Nupcias con las estrellas en la noche sideral: el poema cosmológico-místico más reciente de Ernesto Cardenal

Todos los que estamos cerca del gran poeta nicaragüense nos hemos sentimos consternados con su reciente quebranto de salud, pero celebramos que ese duro trance le trajera sin embargo al poeta el saldo generoso de su reconciliación final con la Iglesia y, por más, la alegría de su salud recuperada. Ya en plena mejoría, Cardenal me volvió a escribir, y cuál no sería mi sorpresa al ver que ponía en mis manos su poema más reciente, “Estamos en el firmamento”. Ernesto ha vuelto a la poesía. Y su nuevo poema cosmológico viene a formar un conjunto vibrante con los poemas teológico-místicos que lo preceden inmediatamente, pues en todos ellos el poeta reflexiona sobre el inconcebible universo de la mano de la astrofísica y de la cuántica, como ya le es usual. Contamos hasta el presente con varios poemas de largo aliento en verso libre como “El origen de las especies”, “Así en la tierra como en el cielo”, “Hijos de las estrellas” y ahora, con el novel “Estamos en el firmamento”. Como forman un conjunto cosmológico armónico, desde ahora le propongo al poeta que piense en reunirlos en libro aparte.

Me había ocupado de algunos de estos poemas siderales en mis estudios previos sobre el poeta en mis tempranos estudios incluidos en El sol a medianoche (1996/2017) y en El cántico cósmico de Ernesto Cardenal  (2012). Reflexioné también sobre estos poemas recientes, que Ernesto me había enviado aun inéditos, en una edición que al presente está en prensa en el Boletín de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española con un breve estudio introductorio[1]. En un correo electrónico desde Managua Cardenal me glosaba, con aliento confesional, el sentido que le daba a sus recientes versos cósmicos. Refiriéndose a “Hijos de las estrellas” decía que “ha sido un esfuerzo por darle sentido al universo. Y un sentido a la muerte […] Es mi último escrito y creo que no tendría más que hacer porque sería repetirme” (corrreo del 14 de noviembre de 2018). Por fortuna, no fue “su último escrito”, pues Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía en 2012, optó por continuar su ciclo cosmológico, para alegría de las letras hispanoamericanas.

En el poema que presentamos hoy, en verso libre y muy extenso, como los poemas que lo preceden, el poeta nicaragüense lleva más al cabo su reflexión en torno al misterio del universo inacabable. Como dejé dicho, se trata de un motivo temático que ya venía tratando en sus libros anteriores, cósmicos como los de Whitman y a veces tan osados como los de Pound: vale recordar el Cántico cósmico, el Telescopio en la noche oscura, los Versos del pluriverso y Este mundo y otro.  Cardenal, como otrora Boecio y fray Luis de León, sigue desviando su mirada de este mundo lleno de decepciones hacia el firmamento estrellado. Y, una vez más, su meditación cosmológica va dirigida a los enigmas últimos del universo, que tiene la osadía de explorar con las herramientas novedosísimas de la ciencia moderna: ya sabemos que, al hacerlo, baraja al unísono la cuántica y la astrofísica de Einstein, Niels Bohr y Stephen Hawking con la teoría de la evolución de Darwin, resignificada por Teilhard de Chardin, con el Tao, con el Génesis, con el Cristo resucitado de los Evangelios. El poeta entiende que es imperativo para las disciplinas de la teología y de la mística renovar su vocabulario técnico a la luz de la nueva ciencia, y se compromete de tal manera con dicha renovación literaria que no duda en convertirse en un “místico cósmico”. Nuestro escritor propone, ni más ni menos, que podemos considerar la astrofísica y la cuántica como ancillae theologiae. Estamos, no cabe duda, ante una osada renovación de las disciplinas de la teología, de la mística, de la ciencia y de la poesía, que el poeta obliga a danzar al unísono.

El vate nicaragüense tiene plena conciencia de lo que implica su vibrante exprimento literario-teológico. Preguntado sobre si era un innovador en poesía, afirma: “Sí, creo que soy el único poeta o al menos el único que yo conozco, que está haciendo poesía sobre la ciencia, poesía científica…”[2]. Cardenal, siempre iconoclasta y amigo de romper paradigmas, añade sin ambages: “Paul Davies ha dicho: La ciencia es un camino hacia Dios más seguro que la religión. Yo así lo creo, porque las religiones dividen a los pueblos y la ciencia no”[3]. Cabe concluir que Cardenal,  poeta de las estrellas, opone a la De consolatione Philosophiae de Boecio una sorprendente De consolatione Astrophysicae. Hablo literalmente: la nueva ciencia lo ha consolado hondamente, pues le ha permitido comprender el universo y la unión mística con Dios desde una nueva óptica armonizante.

El nuevo poema se encuentra hermanado, como dejé dicho, con la poética cósmica anterior de Cardenal, pero conlleva algunas novedades artísticas importantes. Aquí da un paso significativo en la concepción de su renovadora mística intergaláctica, pues apuesta a la unión –a la comunión o eucaristía última– del ser humano con las estrellas. El poeta propone nada menos que las nupcias con las estrellas. Hablo literalmente. Y lo mejor es que Cardenal sabe bien cómo sustentar el aparente sinsentido de estas bodas cósmicas. Al hacerlo, como veremos, se convierte en un poeta de suprema reconciliación.

Cardenal plantea su inesperada propuesta cosmológico-mística ya en la primera estrofa del nuevo poema, y lo reitera en la última: estamos en el firmamento para unirnos con todo el universo creado, representado en el semillero de luceros de la bóveda celeste:

Estamos en el firmamento

entre billones y billones de galaxias

y billones y billones de estrellas

un planeta para la unión con nosotros (p. 1)[4]

La idea de este tumulto estrellado en el que el ser humano está sumido y al que desea unirse se reitera lo largo del poema que nos ocupa, y guarda relación de parentesco con el arranque de sus poemas cosmológicos anteriores, en el que el emisor de los versos da fe de su desvalimiento avasallado ante la grandeza del cosmos. Imposible de medir, de comprender y aun de asumir: este “cielo absurdo arriba de nosotros” (p. 2) se le antoja tan extraño como “este mundo extremedamente improbable” (p. 3) que desafía la razón. Cardenal entrevera sus preguntas metafísicas con el delicioso prosaísmo que le es usual: “Cuando el universo era del tamaño de una aceituna…/ Del tamaño de una graprefruit…/ Entre el infinito grande y el infinito pequeño / nosotros” (p. 4). El poeta dramatiza una y otra vez la dimensión atemorizante de los espacios intergalácticos: “Si el sol fuera del tamaño de una aspirina / la estrella más próxima sería a 100 kilómetros” (p. 9).

            El arranque del poema culmina con la afirmación de la unión final del conjunto de la creación cósmica, siempre bajo la premisa que se trata de unas inimaginables nupcias con las estrellas. El poeta, como adelanté, refrasea la estrofa inicial para culminarla: desde nuestro pequeño planeta nos habremos de unir con los luceros de la bóveda celeste: “Billones y billones de estrellas / y entre billones y billones en el firmamento: / un planeta para unirse con nosotros” (p. 10).

¿Nupcias con las estrellas en la noche sideral? ¿Qué clase de proposición metafísica es ésta, si ya Lucrecio nos advirtió desde antiguo que la carne –es decir, la materia– es separadora, y que muchos místicos de antaño parecerían proponer una  dicotomía irreconciliable entre cuerpo y alma? Salta a la vista que el poeta da un nuevo sesgo a su pensamiento científico-místico. En la Vida en el amor se había asombrado de estar físicamente constituido por la misma materia prima de las estrellas, que nos hermana cosmológicamente. Elementos como el calcio y el fósforo no sólo constituyen nuestro cuerpo, sino los cuerpos planetarios y los espacios interestelares: “Así que estamos hechos de estrella, o mejor dicho todo el cosmos está hecho de nuestra propia carne” (Cardenal 1970/1996:183). Cardenal se había refugiado más de una vez en esta noción consoladora de la hermandad química del universo, pues la había vuelto a esgrimir en un ensayo de  madurez, de sobretonos poéticos, titulado Somos polvo de estrellas. En el poema que nos ocupa tampoco duda en volver a registrar su asombro ante nuestra constitución fisiológica compartida, afirmando que “Nuestra sangre viene de supernovas” (p. 6). Pero ahora no sólo se trata de estar hermanados fisiológicamente con los elementos constitutivos de los cuerpos celestes: es que el emisor de los versos aspira –ya lo adelanté–a unirse a ellos: “Materia que aspira hacia el espíritu / todo hacia donde converge todo / la unidad de todas las cosas” (p. 5).

La astrofísica, como hace años viene sugiriendo el poeta, nos ayuda a comprender que estamos intrínsecamente unidos, e incluso nos persuade de que los lindes entre la materia y el espíritu son sólo aparentes. A esta nueva luz, el misterio de la unión mística resulta científicamente plausible. En otras palabras, lo que Cardenal ha aprendido de la mano de Einstein y la cuántica acerca de la intercambiabilidad de la materia y de la energía y la unidad esencial de lo creado, hace que enigmas como el éxtasis de san Pablo resulten más fáciles de asumir. El Apóstol no supo distinguir el cuerpo del alma cuando experimentó el rapto místico que lo elevó a un simbólico “tercer cielo”: ” Si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios los sabe” (Corintios 12: 2-4). Era tal la armonización de la materia con el plano espiritual que el cuerpo y el alma, en un estado supremo de reconciliación, resultaban indistinguibles. Cuerpo es alma y todo es boda: también Jorge Guillén lo dejó insinuado con belleza singular. Ante la nueva ciencia, propone Cardenal, ya nos nos extrañamos tanto ante este milagro unitivo.

Como se sabe, Teilhard de Chardin[5], de quien Cardenal se hace eco, había propuesto que la materia está “santificada”, y considera que el espíritu no es independiente de la materia, ni está en oposición a ella—como tradicionalmente postula el cristianismo—sino que se encuentra “emergiendo de ella” (Cardenal 2011: 14). Cardenal celebra el inmenso misterio con versos renovados: “Del vacío salen estrellas y planetas y nosotros” (p. 3); que no somos sino “nacidos de las cenizas de estrellas muertas” (p. 9).

Si todos estamos unidos en una conciencia cósmica que hace poco probable la diferenciación individual, nos es posible aceptar “científicamente”, reitera el poeta, la posibilidad de la experiencia mística. Sin necesidad de recurrir a la antigua noción del panteísmo, podemos pensar con el poeta que el Dios Trascendente no está del todo separado de su mundo creado. Erwin Schrödinger insiste en esta unidad armónica esencial del universo nacido del incomprensible Big Bang desde su óptica científica: no sólo la materia y la energía son intercambiables, sino que la multiplicidad de conciencias es sólo aparente, pues en realidad existe sólo una mente, que es transpersonal, universal, colectiva. Reconforta al místico nicaragüense saber que la ciencia ya no puede distinguir tajantemente entre la materia y la mente, por lo que fenómenos como la telepatía pueden explicarse con más comodidad que antes. “Y esto lo han experimentado los místicos en sus experiencias de unión con Dios, sintiendo que participan de una Sola Mente” añade Cardenal (Cardenal 2011: 57). Este poema que nos ocupa, junto a los textos recientes que lo anticipan, revisten pues una gran importancia para el pensamiento religioso en Hispanoamérica, pues nos ayuda a comprender la unión mística con ojos modernos.

Por eso no es de extrañar que nuestro aturdido contemplador de las partículas infinitesimales y de los astros que tiritan azules a lo lejos haya  encontrado cobijo en la nueva ciencia, que lo ayuda a asumir mejor la experiencia mística infinita que cantó en libros previos como la Vida en el amor, el Telescopio en la noche oscura, en los tomos de su autobiográfica Vida perdida , en sus Versos del pluriverso , en Este mundo y otro, y que ahora renueva en los versos de “Estamos en el firmamento”. En el contexto de un universo concebido como un todo indivisible, donde el observador y el observado pueden confluir gozosamente en Uno, la noción de fundirse experiencialmente con el Todo ya no es tan extraña ni tan foránea al pensamiento racional. Así, postula el poeta que “un yo que se volvió nosotros / la multiplicidad de individuos en uno solo / evolución hacia el reino de los cielos” (p. 6).

Como recordará el lector, Cardenal había explorado con insistencia el tema evolutivo de la mano simultánea de Darwin y de Teilhard de Chardin. En el largo poema “El origen de las especies”, por poner un solo ejemplo, el pez se convierte en ser humano paulatinamente, como si fuera a cámara lenta, ante los ojos asombrados del lector:

La vida salió a tierra

y empezó a andar

peces resbalosos

apoyados en aletas

como muletas

del límite acuático

al aire ilimitado

al secarse una poza

se sobrevive

andando a otra poza

y las aletas se hicieron patas

(Cardenal 2010: 11).

En su poema más reciente, Cardenal reescribe con pinceladas aureoladas de una ternura conmovedora la misma idea evolutiva de la vida:

Debido a nuestra humilde existencia

Darwin pensó que nació en charquitos

y porqué se produjo aun no sabemos (p. 1).

Pero esa evolución constante, de orígenes enigmáticos y modestos, se encamina sin embargo hacia la auto-conciencia: “A diferencia de los otros animales / el universo consciente de sí mismo / no el saber sino el saber que sabe” (p. 9). El universo, según Freeman Dyson, ya ha incluido en sí mismo las condiciones para poder contener observadores. Las leyes físicas hacen pensar que el cosmos fue diseñado para que en él hubiera seres conscientes capaces de observarlo y de entenderlo. Ya sabemos que, según Bohr, el átomo deja de ser confuso y nebuloso sólo cuando lo observamos: así de inextricablemente unido está el universo que habitamos y del que formamos parte esencial.

Los nuevos versos proponen, de otra parte, que este universo consciente de su propia factura y espiritualizado ab initio está aun en proceso de evolución. Nosotros mismos, que somos a nuestra vez evolución por nuestra constitución molecular y subatómica, podemos contribuir al progreso mismo de la evolución del cosmos. Dios dejó inacabada la creación para que nosotros la completáramos, propone con osadía el poeta: “Estamos aun en los albores de la creación / creación que continúa y debemos terminar” (p. 6).

 No debemos entender que la evolución constante del cosmos que Cardenal plantea en su escritura reciente de la mano de Teilhard de Chardin y otros teólogos modernos como Daniel Liderbach y Dietrich Bonhoffer constituye un fenómeno paralelo al “progreso” de la ciencia del siglo XIX. Estamos ante algo muy distinto: se trata de la evolución de la materia hacia el Espíritu, hacia el amor. “El mandamiento del amor ahora suena muy diferente a nuestros oídos. No es ya la caridad y la fraternidad como antes fueron planteadas, sino algo más imperioso desde el punto de vista evolutivo: ‘Amaos o pereceréis’”, había dejado dicho el poeta en su ensayo Este mundo y otro (Cardenal 2011b: 20). El supremo mandato de Cristo ya no es una sencilla enseñanza piadosa del Nuevo Testamento, sino una verdad que podemos inferir del estudio mismo del microcosmos: “Sin la constante tendencia de las células humanas a unirse en sociedad la Parusía no sería físicamente posible”, insiste (Cardenal 2011b: 19). Sobreviven pues los más aptos en este universo, que ahora son los que aman más, concluye Cardenal de la mano de Chardin con un júbilo espiritual que nos coloca en la antesala del Paraíso, pues vivimos en un universo solidario fundado en la caritas. En el poema que nos ocupa vierte en nuevos odres literarios la misma idea:

            La más consciente de las moléculas

hechos de hidrógeno y helio nada más

surgió no sólo por azar

con una esperanza común hacia el futuro

un yo que se volvió nosotros

la multiplicidad de individuos en uno solo

evolución hacia el reino de los cielos

En vez del Dios del Cielo el de la evolución

a más complejidad y más unión

para que todo sea uno (p. 6).

Se trata pues de una evolución comunitaria. El científico ateo Richard Dawkins había insistido en este dinamismo omnipresente en el cosmos: cada persona es una comunidad de millones de células, y cada célula es a su vez una comunidad de innumerables bacterias, por lo que cada animal o cada planta es una vasta comunidad de comunidades, a manera de una “selva tropical”. Como recuerda Cardenal en Este mundo y otro, esta noción dinámica le resulta a Dawkins “más hermosa que el Jardín del Edén” (Cardenal 2011: 26). La evolución comunitaria, sostiene Cardenal, tiene que ser la obra de un Dios que a su vez sea comunitario y relacional: “el universo es una comunión creada por la comunión divina, y procede de las relaciones de amor mutuo de la Trinidad” (Cardenal 2011: 26). Por eso, proclama ahora que nuestra propia factura personal evidencia ese anhelo –y ese generoso destino– de unión final: “Los brazos hechos para abrazar / los labios para besar” (pp. 9-10).

Cardenal postula que mientras mayor es la evolución de nuestra conciencia, mayor es nuestro instinto de unificación. El espíritu de la evolución es contrario al egoísmo porque nos conmina a pensar de manera colectiva. Esto ha llevado al poeta a considerar lo que se podría llamar una “fase de planetización” (Cardenal 2011: 14). Esta simbólica “globalización” podría entonces culminar, al menos desiderativamente, en el estado supremo de la caritas. Es decir, de una unión verdaderamente fraterna y dictaminada, irónicamente, por las leyes de la propia ciencia evolutiva. Entendida así, la evolución no es sino un proceso progresivo y siempre ascendente de espiritualización. Por eso Cardenal considera, junto a Teilhard de Chardin, que las crisis mundiales han sido tan sólo “dolores de crecimiento” que a la larga habrán de culminar en la eternidad, es decir, en el punto Omega, que es Dios (Cardenal 2011: 15). “Tierra que va a ver a Dios” (p. 1), propone, esperanzado, en su nuevo poema. El cosmos se muerde pues la cola y regresa a su principio. Sólo que este aserto, según Chardin, tiene un posible apoyo racional creíble en las nuevas teorías evolucionistas de Darwin. Cardenal se hace eco de esta idea revolucionaria, y la conjuga, para mayor complejidad, con las recientes lecciones de la astrofísica y la cuántica.

No deja de ser curioso que en sus escritos de madurez Cardenal haya cargado más la mano en la figura de Cristo que en sus libros anteriores. Tanto, que incluso había culminado su ensayo Este mundo y otro con un inesperado aserto pío muy cónsono con la espiritualidad católica: “Cristo es el fundamento de la Cosmología” (Cardenal 2011: 58). Vida en el amor y aún el Cántico cósmico y su secuela el Telescopio en la noche oscura resultaban más deístas a la luz de la espiritualidad más estrictamente mística que celebraban, en diálogo abierto con todas las persuasiones religiosas, desde las bantúes hasta las sufíes. Pero ahora, desde esta novel cristología que tiene aprendida, una vez más, en las páginas de Teilhard de Chardin, el contemplativo nicaragüense evoca las palabras de San Pablo a los colosences, en el sentido de que todas las cosas creadas fueron hechas para Cristo. Este pasaje paulino llevó a Chardin a hablar del “Cristo evolucionador”, como vuelve a recordar el poeta en su ensayo Este mundo y otro (Cardenal 2011: 16-17). Este Cristo, entendido como la plenitud de la evolución, no es sino el cumplimiento último y la culminación de la raza humana evolucionada.

Cristo es pues el primogénito entre muchos hermanos, y su destino convoca al nuestro propio. Al Dios asumir la carne humana, la santificó, por lo que el cuerpo del hombre también es imagen de Dios. Cardenal concluye con Teilhard de Chardin que la materia santificada, que tiende a evolucionar hasta alcanzar la conciencia, ya no divide el cuerpo del alma, sino que los aúna en Cristo, meta y acaso ejemplo paradigmático de la evolución santificante y caritativa. El “Cuerpo de Cristo” no es para Chardin y para Cardenal un simple agregado de seres humanos, “sino una interconexión física y propiamente una relación cósmica” (Cardenal 2011: 52) siempre en proceso de perfeccionarse. Ante esta ventana esperanzada a un posible destino feliz para la humanidad evolucionante, es curioso advertir que Cardenal echa de lado la trágica entropía, sobre la que tanto se había lamentado en sus Versos del pluriverso.

Los científicos contemporáneos devuelven pues una y otra vez al poeta al pensamiento cristiano tradicional. Ese Dios que se sale de sí mismo y se vuelca en la creación implica, necesariamente, una koinonia o comunidad con todas las criaturas. Por eso, Cardenal nos conmina ahora a

Tomar en serio lo de Jesús

que el reino está cerca

Un Dios por venir

encarnado cada vez  más en la evolución (p. 4).

La encarnación –“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” toma un giro novedoso en el poema “Estamos en el firmamento” que vengo comentando: ese Dios que nos espera en el futuro evolutivo
“Es también persona / o sería menos que su creatura” (p. 5). Curiosa manera de defender la importancia de nuestra condición de seres creados, no cabe duda: Dios tiene que saborear nuestra condición ontológica para “completarse” de alguna manera.

La esperanza está pues dada: en el poema “El origen de las especies” Cardenal había celebrado la intuición de que la resurrección de Cristo, por ser parte de un cosmos inextricablemente unido, nos sería dada a todos:

La evolución nos une a todos

vivos y muertos

Lo que Darwin descubrió

(el que venimos de una sola célula)

es que estamos entrelazados

si uno resucita

resucitan todos

Ese mismo Cristo, que en el nuevo poema que nos ocupa vemos ya resucitado, nos alecciona en torno a la intercambiabilidad de la materia y el espíritu. Ya el poeta, por supuesto, ha contextualizado el milagro de la Resurrección dentro de las coordenadas de la nueva ciencia, por lo que nos conmina a releer el milagro fundacional cristiano con nuevos ojos. El cuerpo preternatural del Salvador atraviesa las puertas para darnos su eterno mensaje de paz:

entra sin que se abriera la puerta

Y dice: “La paz sea con ustedes” (p. 10).

Cardenal había insistido antes en este milagro de la resurrección, y había hecho referencia a ese Jesús resucitado de quien  San Marcos dice que se “apareció en otra forma” (Cardenal 2011b: 53) a sus discípulos. Apunto por mi parte que ese cuerpo dotado de nuevas propiedes espiritualizantes y capaz de atravesar la materia sólida evoca el “cuerpo preternatural” luminoso, inmaterial y perfecto al que algunos teólogos—pensemos en el contemplativo flamenco Ruusbroeck—se han referido por extenso. Al momento de morir ese cuerpo de luz alcanza siempre la plenitud de la madurez (hacia la treintena) aun cuando la persona haya muerto en la niñez o en la ancianidad. Hoy en día muchos metafísicos llaman “cuerpo astral” a dicho vehículo lumínico que “resucita” en el momento de la muerte[6]. Ese cuerpo, en efecto, también tiene la posibilidad de atravesar la materia sólida. O aparentemente sólida, según la nueva ciencia.

Cardenal vuelve a ponderar también, siempre desde su nueva óptica científico/teológica, el misterio de la muerte. Asumiendo que somos una unidad inextricable de materia y espíritu, se hace eco de Karl Rahner y del australiano Denis Edwards para entender que la resurrección ocurre en el momento mismo de la muerte. Este poceso de transfiguración conduce a un estado de comunicación más profunda con el cosmos y con los que ya han muerto, incluido Cristo, culminación misma de la evolución del cosmos santificado.

La teoría del poeta no disuena de la de Leonardo Boff (La resurrección de Cristo), para quien la muerte no existe porque el alma no se puede separar del cuerpo: se trata sencillamente del paso de un tipo de corporeidad biológica limitada (lo que llamamos cuerpo) a otro tipo de corporeidad ilimitada y cósmica. Morir es pues resucitar, y la resurrección de Cristo no fue un acontecimiento aislado. Todos resucitamos al morir. Ya lo dejó dicho el poeta: “si uno resucita / resucitan todos”.

Por último, este poema reciente nos depara otra curiosa novedad: el poeta ha volatilizado su antiguo amor por las muchachas, cantado con nostalgia punzante a partir de la Vida en el amor. En los versos nuevos ya no se queja de aquellas renuncias que otrora confesaba aun “chorreaban sangre”. Sospecho que estamos ante un poema de espiritualización y reconciliación supremas, por lo que ahora amar las estrellas es ya para el poeta amar a aquellas jóvenes cuyos besos aspiraba a volver a recibir en el seno trascendido de Dios. Es como si el emisor de los versos se sintiera al fin parte sustancial de un universo evolvente pero supremamente unificado y a salvo ya de las antiguas ausencias que aquejaban al poeta enamorado.

Este contemplador de los astros ha dado pues un vuelco inusitado a la noche estrellada  y los astros azules de Pablo Neruda y, por más, ha reescrito la nostalgia inconsolable de aquellos otros escrutadores del firmamento como fray Luis de León, Boecio e Ibn Gabirol, para proponernos un cielo que, asumido desde la astrofísica y la cuántica, ha logrado transmutar en el Cielo.

No es poco. Gracias, Ernesto, y que vengan más poemas.

Luce López-Baralt

Universidad de Puerto Rico

[1] Los dos extensos poemas y su breve estudio introductorio están en prensa en el Boletín de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española bajo el título de “Los poemas cosmológicos más recientes de Ernesto Cardenal (octubre de 2018).

[2] Luis Rocha Urtecho, Vida iluminada en el amor, Confidencial (confidencial.com.ni/vida-iluminada-en-el-amor/), 10 de noviembre 2018.

[3] Ibid.

[4] Uso la paginación del manuscrito original que me envió Cardenal.

[5] Como se sabe, la teoría evolutiva de Chardin, que cristianiza los postulados de Darwin al plantear un Dios Evolucionador, le ganó al paleontólogo el repudio de su propia Iglesia. Cardenal se lamenta amargamente de la triste suerte teológica del ilustre jesuita que tanto admira: “nos parece increíble que a Teilhard de Chardin se le hubiera prohibido la publicación de todo escrito que tuviera que ver con la teología” (Cardenal 2011: 15).

[6] Cf. Yogananda 2008.

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