Nicaragua pierde a uno de sus escritores más queridos, el hombre que logró ser un profeta en su tierra y que deja una larga producción literaria.

Roma, 14 de febrero de 2019

Carta de la poeta Zingonia Zingone a Ernesto Cardenal

Mi querido padre Ernesto:

Son tantas las cosas que quisiera decirle que no sé por dónde comenzar. Quizás por la garza blanca que desde Solentiname voló a Roma para alojarse en la sala de mi casa y recordarme cada mañana que el verdadero vuelo se cumple en la sencillez. O por los tantos libros de su autoría que he acumulado a través de los años, y ahora llenan de trascendencia los estantes de mi librería. Lo que no puedo dejar de contarle es que cuando llegué por primera vez a Nicaragua, lo cual fue para trabajar en una finca de arroz, era la primavera y gracias a sus versos, cerca de San Francisco Libre sentí ese olor a tierra recién llovida, a raíces desenterradas, y oí de cerca el mugido del ganado, y vi los ojos grandes y sonrientes de los niños descalzos; así noté que estaba rodeada por la vida y que yo no era más que una vida dentro del inmenso conjunto de vidas: la más desafinada cigarra del coro. O sea, fue la verdad, tan llanamente expresada en su poesía, que me abrió a la dimensión real de la existencia. De esta manera, amado poeta, podría seguir confesándole muchas anécdotas de mi vida que están íntimamente ligadas a la luz que desprende su obra. O, mejor dicho, a aquella luz que desde un lejano sábado 2 de junio, cuando usted decidió “que ya había luchado mucho infructuosamente” y se entregó a Dios, atraviesa a su persona para tocar y transformar los corazones.

Es por usted que llegó a mí la más entrañable de mis amigas: la traductora de su Cántico Cósmico en italiano, su querida amiga Celina Moncada. Desde que la conocí, su misión fue la de hablarme a diario de la belleza, la inocencia y la pureza del poeta Cardenal. Me regaló Vida en el Amor para explicarme, que más allá de su fama literaria y de su compromiso político y social, la verdadera búsqueda del Poeta siempre fue la de “ser uno con Dios”, y por lo tanto, con todo y todos. «El Amor», me decía «es el eje de su obra y de su vida entera». Celina supo, en cinco años de intensa amistad, colocarlo a usted en las profundidades de mi vida interior, y desde allí, como una materia invisible ese amor se ha ido “desbordando” hacia fuera, canalizando mis pensamientos y mis acciones hacia el Uno. Cuando nuestra amiga regresó al espacio fuera del tiempo, dejando atrás una estela de amor, percibí claramente el mensaje de su obra: todo es parte de un gran engranaje evolutivo que va rodando hacia Dios, y en éste, el Amor, inalterado en su esencia, persiste.

Me emociona, querido poeta y padre mío, sentir que todo está ligado con todo, y que todo tiene una razón de ser. De esta manera, las coincidencias dejan de ser coincidencias y la soledad se esfuma. Esta verdad tan sencilla es a la vez muy difícil de divisar, y a usted le debo, a su visión cósmica, el hecho e poder ver el mundo en un grano de arena y la arena que se hace uno con el mar. En la reunión de todos los elementos, la distancia física desaparece y yo me siento espiritualmente muy cerca de usted. Es una forma de cercanía que no caduca con el paso del tiempo.

Por todo esto y más (no lo quiero aburrir con demasiadas palabras), me es inevitable amarlo a usted de forma incondicional, filial y devota. Me arrodillo frente a usted y le pido que me bendiga para poder seguir ahondando en su obra y así llevar la esencia de la misma a todos los confines de la tierra (que estén a mi alcance). Me regocijo en el Señor que quiso ponerse nuevamente en sus manos en la forma del pan y el vino, sublimando con la fidelidad de su amor la cruz que usted llevó por treinta y cinco años, y colocando su poesía definitivamente por encima de todos los esquemas.

Como todo padre, mi querido padre cósmico, usted es imprescindible. Gracias por cruzar desde siempre todas las galaxias y saberlo resumir todo en el vuelo inmóvil de una garza.

Mi abrazo, mi afecto, mi agradecimiento. Suya,

Zingonia

 

 

 

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