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Carta de Blanca Ramos a Ernesto

17 de abril 2019

Querido “Pater”.

De adolescente me tocó vivir la lucha contra una gran dictadura. En mis últimos años de colegio e inicio de Universidad empecé a trabajar con el padre Fernando Cardenal SJ, y en el grupo comentaban del poeta trapense hermano de Fernando, y desde entonces se despertó en mí una grandísima inquietud por el monje místico que vivía en Solentiname, el trapense revolucionario.

Escuchábamos el Salmo l “Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido… etc. Y eso me transportaba a Solentiname, al místico, al monje trapense, eso era para mí Solentiname.

Pasaron los años y cuando la Revolución Sandinista perdió las elecciones, muchos cristianos que habíamos participado en esa utopía, nos encontramos perdidos, sin esperanza. Fue entonces que el padre Fernando nos convocó a un grupo de “Cristianos en la Revolución”, a celebrar con él en la capilla de la UCA, la Eucaristía dominical. Fue allí donde este Dios-Amor obró el milagro. Fernando me pidió que le dijera a usted que nos acompañara a la misa, yo emocionada le trasmití la invitación de Fernando, usted muy contento aceptó participar y desde entonces nos acompañó todos los domingos al encuentro con el amado. Así llego usted a mi vida padre Ernesto.

En nuestra comunidad San Romero de América, el grupo se ha turnado para llevarlo los domingos a misa donde nos encontramos, viejos y jóvenes, con usted que no solo había perdido su “revolución”, sino también su vida de sacerdote activo. Poco a poco nos convertimos en amigos que nos encontrábamos ya no solo lo domingos, sino cada vez que la ocasión nos lo permitía, despedir amigos, dar la bienvenida a nuevos participantes, en fin, a veces solo por el gusto de estar con usted.

Mi amistad con usted, padre Ernesto, ha sido una de las más bellas etapas de mi vida. Le agradezco los momentos que compartimos, las misas dominicales en la UCA, las misas concelebradas en su casa, las  comidas en grupos donde usted y nosotras disfrutamos tanto, hacíamos toda una planificación de dónde ir y qué comer, siempre usted eligió el menú. Fui feliz viéndolo disfrutar de su almuerzo, y de su especial compañía; grandes conversaciones acompañaban el disfrute de esos almuerzos.

Yo sabía de usted, ya lo dije antes. Para todo aquel que se precia de amar lo bello, usted es su referente de la gloria divina: EL AMOR A DIOS.

Tener su cariño ha sido mi regalo del Dios-Amor, de ese Dios que solo a través de sus libros descubrí: “Vida en el Amor” y “El telescopio en la noche oscura” son mi referente del amor a Dios en todo y cada uno de los detalles de la vida.

El amor vivido por usted, con su vida sencilla, y directo siempre amando su soledad porque en ella se encontraba acompañado. Usted ha vivido entregado totalmente al Dios-Amor, un místico de carne y hueso. Jamás creí que llegaría a tenerlo cerca, admirarlo, quererlo y a la vez recibir su amistad y cariño por tanto y tanto que he recibido de usted. Gracias, mi amado padre Ernesto, por acercarme al misticismo.

Pater Ernesto, como siempre le he llamado por cariño, mi sueño desde adolescente se realizó cuando fui invitada a Solentiname a la celebración de su  cumpleaños. Allí le dije “Pater, si existe el paraíso, este es el paraíso”, allí viví tres días de paraíso, Solentiname fue un pedacito de cielo que quedó grabado en mi corazón.

Mi Pater Ernesto, que me mantuvo en vilo durante sus días en el hospital, cuando creímos que se iba para siempre. Pero la fuerza del amor hizo el milagro de devolvérnoslo a la vida. Llena de emoción asistí a su primera misa, todavía en su lecho de enfermo. Pero la gran recompensa fue el día que celebramos la misa en su casa con el padre Moisés.

Su dedicatoria, en el libro “Hijos de las Estrellas” en la que puso: “agradeciendo a Dios que te ha puesto en mi camino”.  Soy yo la que vivo agradecida con Dios por haberlo puesto en mi camino, en mi vida.  Todos los días doy gracias al Señor por su vida, su valentía, por su testimonio de vida que ha movido y comprometido al servicio y al Amor a muchísimas personas en el mundo. Admiro su espíritu rebelde, franco, sincero, luchador inclaudicable, pero su MÍSTICA, su Amor y entrega, su SILENCIO, su vida toda son el mayor testimonio de ese Dios-Amor, ese Dios-justo, luchador, capaz de dar la vida por AMOR.

*

2 de marzo de 2020

 

 (2) Ha dejado grabado en mis pupilas, esos ojitos brillando de alegría y su dulce sonrisa cada día que pasaba saludándole, y me decía: jálate la silla, sentate, ¿qué nuevas me contás?; le hacía un breve resumen de la situación política, le llevaba artículos impresos, usted siempre queriendo estar al día de la política. Otras veces me leía estrofas de lo que estabas escribiendo, y me comentaba que en esas lecturas encontraba la oración. Esa mística cósmica que le poseía me contagiaba, yo quedaba maravillada, usted me platicaba y me explicaba, yo gozaba y me llenaba de ese amor místico entre usted y el amado.

Otras veces, las más alegre y que más disfrutaba, era escoger el día y el evangelio de nuestra misa mensual con su comunidad, concelebrada con el padre Moisés, gozaba y era feliz, preparando una extraordinaria homilía, y eran momentos de una gran enseñanza bíblica y que todos disfrutábamos y aprendíamos algo nuevo. Ese día su sonrisa resplandecía. Era feliz con su comunidad.

Yo jamás salía de su casa sin mi crucecita en la frente, y yo se la hacía a usted, esa crucecita está marcada en mi frente, es indeleble.

Siempre está presente en cada estrella del universo, le amo y gracias a la vida que me dio el regalo de su cariño, su sonrisa y su amor.

“El Paraíso es el Amor, quien vive en el amor de Dios vive siempre en el Paraíso”

“Hija de las Estrellas”

 

 

 

 

 

Carta del Dr. Joseba Buj a Ernesto Cardenal

América…, te hablo de Ernesto. Pero… ¿qué puedo decirte yo de Ernesto? Yo que nací en aquel lejano Bilbao de mis recuerdos, con lluvia, con hollín de fábrica, con chimeneas como tules grises paulatinamente abandonadas al olvido. Aquella villa despiadada que sustituía los muelles de la huelga obrera y la vindicación nacional por los corredores turísticos, los conciliábulos financieros y la aberración del Guggenheim. Puedo decirte que, en mí, por entre aquella hecatombe de viejos y valientes ideales, por entre aquella sucesión de traiciones y de desmemorias instrumentalizadas, resistía la fábula del cura bueno que, abandonando este mundo de canonjías, había resuelto acudir a tu llamado, América, para luchar y morir por aquellos que sufrían en lo que era y es, mucho tiempo demoré en comprenderlo, el ineludible reverso de aquél…, mi mundo lustro con lustro más privilegiado y domesticado. Cuarenta y ocho años después, en idéntica fecha, a unas calles de distancia, yo nací en el mismo lugar en el que Ignacio Ellacuría vio la luz por vez primera. Y cuando fui yo el que llegó a tus costas, América, puedo decirte que fue Ernesto quien colmó con creces la inercia insurgente que acompañaba a dicho estereotipo heroico. La épica culta, progenie de aristócratas asesinos, genocidas y saqueadores, se desplazaba en los enunciados poéticos de Ernesto hacia tus democráticos centros de raíz amarga, hacia tu profunda raíz. La épica de Ernesto era la épica de los vencidos, que soñaban una victoria otra, una victoria preñada de justicia y no de dominación. La ardua cadencia de la metáfora vanguardista, desgastada en los altos salones de la pedantería, viajaba en los versos y esculturas de Ernesto hacia las formas de un decir primitivo que, familiar, no desatendía la complejidad del arquetipo originario. El evangelio sandinista de Ernesto conjuraba al Dios, cercano, compañero, de los de abajo: el Dios que se subleva contra la tiranía. Yo sí creo en la lucha de Ernesto, sí creo en su verso, sí creo en su Dios. América… ¿qué puedo yo contarte de Ernesto? Si Ernesto es el poeta, el que me hizo saber de ti. Por eso, América, Nuestra América, Madre América: ruega tú por Ernesto, ruega por nosotros que seguiremos el ejemplo de Ernesto. Ruega por la épica de Ernesto. Ruega por el hondo imaginario de sus palabras y esculturas. Ruega por el evangelio de Sandino. El que predicó Ernesto. El que nunca podremos olvidar.

Joseba Buj (Bilbao, 1978), doctor en Letras Modernas por la IBERO de CDMX.

Carta de Ana Vila a Ernesto Cardenal

Norteaste mi vida sin saberlo

En el mes de los mangos en flor; en la segunda luna del 2019; en el décimo mes de la entrega de nuestra gente por la Liberación de Nicaragua me piden que cuente de Ernesto, que diga lo que él significó y significa para mí.

Me zambullo en mi corazón, buceo en mi interior y con la fuerza que “agroman” las yerbas, crecen las planta y re-verdean los árboles después de las primeras lluvias de mayo…

Ernesto… tantas veces te he querido contar, tantas veces he soñado con hablarte… pero soy tímida… y llegar a vos… que lo fui dejando.

Hoy me dan papel y lapicero para decirte, decirte todo lo que tengo en mi corazón, todo lo que ansiaba decirte y que tantas veces se me quedaba dentro.

Ernesto, te leímos en un tren, de noche. En un tren que corría desde Madrid a Galicia. Era el pasaje de la “multiplicación de los panes y los peces”… ¡Yo no creía!… Ah!… VOSOTRS ME LO EXPLICASTEIS: SOLIDARIDAD, COMPARTIR… ¡Ahora sí que puedo creer! Así, sí entiendo lo que decía Jesús.

¡Y con vos y tu comunidad de Solentiname, entendí y entiendo el mensaje del “Moreno”!, ¡de ese Amigo común que tenemos, buscamos y  ya encontramos dentro, muy dentro! Y con Vos y gracias a Vos, al Espíritu que palpita en vos, no se me apago “la mecha humeante”.

Y luego, a seguir buscando donde fuera ese mensaje que nos enviabais desde Solentiname. Esa reflexión que cada día tejíais juntos. Y me quise ir, no sabía cuándo pero ¡yo me voy a Nicaragua! Me voy con ls que me alentaron y no dejaron apagar la mecha que humeaba.

Vos, como auténtico sembrador, nos trasmitías ese tesoro escondido que “mergullabaís” en vuestro corazón y lo lanzabas a tods ls hermans, al mundo entero, a todo el planeta… Me llegó y me salvó. Se me perdía la fe, no me valía nada de lo que oía, Ernesto, nada de lo que me decían o compartían.

¡A la luz de una candela, en la montaña de Lugo, mi tierra gallega, leí con inmenso gozo, admiración y envidia, vuestra vida en Solentiname! Esa experiencia humana en la que disteis entrada a todo vapor al Espíritu, al de Jesús, y que anidó en vuestro corazón, en toda el alma, en toda la mente y en todas vuestras fuerzas y… ¡SELLASTE MI FE, ERNESTO!

Hoy, sí me escuchas y mi mirada puede encontrarse con la tuya, con calma. Algo tan deseado, tan esperado y que pensé nunca llegaría.

Cuéntame, Ernesto, tu secreto.

¿En qué palpita sin sosiego tu corazón?

Y esa magia que trasmites, que tocó mi vida –y la de tants- e hizo cambiar el rumbo, que intuía, pero agonizaba en mi corazón.

¡Qué lucha! ¡Qué VIDA la tuya!

Me enamoró tu valentía.

¡Tu visión profunda, profética del entorno de la vida de nuestro pueblo, la de los seres humans, la del Cosmos!

¿Qué me tocó de vos, Ernesto?… ¡Tu amor al Amigo, al Compañero de tods, al AMOR!

Tu compromiso con la Vida, con ls humans, con la justicia, de la que estabas enamorado y presidía cada amanecer y atardecer de tu Vida. Tu capacidad de amar salpicó mi vida al ver tu profundidad de pensamiento descubriendo al opresor, denunciando sin miedo y dándonos primicias a tods sobre la dictadura.

Hombre de carne y hueso. De Espíritu y misterio. Hombre de viento y lluvia. Hombre de luz y sombra. ¡Hombre de humanidad plena! ¡En tu nacer, vivir y morir, eclosiona la VIDA; resucita la VIDA; eclosiona el UNIVERSO!

¡Gracias, Ernesto. Te quiero un montononón!

Carta del poeta William Grigsby Vergara a Ernesto Cardenal

Managua, 11 de abril de 2020

Querido padre y amigo:

La primera vez que tuve contacto con su obra fue a los 15 años, cuando encontré una vieja edición de Oración por Marilyn Monroe en la mesa de noche del cuarto de mi abuelita Myriam, una de sus grandes lectoras, por cierto, cuyo nombre coincide con el de uno de sus amores de juventud.

Ese libro tocó mis primeras fibras literarias, pero por alguna razón fue hasta después, cuando yo tenía 18 años y recién salía del Colegio Centroamérica, que me sentí profundamente iluminado por su vasta obra universal. Iba yo caminando hacia la UCA una mañana soleada cuando me detuvo el rótulo de las oficinas del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE), y decidí entrar, observar la colección nacional y comprar un librito suyo, editado por Anamá. Ese librito cambió mi vida, me refiero a sus Salmos. Me gustó mucho el gesto antisolemne de publicarlos en una edición de bolsillo, tan barata y accesible como aquella.

En la portada usted aparecía celebrando misa en Solentiname con la barba tupida, el pelo blanco, las gafas gruesas y las manos frente al cáliz y las hostias sagradas que estaban sobre la mesa sacramental. Recuerdo bien aquella foto, totalmente coherente con el contenido de los versos del libro. Me sorprendió su lenguaje claro y directo, lo encontré humano, auténtico y lúcido; sentí como si yo pudiera escribir como usted y luego empecé a imitarlo. Así empezó mi vocación literaria, repito, queriendo yo escribir como usted, desde luego nunca pude.

Desde entonces empecé a visitarlo. Usted me recibía, muy interesado en lo que yo escribía. Le llevé un fajo de poemas malos, como todos los malos poemas que uno escribe cuando es adolescente. Usted corrigió lo que pudo con mucho detalle. Le debo haber inspirado alguna nobleza. Si no, creo que me los hubiese devuelto, rechazándolos. Pero no, me dijo que “miraba futuro” en algunos de mis versos. Desde entonces me sentí profundamente agradecido con usted.

Ese mismo año 2003 nos encontramos en Cuba, cuando le dedicaron la Semana del Autor en La Habana. Yo estaba en la isla por motivos de salud y fui a su recital, pero casi no pudimos hablar porque al terminar lo rodeaba la prensa y una multitud de jóvenes le solicitaba fotos y autógrafos. Volvimos a coincidir cuando participé en el Concurso Internacional de Poesía Joven Ernesto Cardenal 2005. La premiación fue en el paraninfo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la UNAN-León, donde nos encontramos con Claribel Alegría, miembro del jurado y gran amiga suya.

En años más recientes tuve la oportunidad de prologar una presentación de sus esculturas en Managua, y posteriormente hice mi tesis de maestría sobre su obra escultórica en íntima relación con su obra poética. A raíz de eso nos entrevistamos un par de veces y siempre fue para mí algo muy especial sentir su apoyo en todo lo que yo realizaba. En México, donde realicé mi posgrado, tuve la oportunidad de conocer muchas personas que se sentían deudoras de su legado, personas de todas las edades y de diferentes nacionalidades que le daban seguimiento a todo lo que usted hacía desde Nicaragua.

La última vez que nos vimos fue en julio del año pasado, en su casa. Ese día usted estaba muy bien de salud, fuerte y recuperado de su última crisis respiratoria. Me dijo que creía en la resurrección, por eso seguía escribiendo. Aquel encuentro no duró más de 15 minutos, pero fue suficiente para enterarme de su vitalidad, de su cariño y de su notable lucidez. Usted permanecía escribiendo y leyendo libros científicos desde un cómodo sillón café, en una pequeña habitación donde también recibía visitas esporádicas. Afuera lo cuidaban sus garzas blancas esculpidas en madera, sus cristos minimalistas y sus plantas policromadas.

Estas breves líneas, querido padre y amigo, suponen un pequeño gesto de agradecimiento para usted ya que su poesía supuso un gran hallazgo en mi vida. Usted, sin saberlo, fue responsable de que yo me dedicase a la literatura con la misma pasión con la que descubrí sus Salmos en aquella oficinita retirada del mundo, donde también se dedicaba a su incansable labor literaria, tan infinita como el cosmos que inspiró sus cántigas consagradas a Dios.

William Grigsby Vergara.

Carta de la poeta Zingonia Zingone a Ernesto Cardenal

Roma, 14 de febrero de 2019

Mi querido padre Ernesto:

Son tantas las cosas que quisiera decirle que no sé por dónde comenzar. Quizás por la garza blanca que desde Solentiname voló a Roma para alojarse en la sala de mi casa y recordarme cada mañana que el verdadero vuelo se cumple en la sencillez. O por los tantos libros de su autoría que he acumulado a través de los años, y ahora llenan de trascendencia los estantes de mi librería. Lo que no puedo dejar de contarle es que cuando llegué por primera vez a Nicaragua, lo cual fue para trabajar en una finca de arroz, era la primavera y gracias a sus versos, cerca de San Francisco Libre sentí ese olor a tierra recién llovida, a raíces desenterradas, y oí de cerca el mugido del ganado, y vi los ojos grandes y sonrientes de los niños descalzos; así noté que estaba rodeada por la vida y que yo no era más que una vida dentro del inmenso conjunto de vidas: la más desafinada cigarra del coro. O sea, fue la verdad, tan llanamente expresada en su poesía, que me abrió a la dimensión real de la existencia. De esta manera, amado poeta, podría seguir confesándole muchas anécdotas de mi vida que están íntimamente ligadas a la luz que desprende su obra. O, mejor dicho, a aquella luz que desde un lejano sábado 2 de junio, cuando usted decidió “que ya había luchado mucho infructuosamente” y se entregó a Dios, atraviesa a su persona para tocar y transformar los corazones.

Es por usted que llegó a mí la más entrañable de mis amigas: la traductora de su Cántico Cósmico en italiano, su querida amiga Celina Moncada. Desde que la conocí, su misión  fue la de hablarme a diario de la belleza, la inocencia y la pureza del poeta Cardenal. Me regaló Vida en el Amor para explicarme, que más allá de su fama literaria y de su compromiso político y social, la verdadera búsqueda del Poeta siempre fue la de “ser uno con Dios”, y por lo tanto, con todo y todos. «El Amor», me decía «es el eje de su obra y de su vida entera». Celina supo, en cinco años de intensa amistad, colocarlo a usted en las profundidades de mi vida interior, y desde allí, como una materia invisible ese amor se ha ido “desbordando” hacia fuera, canalizando mis pensamientos y mis acciones hacia el Uno. Cuando nuestra amiga regresó al espacio fuera del tiempo, dejando atrás una estela de amor, percibí claramente el mensaje de su obra: todo es parte de un gran engranaje evolutivo que va rodando hacia Dios, y en éste, el Amor, inalterado en su esencia, persiste.

Me emociona, querido poeta y padre mío, sentir que todo está ligado con todo, y que todo tiene una razón de ser. De esta manera, las coincidencias dejan de ser coincidencias y la soledad se esfuma. Esta verdad tan sencilla es a la vez muy difícil de divisar, y a usted le debo, a su visión cósmica, el hecho e poder ver el mundo en un grano de arena y la arena que se hace uno con el mar. En la reunión de todos los elementos, la distancia física desaparece y yo me siento espiritualmente muy cerca de usted. Es una forma de cercanía que no caduca con el paso del tiempo.

Por todo esto y más (no lo quiero aburrir con demasiadas palabras), me es inevitable amarlo a usted de forma incondicional, filial y devota. Me arrodillo frente a usted y le pido que me bendiga para poder seguir ahondando en su obra y así llevar la esencia de la misma a todos los confines de la tierra (que estén a mi alcance). Me regocijo en el Señor que quiso ponerse nuevamente en sus manos en la forma del pan y el vino, sublimando con la fidelidad de su amor la cruz que usted llevó por treinta y cinco años, y colocando su poesía definitivamente por encima de todos los esquemas.

Como todo padre, mi querido padre cósmico, usted es imprescindible. Gracias por cruzar desde siempre todas las galaxias y saberlo resumir todo en el vuelo inmóvil de una garza.

Mi abrazo, mi afecto, mi agradecimiento. Suya,

Zingonia.

Nupcias con las estrellas en la noche sideral: el poema cosmológico-místico más reciente de Ernesto Cardenal

Todos los que estamos cerca del gran poeta nicaragüense nos hemos sentimos consternados con su reciente quebranto de salud, pero celebramos que ese duro trance le trajera sin embargo al poeta el saldo generoso de su reconciliación final con la Iglesia y, por más, la alegría de su salud recuperada. Ya en plena mejoría, Cardenal me volvió a escribir, y cuál no sería mi sorpresa al ver que ponía en mis manos su poema más reciente, «Estamos en el firmamento». Ernesto ha vuelto a la poesía. Y su nuevo poema cosmológico viene a formar un conjunto vibrante con los poemas teológico-místicos que lo preceden inmediatamente, pues en todos ellos el poeta reflexiona sobre el inconcebible universo de la mano de la astrofísica y de la cuántica, como ya le es usual. Contamos hasta el presente con varios poemas de largo aliento en verso libre como «El origen de las especies», «Así en la tierra como en el cielo», «Hijos de las estrellas» y ahora, con el novel «Estamos en el firmamento». Como forman un conjunto cosmológico armónico, desde ahora le propongo al poeta que piense en reunirlos en libro aparte.

Me había ocupado de algunos de estos poemas siderales en mis estudios previos sobre el poeta en mis tempranos estudios incluidos en El sol a medianoche (1996/2017) y en El cántico cósmico de Ernesto Cardenal  (2012). Reflexioné también sobre estos poemas recientes, que Ernesto me había enviado aun inéditos, en una edición que al presente está en prensa en el Boletín de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española con un breve estudio introductorio[1]. En un correo electrónico desde Managua Cardenal me glosaba, con aliento confesional, el sentido que le daba a sus recientes versos cósmicos. Refiriéndose a «Hijos de las estrellas» decía que «ha sido un esfuerzo por darle sentido al universo. Y un sentido a la muerte […] Es mi último escrito y creo que no tendría más que hacer porque sería repetirme» (corrreo del 14 de noviembre de 2018). Por fortuna, no fue «su último escrito», pues Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía en 2012, optó por continuar su ciclo cosmológico, para alegría de las letras hispanoamericanas.

En el poema que presentamos hoy, en verso libre y muy extenso, como los poemas que lo preceden, el poeta nicaragüense lleva más al cabo su reflexión en torno al misterio del universo inacabable. Como dejé dicho, se trata de un motivo temático que ya venía tratando en sus libros anteriores, cósmicos como los de Whitman y a veces tan osados como los de Pound: vale recordar el Cántico cósmico, el Telescopio en la noche oscura, los Versos del pluriverso y Este mundo y otro.  Cardenal, como otrora Boecio y fray Luis de León, sigue desviando su mirada de este mundo lleno de decepciones hacia el firmamento estrellado. Y, una vez más, su meditación cosmológica va dirigida a los enigmas últimos del universo, que tiene la osadía de explorar con las herramientas novedosísimas de la ciencia moderna: ya sabemos que, al hacerlo, baraja al unísono la cuántica y la astrofísica de Einstein, Niels Bohr y Stephen Hawking con la teoría de la evolución de Darwin, resignificada por Teilhard de Chardin, con el Tao, con el Génesis, con el Cristo resucitado de los Evangelios. El poeta entiende que es imperativo para las disciplinas de la teología y de la mística renovar su vocabulario técnico a la luz de la nueva ciencia, y se compromete de tal manera con dicha renovación literaria que no duda en convertirse en un “místico cósmico”. Nuestro escritor propone, ni más ni menos, que podemos considerar la astrofísica y la cuántica como ancillae theologiae. Estamos, no cabe duda, ante una osada renovación de las disciplinas de la teología, de la mística, de la ciencia y de la poesía, que el poeta obliga a danzar al unísono.

El vate nicaragüense tiene plena conciencia de lo que implica su vibrante exprimento literario-teológico. Preguntado sobre si era un innovador en poesía, afirma: «Sí, creo que soy el único poeta o al menos el único que yo conozco, que está haciendo poesía sobre la ciencia, poesía científica…»[2]. Cardenal, siempre iconoclasta y amigo de romper paradigmas, añade sin ambages: «Paul Davies ha dicho: La ciencia es un camino hacia Dios más seguro que la religión. Yo así lo creo, porque las religiones dividen a los pueblos y la ciencia no»[3]. Cabe concluir que Cardenal,  poeta de las estrellas, opone a la De consolatione Philosophiae de Boecio una sorprendente De consolatione Astrophysicae. Hablo literalmente: la nueva ciencia lo ha consolado hondamente, pues le ha permitido comprender el universo y la unión mística con Dios desde una nueva óptica armonizante.

El nuevo poema se encuentra hermanado, como dejé dicho, con la poética cósmica anterior de Cardenal, pero conlleva algunas novedades artísticas importantes. Aquí da un paso significativo en la concepción de su renovadora mística intergaláctica, pues apuesta a la unión –a la comunión o eucaristía última– del ser humano con las estrellas. El poeta propone nada menos que las nupcias con las estrellas. Hablo literalmente. Y lo mejor es que Cardenal sabe bien cómo sustentar el aparente sinsentido de estas bodas cósmicas. Al hacerlo, como veremos, se convierte en un poeta de suprema reconciliación.

Cardenal plantea su inesperada propuesta cosmológico-mística ya en la primera estrofa del nuevo poema, y lo reitera en la última: estamos en el firmamento para unirnos con todo el universo creado, representado en el semillero de luceros de la bóveda celeste:

Estamos en el firmamento

entre billones y billones de galaxias

y billones y billones de estrellas

un planeta para la unión con nosotros (p. 1)[4]

La idea de este tumulto estrellado en el que el ser humano está sumido y al que desea unirse se reitera lo largo del poema que nos ocupa, y guarda relación de parentesco con el arranque de sus poemas cosmológicos anteriores, en el que el emisor de los versos da fe de su desvalimiento avasallado ante la grandeza del cosmos. Imposible de medir, de comprender y aun de asumir: este «cielo absurdo arriba de nosotros» (p. 2) se le antoja tan extraño como «este mundo extremedamente improbable» (p. 3) que desafía la razón. Cardenal entrevera sus preguntas metafísicas con el delicioso prosaísmo que le es usual: «Cuando el universo era del tamaño de una aceituna…/ Del tamaño de una graprefruit…/ Entre el infinito grande y el infinito pequeño / nosotros» (p. 4). El poeta dramatiza una y otra vez la dimensión atemorizante de los espacios intergalácticos: «Si el sol fuera del tamaño de una aspirina / la estrella más próxima sería a 100 kilómetros» (p. 9).

            El arranque del poema culmina con la afirmación de la unión final del conjunto de la creación cósmica, siempre bajo la premisa que se trata de unas inimaginables nupcias con las estrellas. El poeta, como adelanté, refrasea la estrofa inicial para culminarla: desde nuestro pequeño planeta nos habremos de unir con los luceros de la bóveda celeste: «Billones y billones de estrellas / y entre billones y billones en el firmamento: / un planeta para unirse con nosotros» (p. 10).

¿Nupcias con las estrellas en la noche sideral? ¿Qué clase de proposición metafísica es ésta, si ya Lucrecio nos advirtió desde antiguo que la carne –es decir, la materia– es separadora, y que muchos místicos de antaño parecerían proponer una  dicotomía irreconciliable entre cuerpo y alma? Salta a la vista que el poeta da un nuevo sesgo a su pensamiento científico-místico. En la Vida en el amor se había asombrado de estar físicamente constituido por la misma materia prima de las estrellas, que nos hermana cosmológicamente. Elementos como el calcio y el fósforo no sólo constituyen nuestro cuerpo, sino los cuerpos planetarios y los espacios interestelares: «Así que estamos hechos de estrella, o mejor dicho todo el cosmos está hecho de nuestra propia carne» (Cardenal 1970/1996:183). Cardenal se había refugiado más de una vez en esta noción consoladora de la hermandad química del universo, pues la había vuelto a esgrimir en un ensayo de  madurez, de sobretonos poéticos, titulado Somos polvo de estrellas. En el poema que nos ocupa tampoco duda en volver a registrar su asombro ante nuestra constitución fisiológica compartida, afirmando que «Nuestra sangre viene de supernovas» (p. 6). Pero ahora no sólo se trata de estar hermanados fisiológicamente con los elementos constitutivos de los cuerpos celestes: es que el emisor de los versos aspira –ya lo adelanté–a unirse a ellos: «Materia que aspira hacia el espíritu / todo hacia donde converge todo / la unidad de todas las cosas» (p. 5).

La astrofísica, como hace años viene sugiriendo el poeta, nos ayuda a comprender que estamos intrínsecamente unidos, e incluso nos persuade de que los lindes entre la materia y el espíritu son sólo aparentes. A esta nueva luz, el misterio de la unión mística resulta científicamente plausible. En otras palabras, lo que Cardenal ha aprendido de la mano de Einstein y la cuántica acerca de la intercambiabilidad de la materia y de la energía y la unidad esencial de lo creado, hace que enigmas como el éxtasis de san Pablo resulten más fáciles de asumir. El Apóstol no supo distinguir el cuerpo del alma cuando experimentó el rapto místico que lo elevó a un simbólico «tercer cielo»: » Si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios los sabe» (Corintios 12: 2-4). Era tal la armonización de la materia con el plano espiritual que el cuerpo y el alma, en un estado supremo de reconciliación, resultaban indistinguibles. Cuerpo es alma y todo es boda: también Jorge Guillén lo dejó insinuado con belleza singular. Ante la nueva ciencia, propone Cardenal, ya nos nos extrañamos tanto ante este milagro unitivo.

Como se sabe, Teilhard de Chardin[5], de quien Cardenal se hace eco, había propuesto que la materia está “santificada”, y considera que el espíritu no es independiente de la materia, ni está en oposición a ella—como tradicionalmente postula el cristianismo—sino que se encuentra “emergiendo de ella” (Cardenal 2011: 14). Cardenal celebra el inmenso misterio con versos renovados: «Del vacío salen estrellas y planetas y nosotros» (p. 3); que no somos sino «nacidos de las cenizas de estrellas muertas» (p. 9).

Si todos estamos unidos en una conciencia cósmica que hace poco probable la diferenciación individual, nos es posible aceptar “científicamente”, reitera el poeta, la posibilidad de la experiencia mística. Sin necesidad de recurrir a la antigua noción del panteísmo, podemos pensar con el poeta que el Dios Trascendente no está del todo separado de su mundo creado. Erwin Schrödinger insiste en esta unidad armónica esencial del universo nacido del incomprensible Big Bang desde su óptica científica: no sólo la materia y la energía son intercambiables, sino que la multiplicidad de conciencias es sólo aparente, pues en realidad existe sólo una mente, que es transpersonal, universal, colectiva. Reconforta al místico nicaragüense saber que la ciencia ya no puede distinguir tajantemente entre la materia y la mente, por lo que fenómenos como la telepatía pueden explicarse con más comodidad que antes. “Y esto lo han experimentado los místicos en sus experiencias de unión con Dios, sintiendo que participan de una Sola Mente” añade Cardenal (Cardenal 2011: 57). Este poema que nos ocupa, junto a los textos recientes que lo anticipan, revisten pues una gran importancia para el pensamiento religioso en Hispanoamérica, pues nos ayuda a comprender la unión mística con ojos modernos.

Por eso no es de extrañar que nuestro aturdido contemplador de las partículas infinitesimales y de los astros que tiritan azules a lo lejos haya  encontrado cobijo en la nueva ciencia, que lo ayuda a asumir mejor la experiencia mística infinita que cantó en libros previos como la Vida en el amor, el Telescopio en la noche oscura, en los tomos de su autobiográfica Vida perdida , en sus Versos del pluriverso , en Este mundo y otro, y que ahora renueva en los versos de «Estamos en el firmamento». En el contexto de un universo concebido como un todo indivisible, donde el observador y el observado pueden confluir gozosamente en Uno, la noción de fundirse experiencialmente con el Todo ya no es tan extraña ni tan foránea al pensamiento racional. Así, postula el poeta que «un yo que se volvió nosotros / la multiplicidad de individuos en uno solo / evolución hacia el reino de los cielos» (p. 6).

Como recordará el lector, Cardenal había explorado con insistencia el tema evolutivo de la mano simultánea de Darwin y de Teilhard de Chardin. En el largo poema «El origen de las especies», por poner un solo ejemplo, el pez se convierte en ser humano paulatinamente, como si fuera a cámara lenta, ante los ojos asombrados del lector:

La vida salió a tierra

y empezó a andar

peces resbalosos

apoyados en aletas

como muletas

del límite acuático

al aire ilimitado

al secarse una poza

se sobrevive

andando a otra poza

y las aletas se hicieron patas

(Cardenal 2010: 11).

En su poema más reciente, Cardenal reescribe con pinceladas aureoladas de una ternura conmovedora la misma idea evolutiva de la vida:

Debido a nuestra humilde existencia

Darwin pensó que nació en charquitos

y porqué se produjo aun no sabemos (p. 1).

Pero esa evolución constante, de orígenes enigmáticos y modestos, se encamina sin embargo hacia la auto-conciencia: «A diferencia de los otros animales / el universo consciente de sí mismo / no el saber sino el saber que sabe» (p. 9). El universo, según Freeman Dyson, ya ha incluido en sí mismo las condiciones para poder contener observadores. Las leyes físicas hacen pensar que el cosmos fue diseñado para que en él hubiera seres conscientes capaces de observarlo y de entenderlo. Ya sabemos que, según Bohr, el átomo deja de ser confuso y nebuloso sólo cuando lo observamos: así de inextricablemente unido está el universo que habitamos y del que formamos parte esencial.

Los nuevos versos proponen, de otra parte, que este universo consciente de su propia factura y espiritualizado ab initio está aun en proceso de evolución. Nosotros mismos, que somos a nuestra vez evolución por nuestra constitución molecular y subatómica, podemos contribuir al progreso mismo de la evolución del cosmos. Dios dejó inacabada la creación para que nosotros la completáramos, propone con osadía el poeta: «Estamos aun en los albores de la creación / creación que continúa y debemos terminar» (p. 6).

 No debemos entender que la evolución constante del cosmos que Cardenal plantea en su escritura reciente de la mano de Teilhard de Chardin y otros teólogos modernos como Daniel Liderbach y Dietrich Bonhoffer constituye un fenómeno paralelo al “progreso” de la ciencia del siglo XIX. Estamos ante algo muy distinto: se trata de la evolución de la materia hacia el Espíritu, hacia el amor. “El mandamiento del amor ahora suena muy diferente a nuestros oídos. No es ya la caridad y la fraternidad como antes fueron planteadas, sino algo más imperioso desde el punto de vista evolutivo: ‘Amaos o pereceréis’”, había dejado dicho el poeta en su ensayo Este mundo y otro (Cardenal 2011b: 20). El supremo mandato de Cristo ya no es una sencilla enseñanza piadosa del Nuevo Testamento, sino una verdad que podemos inferir del estudio mismo del microcosmos: “Sin la constante tendencia de las células humanas a unirse en sociedad la Parusía no sería físicamente posible”, insiste (Cardenal 2011b: 19). Sobreviven pues los más aptos en este universo, que ahora son los que aman más, concluye Cardenal de la mano de Chardin con un júbilo espiritual que nos coloca en la antesala del Paraíso, pues vivimos en un universo solidario fundado en la caritas. En el poema que nos ocupa vierte en nuevos odres literarios la misma idea:

            La más consciente de las moléculas

hechos de hidrógeno y helio nada más

surgió no sólo por azar

con una esperanza común hacia el futuro

un yo que se volvió nosotros

la multiplicidad de individuos en uno solo

evolución hacia el reino de los cielos

En vez del Dios del Cielo el de la evolución

a más complejidad y más unión

para que todo sea uno (p. 6).

Se trata pues de una evolución comunitaria. El científico ateo Richard Dawkins había insistido en este dinamismo omnipresente en el cosmos: cada persona es una comunidad de millones de células, y cada célula es a su vez una comunidad de innumerables bacterias, por lo que cada animal o cada planta es una vasta comunidad de comunidades, a manera de una “selva tropical”. Como recuerda Cardenal en Este mundo y otro, esta noción dinámica le resulta a Dawkins “más hermosa que el Jardín del Edén” (Cardenal 2011: 26). La evolución comunitaria, sostiene Cardenal, tiene que ser la obra de un Dios que a su vez sea comunitario y relacional: “el universo es una comunión creada por la comunión divina, y procede de las relaciones de amor mutuo de la Trinidad” (Cardenal 2011: 26). Por eso, proclama ahora que nuestra propia factura personal evidencia ese anhelo –y ese generoso destino– de unión final: «Los brazos hechos para abrazar / los labios para besar» (pp. 9-10).

Cardenal postula que mientras mayor es la evolución de nuestra conciencia, mayor es nuestro instinto de unificación. El espíritu de la evolución es contrario al egoísmo porque nos conmina a pensar de manera colectiva. Esto ha llevado al poeta a considerar lo que se podría llamar una “fase de planetización” (Cardenal 2011: 14). Esta simbólica “globalización” podría entonces culminar, al menos desiderativamente, en el estado supremo de la caritas. Es decir, de una unión verdaderamente fraterna y dictaminada, irónicamente, por las leyes de la propia ciencia evolutiva. Entendida así, la evolución no es sino un proceso progresivo y siempre ascendente de espiritualización. Por eso Cardenal considera, junto a Teilhard de Chardin, que las crisis mundiales han sido tan sólo “dolores de crecimiento” que a la larga habrán de culminar en la eternidad, es decir, en el punto Omega, que es Dios (Cardenal 2011: 15). «Tierra que va a ver a Dios» (p. 1), propone, esperanzado, en su nuevo poema. El cosmos se muerde pues la cola y regresa a su principio. Sólo que este aserto, según Chardin, tiene un posible apoyo racional creíble en las nuevas teorías evolucionistas de Darwin. Cardenal se hace eco de esta idea revolucionaria, y la conjuga, para mayor complejidad, con las recientes lecciones de la astrofísica y la cuántica.

No deja de ser curioso que en sus escritos de madurez Cardenal haya cargado más la mano en la figura de Cristo que en sus libros anteriores. Tanto, que incluso había culminado su ensayo Este mundo y otro con un inesperado aserto pío muy cónsono con la espiritualidad católica: “Cristo es el fundamento de la Cosmología” (Cardenal 2011: 58). Vida en el amor y aún el Cántico cósmico y su secuela el Telescopio en la noche oscura resultaban más deístas a la luz de la espiritualidad más estrictamente mística que celebraban, en diálogo abierto con todas las persuasiones religiosas, desde las bantúes hasta las sufíes. Pero ahora, desde esta novel cristología que tiene aprendida, una vez más, en las páginas de Teilhard de Chardin, el contemplativo nicaragüense evoca las palabras de San Pablo a los colosences, en el sentido de que todas las cosas creadas fueron hechas para Cristo. Este pasaje paulino llevó a Chardin a hablar del “Cristo evolucionador”, como vuelve a recordar el poeta en su ensayo Este mundo y otro (Cardenal 2011: 16-17). Este Cristo, entendido como la plenitud de la evolución, no es sino el cumplimiento último y la culminación de la raza humana evolucionada.

Cristo es pues el primogénito entre muchos hermanos, y su destino convoca al nuestro propio. Al Dios asumir la carne humana, la santificó, por lo que el cuerpo del hombre también es imagen de Dios. Cardenal concluye con Teilhard de Chardin que la materia santificada, que tiende a evolucionar hasta alcanzar la conciencia, ya no divide el cuerpo del alma, sino que los aúna en Cristo, meta y acaso ejemplo paradigmático de la evolución santificante y caritativa. El “Cuerpo de Cristo” no es para Chardin y para Cardenal un simple agregado de seres humanos, “sino una interconexión física y propiamente una relación cósmica” (Cardenal 2011: 52) siempre en proceso de perfeccionarse. Ante esta ventana esperanzada a un posible destino feliz para la humanidad evolucionante, es curioso advertir que Cardenal echa de lado la trágica entropía, sobre la que tanto se había lamentado en sus Versos del pluriverso.

Los científicos contemporáneos devuelven pues una y otra vez al poeta al pensamiento cristiano tradicional. Ese Dios que se sale de sí mismo y se vuelca en la creación implica, necesariamente, una koinonia o comunidad con todas las criaturas. Por eso, Cardenal nos conmina ahora a

Tomar en serio lo de Jesús

que el reino está cerca

Un Dios por venir

encarnado cada vez  más en la evolución (p. 4).

La encarnación –«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» toma un giro novedoso en el poema «Estamos en el firmamento» que vengo comentando: ese Dios que nos espera en el futuro evolutivo
«Es también persona / o sería menos que su creatura» (p. 5). Curiosa manera de defender la importancia de nuestra condición de seres creados, no cabe duda: Dios tiene que saborear nuestra condición ontológica para «completarse» de alguna manera.

La esperanza está pues dada: en el poema «El origen de las especies» Cardenal había celebrado la intuición de que la resurrección de Cristo, por ser parte de un cosmos inextricablemente unido, nos sería dada a todos:

La evolución nos une a todos

vivos y muertos

Lo que Darwin descubrió

(el que venimos de una sola célula)

es que estamos entrelazados

si uno resucita

resucitan todos

Ese mismo Cristo, que en el nuevo poema que nos ocupa vemos ya resucitado, nos alecciona en torno a la intercambiabilidad de la materia y el espíritu. Ya el poeta, por supuesto, ha contextualizado el milagro de la Resurrección dentro de las coordenadas de la nueva ciencia, por lo que nos conmina a releer el milagro fundacional cristiano con nuevos ojos. El cuerpo preternatural del Salvador atraviesa las puertas para darnos su eterno mensaje de paz:

entra sin que se abriera la puerta

Y dice: «La paz sea con ustedes» (p. 10).

Cardenal había insistido antes en este milagro de la resurrección, y había hecho referencia a ese Jesús resucitado de quien  San Marcos dice que se “apareció en otra forma” (Cardenal 2011b: 53) a sus discípulos. Apunto por mi parte que ese cuerpo dotado de nuevas propiedes espiritualizantes y capaz de atravesar la materia sólida evoca el “cuerpo preternatural” luminoso, inmaterial y perfecto al que algunos teólogos—pensemos en el contemplativo flamenco Ruusbroeck—se han referido por extenso. Al momento de morir ese cuerpo de luz alcanza siempre la plenitud de la madurez (hacia la treintena) aun cuando la persona haya muerto en la niñez o en la ancianidad. Hoy en día muchos metafísicos llaman “cuerpo astral” a dicho vehículo lumínico que “resucita” en el momento de la muerte[6]. Ese cuerpo, en efecto, también tiene la posibilidad de atravesar la materia sólida. O aparentemente sólida, según la nueva ciencia.

Cardenal vuelve a ponderar también, siempre desde su nueva óptica científico/teológica, el misterio de la muerte. Asumiendo que somos una unidad inextricable de materia y espíritu, se hace eco de Karl Rahner y del australiano Denis Edwards para entender que la resurrección ocurre en el momento mismo de la muerte. Este poceso de transfiguración conduce a un estado de comunicación más profunda con el cosmos y con los que ya han muerto, incluido Cristo, culminación misma de la evolución del cosmos santificado.

La teoría del poeta no disuena de la de Leonardo Boff (La resurrección de Cristo), para quien la muerte no existe porque el alma no se puede separar del cuerpo: se trata sencillamente del paso de un tipo de corporeidad biológica limitada (lo que llamamos cuerpo) a otro tipo de corporeidad ilimitada y cósmica. Morir es pues resucitar, y la resurrección de Cristo no fue un acontecimiento aislado. Todos resucitamos al morir. Ya lo dejó dicho el poeta: «si uno resucita / resucitan todos».

Por último, este poema reciente nos depara otra curiosa novedad: el poeta ha volatilizado su antiguo amor por las muchachas, cantado con nostalgia punzante a partir de la Vida en el amor. En los versos nuevos ya no se queja de aquellas renuncias que otrora confesaba aun «chorreaban sangre». Sospecho que estamos ante un poema de espiritualización y reconciliación supremas, por lo que ahora amar las estrellas es ya para el poeta amar a aquellas jóvenes cuyos besos aspiraba a volver a recibir en el seno trascendido de Dios. Es como si el emisor de los versos se sintiera al fin parte sustancial de un universo evolvente pero supremamente unificado y a salvo ya de las antiguas ausencias que aquejaban al poeta enamorado.

Este contemplador de los astros ha dado pues un vuelco inusitado a la noche estrellada  y los astros azules de Pablo Neruda y, por más, ha reescrito la nostalgia inconsolable de aquellos otros escrutadores del firmamento como fray Luis de León, Boecio e Ibn Gabirol, para proponernos un cielo que, asumido desde la astrofísica y la cuántica, ha logrado transmutar en el Cielo.

No es poco. Gracias, Ernesto, y que vengan más poemas.

Luce López-Baralt

Universidad de Puerto Rico

[1] Los dos extensos poemas y su breve estudio introductorio están en prensa en el Boletín de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española bajo el título de «Los poemas cosmológicos más recientes de Ernesto Cardenal (octubre de 2018).

[2] Luis Rocha Urtecho, Vida iluminada en el amor, Confidencial (confidencial.com.ni/vida-iluminada-en-el-amor/), 10 de noviembre 2018.

[3] Ibid.

[4] Uso la paginación del manuscrito original que me envió Cardenal.

[5] Como se sabe, la teoría evolutiva de Chardin, que cristianiza los postulados de Darwin al plantear un Dios Evolucionador, le ganó al paleontólogo el repudio de su propia Iglesia. Cardenal se lamenta amargamente de la triste suerte teológica del ilustre jesuita que tanto admira: “nos parece increíble que a Teilhard de Chardin se le hubiera prohibido la publicación de todo escrito que tuviera que ver con la teología” (Cardenal 2011: 15).

[6] Cf. Yogananda 2008.

Nicaragua pierde a uno de sus escritores más queridos, el hombre que logró ser un profeta en su tierra y que deja una larga producción literaria.

Roma, 14 de febrero de 2019

Carta de la poeta Zingonia Zingone a Ernesto Cardenal

Mi querido padre Ernesto:

Son tantas las cosas que quisiera decirle que no sé por dónde comenzar. Quizás por la garza blanca que desde Solentiname voló a Roma para alojarse en la sala de mi casa y recordarme cada mañana que el verdadero vuelo se cumple en la sencillez. O por los tantos libros de su autoría que he acumulado a través de los años, y ahora llenan de trascendencia los estantes de mi librería. Lo que no puedo dejar de contarle es que cuando llegué por primera vez a Nicaragua, lo cual fue para trabajar en una finca de arroz, era la primavera y gracias a sus versos, cerca de San Francisco Libre sentí ese olor a tierra recién llovida, a raíces desenterradas, y oí de cerca el mugido del ganado, y vi los ojos grandes y sonrientes de los niños descalzos; así noté que estaba rodeada por la vida y que yo no era más que una vida dentro del inmenso conjunto de vidas: la más desafinada cigarra del coro. O sea, fue la verdad, tan llanamente expresada en su poesía, que me abrió a la dimensión real de la existencia. De esta manera, amado poeta, podría seguir confesándole muchas anécdotas de mi vida que están íntimamente ligadas a la luz que desprende su obra. O, mejor dicho, a aquella luz que desde un lejano sábado 2 de junio, cuando usted decidió “que ya había luchado mucho infructuosamente” y se entregó a Dios, atraviesa a su persona para tocar y transformar los corazones.

Es por usted que llegó a mí la más entrañable de mis amigas: la traductora de su Cántico Cósmico en italiano, su querida amiga Celina Moncada. Desde que la conocí, su misión fue la de hablarme a diario de la belleza, la inocencia y la pureza del poeta Cardenal. Me regaló Vida en el Amor para explicarme, que más allá de su fama literaria y de su compromiso político y social, la verdadera búsqueda del Poeta siempre fue la de “ser uno con Dios”, y por lo tanto, con todo y todos. «El Amor», me decía «es el eje de su obra y de su vida entera». Celina supo, en cinco años de intensa amistad, colocarlo a usted en las profundidades de mi vida interior, y desde allí, como una materia invisible ese amor se ha ido “desbordando” hacia fuera, canalizando mis pensamientos y mis acciones hacia el Uno. Cuando nuestra amiga regresó al espacio fuera del tiempo, dejando atrás una estela de amor, percibí claramente el mensaje de su obra: todo es parte de un gran engranaje evolutivo que va rodando hacia Dios, y en éste, el Amor, inalterado en su esencia, persiste.

Me emociona, querido poeta y padre mío, sentir que todo está ligado con todo, y que todo tiene una razón de ser. De esta manera, las coincidencias dejan de ser coincidencias y la soledad se esfuma. Esta verdad tan sencilla es a la vez muy difícil de divisar, y a usted le debo, a su visión cósmica, el hecho e poder ver el mundo en un grano de arena y la arena que se hace uno con el mar. En la reunión de todos los elementos, la distancia física desaparece y yo me siento espiritualmente muy cerca de usted. Es una forma de cercanía que no caduca con el paso del tiempo.

Por todo esto y más (no lo quiero aburrir con demasiadas palabras), me es inevitable amarlo a usted de forma incondicional, filial y devota. Me arrodillo frente a usted y le pido que me bendiga para poder seguir ahondando en su obra y así llevar la esencia de la misma a todos los confines de la tierra (que estén a mi alcance). Me regocijo en el Señor que quiso ponerse nuevamente en sus manos en la forma del pan y el vino, sublimando con la fidelidad de su amor la cruz que usted llevó por treinta y cinco años, y colocando su poesía definitivamente por encima de todos los esquemas.

Como todo padre, mi querido padre cósmico, usted es imprescindible. Gracias por cruzar desde siempre todas las galaxias y saberlo resumir todo en el vuelo inmóvil de una garza.

Mi abrazo, mi afecto, mi agradecimiento. Suya,

Zingonia

 

 

 

Artículo sobre presentación de la obra «Buenas al pleito: mujeres en la rebelión de Sandino» de Lucía Brenes Chaves,  UCR.

En primer lugar, el análisis que podemos hacer del texto, de los testimonios que el libro expone, deben hacerse a partir del contexto en el cual suceden las cosas; es decir, no puedo exigirle a los sujetos de la historia otras lecturas u otras interpretaciones de los hechos fuera de ese contexto histórico, político, social, económico y cultural.  Esto nos lleva a otro punto que es importante, y es que debemos tener la capacidad de entender y analizar la situación de las mujeres (receptoras de una violencia estructural) en el contexto de la lucha antiimperialista en Nicaragua sin reducir dicho análisis a lo que hizo o no hizo Augusto C. Sandino con ellas, por ellas o contra ellas.

Este análisis debe tener la claridad de que el cuestionamiento o la crítica debe hacerse contra el patriarcado, contra las prácticas patriarcales que responden y respondían entonces, a unos códigos culturales que determinan, según un tiempo y un espacio en concreto, las relaciones interpersonales.  Hacer la crítica contra Sandino o contra el ejército de Sandino a partir de las categorías teórica que tenemos hoy en día desde el feminismo, es hacer un análisis ahistórico, y bien sabemos la debilidad que esto implica, y los sesgos a los que nos exponemos.  Y repito, la crítica debe hacerse en relación con las formas que ha desarrollado el patriarcado para sostenerse y reproducirse en cada modo de producción conocidos en la historia.

Dicho esto, es importante reconocer algunos asuntos centrales, a mi criterio, del texto de Alejandro Bendaña.

En un contexto político, social y económico tan complejo como el que vivía la región centroamericana a inicios del siglo XX, la figura de Sandino y de quienes se sumaron a la lucha antiimperialista debe reivindicarse en todo momento como esas expresiones que dieron paso a cuestionar y a actuar en contra del orden que los sectores hegemónicos siempre han querido imponer en nuestro continente; y no reducir el análisis a las relaciones que se pudieron establecer con otros sujetos, en este caso, con las mujeres.  Reducirlo a ello sería negar la importancia que tuvo Sandio y su lucha para la región.

Se debe rescatar, en este sentido, aquellos elementos que permitieron algunas reivindicaciones, aunque fueran leves y temporales, para las mujeres.  En primer lugar, si bien la presencia de las mujeres en el ejército de Sandino repite el mismo patrón de aquellos ejércitos o grupos insurgentes del siglo XV, es decir, acompañantes y servidoras en el tanto se encargaban de lavar, remendar ropa, cocinar, curar enfermos y heridos, y eventualmente ser compañeras sexuales y sentimentales de los soldados; en el caso que nos compete con el libro de Bendaña se debe resaltar como primer punto el código moral que Sandio establece como una orden so pena de muerte, a su ejército; el cual, debía obedecerse no solamente al interior del ejército, sino en cada pueblo al que llegaran.  Este código, como bien lo expone el autor, se refería a la prohibición del saqueo y de la violencia sexual en contra de las mujeres, elementos que les permitía diferenciarse del bandolerismo de la época.

Como se expone en el libro, Sandino no era feminista (y no tenía que serlo, ciertamente) pero no era ajeno a las luchas que estaban dándose en varios países en ese momento; por lo cual, las luchas por la igualdad y acceso a espacios públicos y políticos de las sufragistas bien pudieron darle elementos para contar con el apoyo de las mujeres en su lucha, tanto las que se sumaron al ejército como las que colaboraron con suministros, hospedaje y otros bienes necesarios para la subsistencia del ejército.

Estos puntos son importantes de resaltar, pues si bien el trabajo de las mujeres dentro del ejército respondían a la tradicional división sexual del trabajo (no podía ser diferente considerando los códigos culturales que definían espacios y trabajos para mujeres y hombres), lo cierto es que también representó un lugar más seguro para las mujeres y sus hijos e hijas; además de la posibilidad que tuvieron algunas para ser consideradas soldados e incluso, alcanzar algunos puestos de mando dentro del ejército.

A partir de lo anterior, sí es importante resaltar aquellos aspectos más simbólicos que han permitido la continuidad del patriarcado como sistema de organización de las sociedades, y a los cuáles sí debemos hacerles la crítica correspondiente, pues no responden a comportamiento de unos hombres sino que definen las relaciones en general en la sociedad; es decir, no sólo Sandino, no sólo su ejército reproducían estos códigos, sino que han sido parte constitutiva de las sociedades modernas.  Uno de esos aspectos es la definición de lo masculino y lo femenino, y valor simbólico que se le asigna al resultado obtenido.  Por ejemplo, si la guerra es «cosa de hombres», todo lo que encierra es cosa de hombres también: el uso de uniforme, uso y portación de armas, ocupar altos mandos en el ejército; cuyo resultado final es la protección de los grupos más frágiles o vulnerables dentro de la sociedad, a saber, mujeres, niños, niñas y personas mayores.

Por el contrario, el cuido y la reproducción es «cosa de mujeres», por lo tanto, aquellas tareas relacionadas con ello son responsabilidad exclusiva de las mujeres: cocinar, lavar, cuidar niños y niñas, cuidar enfermos, cargar los utensilios necesarios para esas labores, por mencionar algunas cosas.  El producto de esto sería entonces, la subistencia del grupo al cual están dirigidos esas tareas, en este caso, el ejército.

Esta distinción entre lo femenino y lo masculino han sido las que han definido al mismo tiempo, la división sexual del trabajo y el acceso a espacios de poder y toma de decisiones, por lo cual, no debe extrañarnos las relaciones que se establecieron dentro del ejército y fuera de él entre mujeres y hombres, y aun menos debe extrañarnos que se hiciera con total naturalidad, pues respondía, antes y ahora, a esos códigos culturales que han sido establecidos desde hace mucho tiempo atrás.  Su cuestionamiento, por cierto, viene a tomar fuerza en el movimiento feminista recién en la década del 60 con el desarrollo teórico y político del feminismo marxista y socialista.

Igualmente, esta división sexual del trabajo se profundiza por las relaciones de clase establecidas en ese momento histórico (no tan ajeno al actual); pues las primeras formas de violencia que pudieron experimentar las mujeres provenían justamente del ordenamiento político y económico de la sociedad y el lugar que ocupaban en la división social del trabajo: pertenecían a ese grupo de personas que sistemáticamente eran desposeídas de sus bienes, de sus pocos medios de producción, de la posibilidad de mejorar sus condiciones materiales de vida, y producto de la violencia de Estado, amenazadas constantemente con ser violadas por los soldados de la Guardia Nacional o de los marinos, con ser testigos del asesinato de sus hijos u otros familiares, y finalmente, ser expropiadas o desposeídas de sus bienes.  Por lo tanto, como dije anteriormente, sumarse al ejército de Sandino les podía dar cierta seguridad para ellas y sus hijos e hijas, de proteger su vida, pues materialmente tenían mucho poco qué perder en ese contexto.

Saludos y reitero mi agradecimiento por poder compartir ese espacio con usted, y sobretodo, por haber tenido la oportunidad de leer el libro que nos invita a continuar la búsqueda de la historia no contada.  Igualmente insisto en la importancia del texto y en que haya asumido el reto de hacerlo, considerando que las fuentes, como se dijo en varias ocasiones, no son de primera mano, sino testimonios, cartas, informes, entre otros, en su mayoría escritos por hombres; cosa que hace más difícil reinterpretar lo que ya ellos han interpretado e intentar plasmarlo resaltando la figura de las mujeres en la historia.  Definitivamente es un libro que provoca continuar con esa búsqueda.

 

Lucía Brenes Chaves.  UCR.

Comentarios de Albert Torras Corbellalas sobre las tentaciones de la Luz de Zingonia Zingone

A veces, leer la poesía de alguien nos acerca a lo más hondo del pensar y el sentir de esa persona. Es curioso como la poesía, a diferencia de la novela, la ficción y otros relatos, la asumimos como algo que es propio intrínseco, inherente al sentir y pensar del propio autor. En cambio, cuando leemos novela, y teatro, asumimos que no todo aquello que leemos es lo que piensa el autor, sino que recrea situaciones que pueden, obviamente, superar sus experiencias vitales. Estamos seguros que ni Bram Stoker no se sentía vampiro, ni Michael Crichton se ha encontrado nunca un dinosaurio a punto de zampárselo.
Sin embargo, asumimos que la poesía tiene algo de personal e intransferible. O quizás sí, intransferible. La poesía de Zingonia Zingone se transfiere al lector, casi como papel secante, y consigue transmitir fe al ateo, sensualidad al casto, paz al aguerrido y elevación espiritual al desengañado.
Son algunos conceptos los que primeramente me gustaría destacar de las piezas que conforman este las tentaciones de la Luz y las series junto al pozo, peregrinaciones, sombras de luz filtrada, perspectivas del abismo, osadías, y toma mi silencio (canto cuaresmal). Son referentes, obviamente, de la religión, o mejor, de las religiones.
Inmersa en un profundo sentir del alma, del espíritu, Zingonia nos recuerda al referente de San Juan de la Cruz, que en su cántico espiritual ya decía aquello de:
“Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobres los dulces brazos del amado”
Siguiendo esta línea poética del amor y el erotismo hacia el espíritu, hacia Dios, hacia lo elevado, es donde encontramos la mejor tradición poética religiosa, en la que debemos situar a Zingonia.
Acaso no nos recuerda en parte San Juan de la Cruz los fragmentos de Zingonia cuando dice:
“porque soy la amada de mi amado
palabra de su palabra
ocre
en el tintero alado
y mi pergamino lecho de flores
acoge los versos
de su aliento plasmados”
Sin duda, los pocos entendidos en poesía mística y religiosa, buscaremos similitudes en poesías de otras grandes figuras como Santa Teresa de Jesus y su célebre Llama de amor viva, aquél que empieza:
“¡Oh, llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro”.
Por una parte la llama y el fuego o lo que enciende, y por otra el verbo romper, rasgar, agrietar, son también presentes en los poemas que Zingonia nos trae en este libro. Escucharán ustedes la voz a veces de Santa Teresa que habla por boca y pluma de Zingonia cuando nos revela:
“ahora
una llama quema
la miseria escondida en el dolor”
O en otro poema:
“tu reflejo me deslumbra
y enciende de nuevo
mi terca vanidad”
O como referencia al mito del fuego que habita en las cumbres y atrapa a Brunilda, en este fragmento también la llama es objeto de ese deseo de transcendencia y de comunión:
“orar
es rastrear una chispa
hecha piedra
ahogada en el río
y nadar contracorriente
entre pirañas
para alcanzar la cumbre helada
donde se origina el fuego
me pregunto
si levitarán las cenizas
testimonio
del espejo en flamas”
Y ya en el summum del éxtasis de Zingonia, de la cumbre, lo alto, altar al que llega, abrasada en estas palabras:
“te ofrezco
la flor más intima
para ornar el altar votivo
con pétalos en llamas
fénix hoy paloma”

No hay algo acaso aquí también de la gran Sor Juana Inés de la Cruz, cuando la mexicana dice aquello de…
“Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor eligir quiere:
no al fuego de tu amor el fuego iguales;
porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere”
Decíamos también que era importante en los poemas la referencia a lo que se rompe, se rasga, se agrita, y da paso a algo nuevo. Es semilla que agrieta la tierra para hacerse paso, es rotura que implica nacimiento.
Fijaos en este fragmento de sombras de luz filtrada cuando dice:
“La niña no sabía que todo es fractura. Al nacer la semilla rompe la tierra, el árbol corta el aire, la hiel se apodera del tronco, entonces tira frutos envenenados. Ella no sabía que de la muerte nace la vida”
A lo largo del poemario aparece esta referencia a la rotura y también a la transformación. Un ave fénix en paloma, una costilla en clepsidra, una mariposa en piedra. Dice:

“heme aquí una mariposa fósil”. O fruto “en la cruz me descubro pámpano de vid”
Lo que está por nacer se aprovecha, en la poesía de Zingonia, de cualquier grieta o fisura:
“tampoco es el beso
ni la ternura
sobre las fisuras de mi soledad”
O también
“a través de las grietas
el aljibe se traga el castillo
y la sequía destiñe la púrpura de mis tapices”
También son las grietas lugares donde habita lo desconocido:
“en los ojos del niño una fisura
brotan miedos
cuchillos
que rajarán la garganta del mundo”
Y casi en seguida dice:
“trinidad de grietas en el piso
marcando la piedra
una ranura en el muro:
lo desconocido
es silencio azul pintado
entre los rayos del sol”
La llama, la grieta son referentes que la enlazan con los autores ya tantas veces ensalzados. Las imágenes que nos ofrece Zingonia en su poesía pues no hace otra cosa que refrendar la idea previa, que Zingonia y su lírica merece estar entre lo más nutrido del panorama poético actual de este estilo.
Otro de los elementos que podemos destacar de la poesía de Zingonia es precisamente esta voluntad de elevación del espíritu. Nos encontramos, de forma permanente, referencias a cierta necesidad de dejar atrás la carne y suspenderse entre cielo y tierra, gozando de la luz, de la experiencia mística, como decíamos antes, del éxtasis de Santa Teresa.
Fíjense en algunos momentos, desde el primer poema, cuando ya nos muestra su predilección por aquello que vive entre cielo y tierra y que nos recuerda a la figura de un colibrí:

“el movimiento repetido y sensual
un tango suspendido
la existencia”
Esta idea de suspensión será reiterativa en el poemario, de hecho este colibrí aparece mas tarde cuando en un poema de inspiración sufí se confiesa:
“y yo me aferro al colibrí
a la incesante solidez
de su liviandad”
Quien se suspende en el aire, obviamente teme a caer. Y destila a veces Zingonia este miedo que no es otra cosa que aferrarse a su convicción para no caer en ninguna tentación. Desde lo alto, Zingonia nos dice:
“Teme su caída. Refugiada en la transparencia de su aljibe, desvelo tras desvelo, almacena los sismos de sus visiones. Él siempre está allí: patinando sobre el fino hielo de los abismos”.
Ah, los abismos, justo en el siguiente poema, llamado “estando en Patmos”, inicia:
“vi el abismo
la tierra se movía
se mecía el templo
doblándose
como un junco en el viento”
Acaso no está Pegaso suspendido también. En el poema “Quimera” aparece ahí en lo alto:
“como Pegaso subo
y no dejo que el freno
detenga mi sonrisa”
E incluso más, en el poema “La sulamita”:
“suspendida estoy
entre la bruma y el ocaso
incipiente fragmento disperso en el tiempo”
Y también más adelante
“me regocijo en el vuelo
que a toda criatura levanta
sobre mis alas
una cruz fluorescente”

No podía dejar de estar presente en la obra de Zingonia toda la simbología que tiene el agua, y no solo el agua sino el manantial y el pozo, que como ayer mismo me comentaba, es el lugar donde sacia el hombre su sed, pero también era el lugar donde las mujeres iban a encontrar al hombre.
Saciarse, colmar esa necesidad de agua que nutre e inunda el cuerpo, es otra de las imágenes que forman parte del corpus del libro, casi de inicio a final. No es baladí que ya el titulo del primer conjunto de poemas se llame junto al pozo y que finaliza con la conclusión:

“del fondo del pozo
surge la sed más grande”
Este manantial cabe contraponerlo a la sequedad con la que la autora a veces se mortifica, como dice en peregrinaciones:
“beso los granos de la esperanza
pido el don del llanto
emboscada en la umbra
mi aridez”

Y qué tanto ese agua, ese lago, esa gota, eso que brota como manantial es idea asumida, reiterada, saciante? Tanto como que en pocas páginas:

“el agua forja el deseo encendido del sol”
“un gemido es el lago de la duda”
“yo soy el ricino seco que alimenta el gusano
gota
de la expiación universal”
O antes
“asoma
la fuente que todo lo origina
una pequeña gota se desliza
por la esquina de tu boca”

No quiero redundar en imágenes que sin duda Zingonia coloca casi de forma matemática en el texto. Ella se dice imperfecta, y ayer estuvimos un buen rato hablando de eso, de nuestras imperfecciones, de nuestras fortalezas y nuestras debilidades, de nuestra necesidad de ser y de sentir.

Para finalizar, recomiendo su lectura, un puente necesario, amable, de exquisita sensualidad mística, de elevación espiritual poderosa, entre la pulsión y la castidad; entre las pretensiones de la sensibilidad corpórea y los corsés que impone la convicción del que se sabe atrapado entre cielo y tierra. Indispensable para estos tiempos de fe errática y de relativismo moral.

las tentaciones de la Luz Zingonia Zingone

Comentarios del  periodista y escritor catalán Albert Torras Corbella sobre

las tentaciones de la Luz de Zingonia Zingone

 

A veces, leer la poesía de alguien nos acerca a lo más hondo del pensar y el sentir de esa persona. Es curioso como la poesía, a diferencia de la novela, la ficción y otros relatos, la asumimos como algo que es propio intrínseco, inherente al sentir y pensar del propio autor. En cambio, cuando leemos novela, y teatro, asumimos que no todo aquello que leemos es lo que piensa el autor, sino que recrea situaciones que pueden, obviamente, superar sus experiencias vitales. Estamos seguros que ni Bram Stoker no se sentía vampiro, ni Michael Crichton se ha encontrado nunca un dinosaurio a punto de zampárselo.

Sin embargo, asumimos que la poesía tiene algo de personal e intransferible. O quizás sí, intransferible. La poesía de Zingonia Zingone se transfiere al lector, casi como papel secante, y consigue transmitir fe al ateo, sensualidad al casto, paz al aguerrido y elevación espiritual al desengañado.

Son algunos conceptos los que primeramente me gustaría destacar de las piezas que conforman este las tentaciones de la Luz y las series junto al pozo, peregrinaciones, sombras de luz filtrada, perspectivas del abismo, osadías, y toma mi silencio (canto cuaresmal). Son referentes, obviamente, de la religión, o mejor, de las religiones.

Inmersa en un profundo sentir del alma, del espíritu, Zingonia nos recuerda al referente de San Juan de la Cruz, que en su cántico espiritual ya decía aquello de:

“Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobres los dulces brazos del amado”

Siguiendo esta línea poética del amor y el erotismo hacia el espíritu, hacia Dios, hacia lo elevado, es donde encontramos la mejor tradición poética religiosa, en la que debemos situar a Zingonia.

Acaso no nos recuerda en parte San Juan de la Cruz los fragmentos de Zingonia cuando dice:

“porque soy la amada de mi amado
palabra de su palabra
ocre
en el tintero alado
y mi pergamino lecho de flores
acoge los versos
de su aliento plasmados”

Sin duda, los pocos entendidos en poesía mística y religiosa, buscaremos similitudes en poesías de otras grandes figuras como Santa Teresa de Jesus y su célebre Llama de amor viva, aquél que empieza:

“¡Oh, llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro”.

Por una parte la llama y el fuego o lo que enciende, y por otra el verbo romper, rasgar, agrietar, son también presentes en los poemas que Zingonia nos trae en este libro. Escucharán ustedes la voz a veces de Santa Teresa que habla por boca y pluma de Zingonia cuando nos revela:

“ahora
una llama quema
la miseria escondida en el dolor”

O en otro poema

“tu reflejo me deslumbra
y enciende de nuevo
mi terca vanidad”

O como referencia al mito del fuego que habita en las cumbres y atrapa a Brunilda, en este fragmento también la llama es objeto de ese deseo de transcendencia y de comunión:

“orar
es rastrear una chispa
hecha piedra
ahogada en el río
y nadar contracorriente
entre pirañas
para alcanzar la cumbre helada
donde se origina el fuego

me pregunto
si levitarán las cenizas
testimonio
del espejo en flamas”

Y ya en el summum del éxtasis de Zingonia, de la cumbre, lo alto, altar al que llega, abrasada en estas palabras

“te ofrezco
la flor más intima
para ornar el altar votivo
con pétalos en llamas
fénix hoy paloma”

 

No hay algo acaso aquí también de la gran Sor Juana Inés de la Cruz, cuando la mexicana dice aquello de…

“Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor eligir quiere:
no al fuego de tu amor el fuego iguales;

porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere”.

Decíamos también que era importante en los poemas la referencia a lo que se rompe, se rasga, se agrita, y da paso a algo nuevo. Es semilla que agrieta la tierra para hacerse paso, es rotura que implica nacimiento.

Fijaos en este fragmento de sombras de luz filtrada cuando dice

“La niña no sabía que todo es fractura. Al nacer la semilla rompe la tierra, el árbol corta el aire, la hiel se apodera del tronco, entonces tira frutos envenenados. Ella no sabía que de la muerte nace la vida”.

A lo largo del poemario aparece esta referencia a la rotura y también a la transformación. Un ave fénix en paloma, una costilla en clepsidra, una mariposa en piedra. Dice: “heme aquí una mariposa fósil”. O fruto “en la cruz me descubro pámpano de vid.”

Lo que está por nacer se aprovecha, en la poesía de Zingonia, de cualquier grieta o fisura:

“tampoco es el beso
ni la ternura
sobre las fisuras de mi soledad”

O también

“a través de las grietas
el aljibe se traga el castillo
y la sequía destiñe la púrpura de mis tapices”

También son las grietas lugares donde habita lo desconocido:

“en los ojos del niño una fisura
brotan miedos
cuchillos
que rajarán la garganta del mundo”

Y casi en seguida dice:

“trinidad de grietas en el piso
marcando la piedra
una ranura en el muro:
lo desconocido
es silencio azul pintado
entre los rayos del sol”

La llama, la grieta son referentes que la enlazan con los autores ya tantas veces ensalzados. Las imágenes que nos ofrece Zingonia en su poesía pues no hace otra cosa que refrendar la idea previa, que Zingonia y su lírica merece estar entre lo más nutrido del panorama poético actual de este estilo.

Otro de los elementos que podemos destacar de la poesía de Zingonia es precisamente esta voluntad de elevación del espíritu. Nos encontramos, de forma permanente, referencias a cierta necesidad de dejar atrás la carne y suspenderse entre cielo y tierra, gozando de la luz, de la experiencia mística, como decíamos antes, del éxtasis de Santa Teresa.

Fíjense en algunos momentos, desde el primer poema, cuando ya nos muestra su predilección por aquello que vive entre cielo y tierra y que nos recuerda a la figura de un colibrí:

“el movimiento repetido y sensual
un tango suspendido
la existencia”

Esta idea de suspensión será reiterativa en el poemario, de hecho este colibrí aparece mas tarde cuando en un poema de inspiración sufí se confiesa

“y yo me aferro al colibrí
a la incesante solidez
de su liviandad”

Quien se suspende en el aire, obviamente teme a caer. Y destila a veces Zingonia este miedo que no es otra cosa que aferrarse a su convicción para no caer en ninguna tentación. Desde lo alto, Zingonia nos dice:

“Teme su caída. Refugiada en la transparencia de su aljibe, desvelo tras desvelo, almacena los sismos de sus visiones. Él siempre está allí: patinando sobre el fino hielo de los abismos”.

Ah, los abismos, justo en el siguiente poema, llamado “estando en Patmos”, inicia:

“vi el abismo
la tierra se movía
se mecía el templo
doblándose
como un junco en el viento”

Acaso no está Pegaso suspendido también. En el poema “Quimera” aparece ahí en lo alto:

“como Pegaso subo
y no dejo que el freno
detenga mi sonrisa”

E incluso más, en el poema “La sulamita”:

“suspendida estoy
entre la bruma y el ocaso
incipiente fragmento disperso en el tiempo”

Y también más adelante

“me regocijo en el vuelo
que a toda criatura levanta
sobre mis alas
una cruz fluorescente”

 

No podía dejar de estar presente en la obra de Zingonia toda la simbología que tiene el agua, y no solo el agua sino el manantial y el pozo, que como ayer mismo me comentaba, es el lugar donde sacia el hombre su sed, pero también era el lugar donde las mujeres iban a encontrar al hombre.

Saciarse, colmar esa necesidad de agua que nutre e inunda el cuerpo, es otra de las imágenes que forman parte del corpus del libro, casi de inicio a final. No es baladí que ya el titulo del primer conjunto de poemas se llame junto al pozo y que finaliza con la conclusión

“del fondo del pozo
surge la sed más grande”

Este manantial cabe contraponerlo a la sequedad con la que la autora a veces se mortifica, como dice en peregrinaciones:

“beso los granos de la esperanza
pido el don del llanto
emboscada en la umbra
mi aridez.”

Y qué tanto ese agua, ese lago, esa gota, eso que brota como manantial es idea asumida, reiterada, saciante? Tanto como que en pocas páginas:

“el agua forja el deseo encendido del sol”
“un gemido es el lago de la duda”

“yo soy el ricino seco que alimenta el gusano
gota
de la expiación universal”

O antes

“asoma
la fuente que todo lo origina
una pequeña gota se desliza
por la esquina de tu boca”

 

No quiero redundar en imágenes que sin duda Zingonia coloca casi de forma matemática en el texto. Ella se dice imperfecta, y ayer estuvimos un buen rato hablando de eso, de nuestras imperfecciones, de nuestras fortalezas y nuestras debilidades, de nuestra necesidad de ser y de sentir.

 

Para finalizar, recomiendo su lectura, un puente necesario, amable, de exquisita sensualidad mística, de elevación espiritual poderosa, entre la pulsión y la castidad; entre las pretensiones de la sensibilidad corpórea y los corsés que impone la convicción del que se sabe atrapado entre cielo y tierra. Indispensable para estos tiempos de fe errática y de relativismo moral.