrededor de su uña o raspando las etiquetas húmedas de las botellas. Una vez Alejandra me preguntó, dulcemente y en voz baja, por qué la miraba tanto.
“Perdón”, le respondí, “sólo te estoy leyendo”. Como de costumbre, escupió una carcajada en mi rostro. “No jodás, loco”, dijo después de ahogar su risa con un trago de cerveza, “deberías dedicarte a escribir tarjetas para Hallmark”….

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