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EL MONSTRUO DE MI MADRE: COMENTARIO KRASNODAR QUINTANA

«El Monstruo De Mi Madre» de Alberto Sánchez Argüello son escritos que nos meten en la pieles de dos personajes; una madre con un secreto que la desliga de la realidad y nos lleva de la mano por recuerdos que desenredan su ser y un hijo que con honestidad alarga los brazos para dejar ir con su testimonio y confesión la carga de un rencor y de remordimiento. Capítulos que nos recuerdan que la familia es un núcleo complejo.

Krasnodar Quintana
Managua, 24 diciembre 2020

El monstruo de mi madre: Comentario linda baez

Termino de leer este nuevo escrito de Alberto, que como su autor dice, se puede leer “en clave de nouvelle” (novela corta, novelette) y quedo, contrario a su extensión, asaltada por muchas emociones que han surgido en cada página recorrida. Tantas que podrían llenar otro libro. Y pienso que de eso se trata la literatura, hacerte sentir, creer que estás dentro, vivir junto a los personajes.

El manejo de dos voces en primera persona (ya de por si una tarea titánica) es contundente, una es una voz femenina, íntima, dolida; la otra, la propia, la del autor, hace que la lectura te atrape desde la primera página, preguntándote adonde te quiere llevar con su escrito. Cuando te das cuenta ya estás adentro y no podés parar hasta que llega la página 82. Y eso es todo, y te ves deseando que lo que has leído no fuese cierto, que tanto dolor y culpas no existiesen. En algún momento de la lectura me recordó a Eduardo Sacheri y su forma de narrar tan humana, tan íntima, tan cercana. Las voces, la propia y la ajena, están ahí presentes, diciéndote que es posible que las personas seamos mejores. Y justo te llega la redención. Gracias Alberto.

Linda Baez Lacayo
Managua, 24 de diciembre 2020

LIBROS PUERTA A PUERTA

Comentario del Monstruo de mi madre: Pasión Lectora

Todos seleccionamos aquellas piezas de la memoria que nos permiten explicar nuestra propia versión de quién somos me dice Alberto Sánchez Argüello en el Monstruo de mi madre.
Y nos gusta, le digo yo, escoger aquellas que concideramos perfectas y que nos ubican frente al mundo de la mejor manera.
Nuestro relato no puede tener imperfecciones, pero ahí mismo está el error porque todos tenemos gritos y silencios de monstruos nocturnos que brotan con insistencia de la oscura memoria de niños olvidados que nos habitan.
Querramos o no, tenemos una familia no perfecta que puede ser motivo de orgullo o no, tanto y tantos familiares que marcarán nuestras vidas y tantas madres reales y no sacrosantas.
Y seremos esos genes y esas relaciones con esas madres, sobre todo.
El monstruo de mi madre, con una narrativa limpia, segura, cálidamente acompañante, que no deja momento de respiro, me llevó por ese camino doloroso de aceptación que la vida no es un cuento de Disney y me enfrentó con ese increíble paralelismo de vida que como Argüello vivo y entiendo al decir que hay «una locura que corre por nuestras venas»
Me encantó su trabajo y cómo nos lleva por ese camino propio de descubrimiento, que alguna manera lo es de todos.
Estas palabras están cargadas del sentimiento de admiración y aprecio al camino literario de Alberto, así que los invito a leerlo y a que hagan su propio crítica.

María Argüello
San José Costa Rica 17 de diciembre 2020.

poema de ernesto

Seguir viaje


Y aquel viaje muy jodido.
La telefoneada inesperada de Managua
a la última isla de las Antillas:
«Ernesto, murió Laureano»
En el vuelo Trinidad-Barbados-Jamaica-Habana-Managua
mirando mar, y mar, no podía pensar en otra cosa.
Ya que hemos nacido desahuciados
lo mejor es morir Héroe y Mártir
como vos moriste.

Claro que hubiera sido mejor que no murieras nunca,
con tal que tu esposa y tus hijos y tus amigos y el mundo entero
no murieran nunca.
Cuando lo bauticé de 20 años en Solentiname
porque quería pasar de su protestantismo alienado de allí
a nuestro cristianismo revolucionario
no quiso tener un padrino y una madrina
todo el Club juvenil campesino fueron sus padrinos y madrinas.
Sobre todo su obsesión por la Revolución.
Fascinado con el marxismo pero sin querer nunca leerlo.
Muy inteligente, pero sin querer formarse intelectualmente.
La persona más mal hablada que he conocido.
Pero el que decía las «malas palabras» con más pureza.
Una vez, comentando el Evangelio en la misa:
«Esos magos la cagaron llegando donde Herodes».
O, sobre la Santísima Trinidad (su resumen):
«Los tres jodidos son uno solo».
La noche que me confesó frente a la calmura del lago:
«Ya no creo en Dios ni en ninguna de esas mierdas.
Creo en Dios pero para mí Dios es el hombre».
Pero siempre quiso ser mi monaguillo en la misa.
Nadie le podía quitar ese puesto.
Su expresión más frecuente: ME VALE VERGA.

Hijo mío y hermano Laureano,
hijo indócil y cariñoso
como todo hijo con su padre
y como además yo no era tu verdadero padre
fuiste sobre todo mi hermano
hermano bastante menor en años
pero sobre todo compañero
¿esa palabra te gusta más verdad?
La que más amabas después de la palabra Revolución.
Compañero Sub-Comandante Laureano,
jefe de los Guarda Fronteras:
Digo junto con vos, que nos vale verga la muerte.

No quería hacer este pasaje.
Pero me dirías en aquel tu lenguaje poético de aquellas misas
traducido después a tantos idiomas, hasta el japonés
(les costará traducirte)
«Poeta hijueputa decí a esos jodidos mis compañeros de Solentiname
que me mataron los contrarrevolucionarios hijos de la gran puta
pero que me vale verga».
Como aquel «que se rinda tu madre» de Leonel.
Siempre me decías allá que querías ya irte a la guerrilla.
Y yo: «Con tu indisciplina allí te fusilan».
Hasta que se cumplió tu sueño con el asalto a San Carlos.
«Aquí los vamos a joder a estos jodidos».
Las balas que te tiraban los guardias. Y tu relato después:
«¡pas! ¡pas! ¡pas! ¡Puta! Allí fue cuando me sentí muerto».

Pendenciero, fiestero, mujerero,
rebosante de vida pero sin temer la muerte.
Poco antes de morir me había dicho tranquilo en Managua:
«Allí es encachimbado. Cualquier día yo puedo morir en una emboscada».
No has dejado de existir:
Has existido siempre
y existirás siempre
(no sólo en éste,
en todos los universos).
Pero es cierto,
una sola vez viviste,
pensaste,
amaste.
Y ahora estás muerto.
Es estar digamos como la tierra, o la piedra, que es lo mismo,
«la piedra dura porque esa ya no siente».
Pero no, nada de piedra dura,
sí estás sintiendo,
más allá de la velocidad de la luz
del final del espacio que es el tiempo,
totalmente consciente,
dentro de la conciencia
vivicísima
de todo lo existente.
LAUREANO MAIRENA ¡PRESENTE!
El jodido avión retrasándose en cada escala.
Ya era muy noche en el mar. Yo no podía dejar de pensar…
Yo quisiera morir como vos hermano Laureano
y mandar a decir desde lo que llamamos cielo
‘Rejodidos hermanos míos de Solentiname, me valió verga la muerte’.

poema de Carlos Fonseca Grigsby

El rinoceronte es un animal imaginario

como el mamut, el tigre de Tasmania y el dodo.

Al ver uno Marco Polo pensó que miraba

un unicornio: era después de todo

un animal cuadrúpedo de un solo cuerno.

Alberto Durero hizo un grabado de un rinoceronte

que nunca vio, y en lugar de piel gris y gruesa

le puso armadura de caballería pesada

o de ariete. Un buque blindado solitario en la llanura:

el rinoceronte imaginario de Durero

que además tiene rostro triste

como si supiera que los rinocerontes blancos

también se convertirían en animales imaginarios

una vez que se extinguiera

el último macho de la especie.


De manera que ya pueden quedarse ustedes

con sus hipogrifos, sus dragones y sus chupacabras

yo me quedo junto al rinoceronte de ojos melancólicos

y apenas entornados, como los de sus guardianes

que tienen ojeras más largas

que las del primer amor

y que protegen de los cazadores furtivos

a las últimas rinocerontes blancas

que iluminan la noche por abajo

como lo hace la luna por arriba.

POEMAS DE NORMA IVONE ARMAS GUERRA

Les invitamos a leer la poesía de Norma Ivone Armas Guerra (Otavalo-Ecuador, 1961)

MIRAR ATRÁS

Mirar atrás

encontrar

este año recorrido

y sorprenderse

por lo duro del camino

lo turbulento del río

los dolores

y las cicatrices.

Mirar atrás,

sorprenderte

de tus propias fuerzas

tu férrea voluntad

todas las voces

y las manos

ayudando

empujando

ofreciendo agua

palabras buenas

bendiciones.

Sentir gratitud total

mientras los ojos

se humedecen.

Mirar atrás

entender

que pasó el vendaval

y los últimos vientos

van limpiando

las malezas y escombros

mientras la lluvia

asienta polvos

nutre la tierra

siembra futuros.

Renazco

voy renaciendo.

El sol afortunadamente

alumbra

calienta

y la luna se llena

cada noche.

FUERZA TOTAL


 La vida nos sorprende
 en cada minuto.
 Ningún paso 
 está libre de tropiezo
 pero seguimos caminando.

 Hay fuerzas colosales
 que nos impulsan
 fuerzas sin memoria
 pegadas a nuestros genes
 heredadas de madres
 que siguen galopando
 en nuestras venas
 y nos sostienen 
 contra todo miedo.

 Hay fuerzas del presente
 que nos llenan.
 El amor 
 la rosa
 la risa
 la caricia
 una foto
 una pantalla
 una palabra.

 Hay fuerzas de siempre
 que llegan en bendiciones
 rituales

 ceremonias
 medicinas
 cantos
 oraciones.

 Recibo tu fuerza
 te abrazo en la mía.
 Juntas se crecen
 nos renacen.

Ernesto Cardenal ordenando su poema Con LA puerta cerrada

    

CON LA PUERTA CERRADA
Y cómo es que apareció cuando apareció
el Hijo de Dios bien desarmado
el lector fácilmente puede imaginarlo
Habrá sido extraño ver a Jesús
en medio de pobres enfermos y mujeres
liderando el Movimiento de Jesús
el manto no muy nítido que digamos
lavado por su madre lavandera
una tal María
Carpintero de ciudad en Cafarnaúm
tecnos en griego
de donde viene Técnico y Tecnología
“Y ustedes quién dicen que soy yo”
porque tal vez él mismo no sabía
Un Dios hecho carne
la calumniada carne
Y nosotros parte del Cuerpo de Cristo
junto con nuestros muertos queridos
como un hecho biológico
Jesús polvo de estrellas como nosotros
producto del Big Bang como nosotros.

Dios se unió al hombre despojándose de Dios
No nos reveló religiosidad sino humanidad
Encarnado en lo humano reveló a Dios.

No en el Templo
Jesús iba al monte a orar
y oraba a Dios (Abbá Papá)

fragmento / poema Con la puerta cerrada

Lizandro Chávez Alfaro

25 de octubre 1929 6 de abril 2006

Fragmento de COLUMPIO AL AIRE

En aquel descendimiento de brisa acuosa había una calle cubierta de grama. Sobre el manto verde, Tisí Hendy bajaba con paraguas multicolor en la derecha y un ramo de floripondios en la otra mano. Bandadas de golondrinas revoloteaban entre el cielo opaco y el brillo del suelo humedecido. Las aves hendían el aire cazando al vuelo en una anchísima nube de libélulas. Confiadas en su velocidad, las golondrinas pasaban casi rozando las faldas de la niña y de la tía Viola que a su lado venía erguida al amparo de un paraguas de damasco negro. La breve cúpula oscura avanzaba con majestad, mientras Tisí se agitaba en el deseo de atrapar alguna golondrina en el cuenco glauco de su paraguas abierto. Aquellos vuelos elípticos eran siempre más raudos que los ojos y los pies y los hombros de la persistente cazadora. Cuando la tía Viola, con el simple peso de una mirada amonestadora, detenía los giros de su afán pajarero, Tisí se echaba al hombro el paraguas de casquillos y contera rojiazules en espirales de caramelo; levantaba el desmesurado ramo de floripondios para hundir la cara en un globo de aroma. De los cálices blanquecinos surgían estambres cargados de un olor que penetraba todo su cuerpo con dulce lengua invisible. Embriagada, la carita desaparecía en el ramo de flores adornado con hojas de velillo: verde filigrana que con primor le acariciaba el cuello, la frente, las orejas calientes. Se despegaba del aroma sólo cuando la tía Viola, desde su malestar contenido, le advertía desgracias. Vio a Tisí aspirar de nuevo con avidez, y entonces dijo que la cercanía de ese perfume cortaba en las niñas sus tiernas flores carnales. Dijo que venían a ser agrias mujeres sin hijos; aventureras sin dedicaciones ni nada en que reclinar el corazón. Tisí levantó la cabeza. Con delirante brillo en los ojos preguntó a la tía si ella había olido floripondios en su niñez. En silencio, Viola volvió a erguir el busto jugoso y la niña volvió al revoloteo de golondrinas, al deleite del aroma, sin ganas de tener corazón qué reclinar en aquel su lejano tiempo de mujer. Entre desafíos de flores y pájaros, entraron a la Calle del Rey. Los corredores de madera machihembrada alojaban grupos de mirones atrincherados en el desprecio o en un ceñudo rencor. Otros vertían pura guasa sobre los transeúntes que vadeaban charcos en su viaje hacia la orilla sur del pueblo. Eran desfile de compungidos portadores de sacos de lona, canastos ovales y pequeñas cajas de madera abrillantada a fuerza de maque. Todas las carpinterías de Bluefields se habían visto atareadas en la fabricación de cajas. Hombres de levita y bombín o muchachos descalzos las cargaban bajo un solo brazo o sobre la cabeza en lánguido movimiento. Bajo la luz difusa de media tarde, se hizo clara la división entre la corriente humana en avance y sus márgenes. Quienes asumían distancia de espectadores observaban desde sus balcones secos. Eran soldados de baja; pícaros en plena ocupación; desempleados peones de plantaciones bananeras: todos ellos entretenidos varones de una astrosa migración reciente. A la intemperie avanzaban los otros en una misma translación, con aire de involuntarios peregrinos. Aunque ocupando el mismo espacio público, mirones y mirados permanecían en sitios separados por la imaginación. Estaban en tiempos distintos. Mientras unos iban caminando por lo que siempre sería para ellos la Calle del Rey, los otros estaban plantados al borde de la que hacía dos años, desde agosto de 1894, habían decretado llamar Calle del Comercio. En cualquiera de sus posiciones, móviles o inmóviles, intruso era el otro, la otra, los otros. Sobre la calle saturada de humedad pesaban nuevas sospechas, seculares resentimientos. Entre tal saturación venían triunfantes el paraguas negro de Viola y el paragüitas glauco de Tisí: dos mujeres contempladas por todos sus lados; tasadas a la redonda. El flujo de peregrinación se arralaba en torno a Viola y Tisí: dos que en vez de caja o saco de osamenta llevaban flores. Sus cuerpos de mujer pasaban suspendidos en esa nada que el mirar de hombre atraviesa a su antojo. La falda larga de Viola era un vaivén de ondas bermejas jugadas sobre sus carnes maduras. Su corpiño lleno a reventar iba opacando la luz de sus pechos. Ante el soplo fuerte de risas y palabras masculinas, los botines de Tisí cosquillearon sus pies; los floripondios y el paraguas se le aquietaron en las manos frías. Percibía por primera vez en su vida, la magnitud de aquel ruido de asedio: el taconeo de las miradas que la andaban por detrás, por los costados; pasaban entre sus piernas huesudas, la recorrían de la boca al vientre, atravesaban sus entrañas, transitando como por casa sin dueño ni dueña. Revolotear de voces de hombre: el acompañamiento de la estrepitosa invasión de sus entresijos. No había mampara ni biombo ni muro en donde esconderse. Nada qué oponerles tenía. Quiso refugiar una mano en la mano alhajada que junto a ella se mecía con el paso impasible de la tía. De pronto supo que para acogerse a ella hubiera necesitado una tercera mano. Caminó con los floripondios sobre el pecho y el paraguas apoyado en un hombro; las entrañas apretadas por un desconocido sobresalto. De reojo vio la cara alta de Viola. Aquella parecía haber alcanzado el absoluto entendimiento de todo lo que fuera dicho por hombres, en cualquier idioma. Aun en su disgusto, permanecía figura serenísima, montada en el arte de llevar el cuerpo firme frente a la perpetua tempestad de la mirada pública. Repudiaba esa mirada. A la vez la celebraba en una atroz ambigüedad pulida durante milenios de humanidad, hasta convertirla en gracia de mujer. Junto a esa serenidad vista desde abajo, Tisí aplacó en la imitación los temblores del súbito descubrimiento del asedio. Ella y la tía eran ya dos criaturas del mismo cateo en sus carnes. Respondían con igual orgullo. Tisí iba aturdida por su flamante noción, cuando pasó rozándola un niño. Este se aferraba a una mano de su padre; llevaba el tronco cubierto por un grueso rollo de mecate colgado en bandolera. Viola simuló no haber visto la enorme espalda del joyero, fotógrafo y organista Palmaro Combs. Él simuló no haber aspirado una micra veloz siquiera de un conocido aroma de ilang-ilang macerada en transpiración de seno de mujer. Se ignoraron. El y ella con su respectivo menor de edad al lado. El niño volvió una y otra vez la mirada hacia Tisí, a pesar de su incómoda joroba de fibras pardeadas por brisas marinas. La dificultad de seguirle el paso largo al padre, no le impidió insistir en que sus ojos se mantuvieran vueltos hacia su inexplicable descubrimiento de algo tan sobrecogedor como la aparición de la luna llena sobre el horizonte marino de octubre. Revestida de enfado, Tisí se parapetó en sus floripondios para mostrar la lengua en toda su espejeante blandura de almeja, roja, rápida en sus salidas de la boca. Sorprendido en lo más recóndito de su curiosidad, el niño se recogió en el sonrojo. Apretó los dedos de su padre. Se acomodó en un hombro el rollo de mecate. El diálogo de muecas y rubores quedó truncado por un estruendo de cascos. Se aproximaba desde el norte de la Calle del Rey que serpenteaba junto a la costa de la bahía. Los peregrinos respingaron hacia los lados de la calle, donde a falta de andenes, verdeaban largas islas de grama. También Tisí intentó apartarse. La mano alhajada de su tía Viola la retuvo con fuerza por un hombro; la obligó a mantener el paso recto, sin un sólo gesto que concederle a lo que amenazaba por detrás.

Los mirones de los corredores y balcones, levantados entre el alborozo y la estupefacción, concentraron sus miradas en dos militares montados. Venían con el pecho inflado, los hombros tiesos, estrellando charcos en su arrogante galopar sobre caballos briosos, domados por expertos. En los miradores secos hubo quienes se llevaron a la frente una mano rígida en saludo militar, descendiente de la reverencia de los soldados que en tiempos medievales saludaban a su rey sordo llevándose la palma de la mano a una oreja para oír mejor, ni más ni menos como lo hacía su rey sordo al encontrar a un parlamentario. Entre saludos militares pasó el general Pablo Migloria, seguido por su ayudante, el teniente Sanarrusia. Lo dorado de sus charreteras y cordones se amustiaba en la opacidad del día, sin que ello disminuyera el porte triunfal de ambos jinetes. Todos les habían abierto paso, entre saludos y hasta aplausos, excepto una mujer y una niña que ni siquiera parpadeban al recibir sobre sus caras y vestidos las salpicaduras de agua lodosa. Tampoco el general Migloria bajó la mirada hacia aquellos estorbos faldudos. Fue Sanarrusia el que a golpe militar en la voz dejó caer dos palabras: —Negra insolente. Viola contestó con una palabra dicha ente dientes, más para los oídos de Tisí que para los jinetes insultantes, sordos bajo su palio de arrogancia: —Ladrones. Quería Viola abarcar todo su agravio con un solo denuesto. Quería decir ladrones de caballos; ladrones de la legalidad; ladrones del sosiego y la certidumbre en que Bluefields había vivido antes de aparecer aquellos demonios discurseadores. Sacó un pañuelo. Con ira hecha cuidados, fue enjugando la cara de Tisí, las manchas en el vestido. Limpiaba y le explicaba a la afligida sobrina que eran incontables los nombres del robo, entre ellos el pomposo método de la confiscación. Confiscados había sido, entre otros bienes del Reino Mískitu, los caballos en que se pavoneaban Migloria y su ayudante. Poseída por la misión de enseñar lo que se ocultaba tras el desaforado tiempo presente, dueña de la tarea de entrenar a la hija de su hermano en las razones del humillado, la arreglaba y le contaba que esas dos bestias de gran alzada habían sido tomadas de la caballeriza que fundara el Rey George Augustus Frederic treinta años antes del actual desastre. El pie de cría había sido una pareja traída de Jamaica: la yegua alazana y el semental doradillo que el Tercer Conde de Effingham había enviado como regalo para George Augustus, en celebración del tratado con que Inglaterra fijaba los límites del territorio en que el Reino Mískitu sería autónomo, bajo la protectora ala británica y la respetuosa admisión nicaragüense de esa realidad. Nadie, Tisí, había amado al caballo con la pasión de George Augustus; a la hembra y al macho caballar. Muchos decían que para aquel extravagante era música lunar oír durante horas el relincho nocturno de una yegua en brama, perseguida por su garañón en el transparente residuo de la noche. Recordaba muy bien Viola su primer encuentro con la descendencia de aquellos animales, en el potrero cercado de cuartones blancos que se extendía detrás de la corte y la residencia del rey, construidas en lo más alto de Bluefields. De otro mundo era el brillo del pelaje de aquellas bestias; la seda de sus crines y colas ondeando al aire. Desde Jamaica ya habían llegado con nombre propio. Deneb era la yegua, por el lucero gris que le separaba los ojos; Gong el semental de poderosos golpes en la panza. Viola recordó para sí misma que aquellos célebres topetazos todavía resonaban en ciertas lujuriosas memorias.

Esos caballos, descendientes de las Royal Mares de Carlos II de Inglaterra, habían sido engendrador y gestadora de todos los pura sangre conocidos en Bluefields, incluido el trotón que había movido el tílburi del cónsul Walker; incluida la yegua machorra que el reverendo Fassbinder mantenía en forma para que la montaran sus hijos cuando llegaban a visitarlo desde Altona, en la orilla prusiana del río Elba; incluidos los potros en que cada domingo por la tarde, bajo el sol o bajo los truenos, hacía sus paseos rituales el ubicuo Safá Kubrik. Todos los verdaderos caballos descendían de Deneb, hasta llegar a la pareja confiscada por los invasores, con igual desfachatez que habían confiscado edificios, terrenos, lanchones y veleros. No otra cosa que confiscación nefanda había sido declarar terreno de utilidad pública el viejo cementerio. De ahí se desprendió el plazo perentorio en que habrían de ser trasladados los restos mortuorios a un nuevo panteón, como los invasores preferían llamarlo. Tisí se había tragado el sollozo que le atravesó la garganta al verse salpicada de lodo. Caminando en silencio, con ojos muy abiertos, escuchó el ardido relato de Viola. Quiso imaginar la música de relinchos que adoraba el rey George Augustus, y su naciente inquina no la dejó ir más allá del resoplo brutal que había oído tan de cerca en el momento de sentirse la cara azotada por gruesas gotas de fango. Viola siguió entregándole impacientes trozos de un pasado, rotos y no por eso fuera del largo nicho luminoso de la felicidad recordada.

Dos poemas de Carlos Martínez Rivas

Beso para la mujer de Lot

“Y su mujer, habiendo vuelto la vista
atrás, trocose en columna de sal.”
Génesis, XIX, 26

Dime tú algo más.

¿Quién fue ese amante que burló al bueno de Lot
y quedó sepultado bajo el arco
caído y la ceniza? ¿Qué
dardo te traspasó certero, cuando oíste
a los dos ángeles
recitando la preciosa nueva del perdón
para Lot y los suyos?

¿Enmudeciste pálida, suprimida; o fuiste
de aposento en aposento, fingiéndole
un rostro al regocijo de los justos y la prisa
de las sirvientas, sudorosas y limitadas?

Fue después que se hizo más difícil fingir.

Cuando marchabas detrás de todos,
remolona, tardía. Escuchando
a lo lejos el silbido y el trueno, mientras
el aire del castigo
ya rozaba tu suelta cabellera entrecana.

Y te volviste.

Extraño era, en la noche, esa parte
abierta del cielo chisporroteando.
Casi alegre el espanto. Cohetes sobre Sodoma.
Oro y carmesí cayendo
sobre la quilla de la ciudad a pique.

Hacia allá partían como flechas tus miradas,
buscando… Y tal vez lo viste. Porque el ojo
de la mujer reconoce a su rey
aun cuando las naciones tiemblen y los cielos lluevan fuego.

Toda la noche, ante tu cabeza cerrada
de estatua, llovió azufre y fuego sobre Sodoma
y Gomorra. Al alba, con el sol, la humareda
subía de la tierra como el vaho de un horno.

Así colmaste la copa de la iniquidad.
Sobrepasando el castigo.
Usurpándolo a fuerza de desborde.

Era preciso hundirse, con el ídolo
estúpido y dorado, con los dátiles,
el decacordio
y el ramito con hojas del cilantro.

¡Para no renacer!
Para que todo duerma, reducido a perpetuo
montón de ceniza. Sin que surja
de allí ningún Fénix aventajado.

Si todo pasó así, Señora, y yo
he acertado contigo, eso no lo sabremos.

Pero una estatua de sal no es una Musa inoportuna.

Una esbelta reunión de minúsculas
entidades de sal corrosiva,
es cristaloides. Acetato. Aristas
de expresión genuina. Y no la riente
colina aderezada por los ángeles.

La sospechosamente siempreverdeante Söar
con el blanco y senil Lot, y las dos chicas
núbiles, delicadas y puercas.

Los perdedores caen en la lona

Ser el ganador es una vulgaridad.

Yo, personalmente, me sentiría abochornado
si me levantaran el brazo ante la multitud
en el cuadrilátero bajo una luz de oprobio.

¿Por qué?
¿Porque derribé a un luchador solitario
que ni siquiera combate conmigo
sino consigo
y a lo mejor era mejor que yo?
¿Por qué no le levantan el brazo también
al que está en la lona caído
si peleó lo mismo?

Gene Tunney era mejor que Dempsey.
No un bruto. Un científico. Un poeta
que escribe en su Autobiografía, ARMS FOR LIVING:
“Allí estás solo.
No hay amigos allí. Te la juegas sin nadie.
No hay partidarios excepto tus brazos”.

El perdedor estudió su técnica en anteriores
combates. La suya y la del adversario.
Las comparó en rollos de películas proyectadas
en el comedor, después de la cena, con sus hijos.
Niños de ardientes pómulos confiados en su fuerza.

Seguros de la victoria del padre.

Pero tal vez el perdedor estaba
perdidamente enamorado de su esposa
y roto por el insomnio.    Como Jack Brennan.
—Sí.    Como Jack Brennan.

Y durmió mal la víspera del encuentro.
No le respondieron los reflejos.
Se le agarrotaron los tendones del muslo.
Demasiado clinch.
Deficiente trabajo de piernas y juego de cintura
frente al otro: sereno, manteniendo
la guardia ortodoxa sobre la pierna izquierda
hasta el gancho mortífero,
como el gesto del embozado en el cartón de Goya.

El sudor del esfuerzo espaldar.
El tallado torso refulgente como diamante.
Un prisma proyectando un espectro de brazos
como luz en haces.

Pero nadie sabe que uno piensa cuando boxea.
Piensa en una caja de música de niños
y una esposa en trámites de divorcio.
Sentada Dios sabe dónde.
Dos ojos neutros en trámite de divorcio.

Ganar: vergüenza profesional.
Perder: destino sin concesiones.
Si todos somos, nadie es más grande.
Si la victoria de uno es la derrota de otro,
toda victoria es, en algún lugar,
un fraude.

POEMAS ROSA PASOS

Vivamos para ser eternos

Acuérdate mundo…

que fui de tierra… de arena.

Acuérdate mundo que amé tu cuerpo… 

y tu existencia

que yo existí dentro de tu esencia.

Acuérdate mundo que fui de agua…

que fuimos dos

que fui beso… fui carne…

que fui mujer…

acuérdate mundo que me alimenté

de abrazos y de luna

acuérdate que el sol

me dio energía y me transformó la piel

para tocarte.

Acuérdate que amé mundo,

porque no fui más que hierba enredada en tu tronco.

Acuérdate mundo…

que perdí forma amándote

porque amar

me llevó a mi estado original.

Acuérdate mundo

y no dejes de acordarte…

para que seamos eternos.

17-2-75


Sueño

Como una sorpresa…

Como voces que te llaman por detrás…

Como de repente…

Como llamas a lo lejos…

y los ojos se mueven por dentro…

en la realidad situaciones diferentes…

y más lejos es por casualidad…

y es solo por un instante que estoy aquí…

En rieles

Una noche sombría.

El tren atraviesa despacio…

los colores dormidos de la luna escondida

las palabras leves

y los movimientos ansiosos

los hombros arrecostados

y el pensamiento despierto

las risas del juego

y el ruido de los rieles

los extraños que preguntan

en el camino del tiempo.

10 de noviembre de 1977, en el tren de París-Londres

La tarde

Trae recuerdos

Trae nostalgias

Se funden las pasiones

El alma se agiganta

Se enciende el brillo de los colores

Descansa mi cuerpo y mi espíritu…

Se funde el día con la noche

Se calman las aguas del océano

Se rinde el sol ante la luna.