Carta del poeta William Grigsby Vergara a Ernesto Cardenal

Managua, 11 de abril de 2020

Querido padre y amigo:

La primera vez que tuve contacto con su obra fue a los 15 años, cuando encontré una vieja edición de Oración por Marilyn Monroe en la mesa de noche del cuarto de mi abuelita Myriam, una de sus grandes lectoras, por cierto, cuyo nombre coincide con el de uno de sus amores de juventud.

Ese libro tocó mis primeras fibras literarias, pero por alguna razón fue hasta después, cuando yo tenía 18 años y recién salía del Colegio Centroamérica, que me sentí profundamente iluminado por su vasta obra universal. Iba yo caminando hacia la UCA una mañana soleada cuando me detuvo el rótulo de las oficinas del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE), y decidí entrar, observar la colección nacional y comprar un librito suyo, editado por Anamá. Ese librito cambió mi vida, me refiero a sus Salmos. Me gustó mucho el gesto antisolemne de publicarlos en una edición de bolsillo, tan barata y accesible como aquella.

En la portada usted aparecía celebrando misa en Solentiname con la barba tupida, el pelo blanco, las gafas gruesas y las manos frente al cáliz y las hostias sagradas que estaban sobre la mesa sacramental. Recuerdo bien aquella foto, totalmente coherente con el contenido de los versos del libro. Me sorprendió su lenguaje claro y directo, lo encontré humano, auténtico y lúcido; sentí como si yo pudiera escribir como usted y luego empecé a imitarlo. Así empezó mi vocación literaria, repito, queriendo yo escribir como usted, desde luego nunca pude.

Desde entonces empecé a visitarlo. Usted me recibía, muy interesado en lo que yo escribía. Le llevé un fajo de poemas malos, como todos los malos poemas que uno escribe cuando es adolescente. Usted corrigió lo que pudo con mucho detalle. Le debo haber inspirado alguna nobleza. Si no, creo que me los hubiese devuelto, rechazándolos. Pero no, me dijo que “miraba futuro” en algunos de mis versos. Desde entonces me sentí profundamente agradecido con usted.

Ese mismo año 2003 nos encontramos en Cuba, cuando le dedicaron la Semana del Autor en La Habana. Yo estaba en la isla por motivos de salud y fui a su recital, pero casi no pudimos hablar porque al terminar lo rodeaba la prensa y una multitud de jóvenes le solicitaba fotos y autógrafos. Volvimos a coincidir cuando participé en el Concurso Internacional de Poesía Joven Ernesto Cardenal 2005. La premiación fue en el paraninfo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la UNAN-León, donde nos encontramos con Claribel Alegría, miembro del jurado y gran amiga suya.

En años más recientes tuve la oportunidad de prologar una presentación de sus esculturas en Managua, y posteriormente hice mi tesis de maestría sobre su obra escultórica en íntima relación con su obra poética. A raíz de eso nos entrevistamos un par de veces y siempre fue para mí algo muy especial sentir su apoyo en todo lo que yo realizaba. En México, donde realicé mi posgrado, tuve la oportunidad de conocer muchas personas que se sentían deudoras de su legado, personas de todas las edades y de diferentes nacionalidades que le daban seguimiento a todo lo que usted hacía desde Nicaragua.

La última vez que nos vimos fue en julio del año pasado, en su casa. Ese día usted estaba muy bien de salud, fuerte y recuperado de su última crisis respiratoria. Me dijo que creía en la resurrección, por eso seguía escribiendo. Aquel encuentro no duró más de 15 minutos, pero fue suficiente para enterarme de su vitalidad, de su cariño y de su notable lucidez. Usted permanecía escribiendo y leyendo libros científicos desde un cómodo sillón café, en una pequeña habitación donde también recibía visitas esporádicas. Afuera lo cuidaban sus garzas blancas esculpidas en madera, sus cristos minimalistas y sus plantas policromadas.

Estas breves líneas, querido padre y amigo, suponen un pequeño gesto de agradecimiento para usted ya que su poesía supuso un gran hallazgo en mi vida. Usted, sin saberlo, fue responsable de que yo me dedicase a la literatura con la misma pasión con la que descubrí sus Salmos en aquella oficinita retirada del mundo, donde también se dedicaba a su incansable labor literaria, tan infinita como el cosmos que inspiró sus cántigas consagradas a Dios.

William Grigsby Vergara.

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