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POEMA DE PABLO CENTENO-GÓMEZ

PATER NOSTER / PADRE NUESTRO

 

Padre
que dónde estás ahora que tu creación colapsa
¿Qué estupor inefable ha entorpecido tu omnisciencia?
¿Es que acaso allá arriba turban la paz del cosmos
secretos y misterios que anuncian cataclismos?
Padre que para todos tienes un fruto, un pez,
un pan, un sueño
y que no llevas cuenta de nuestras faltas
mientras nosotros no le deseemos daño alguno
a quien nos lastima,
¡vuelve hacia acá tus ojos misericordiosos!
Mira las calles vacías,
mira la gente presa en sus hogares y tugurios;
las familias que ni siquiera pueden ver
ni despedirse del ser querido que agoniza
en las áreas hospitalarias de emergencia
y cuidados intensivos.
Mira el cortejo de camiones militares que transportan
decenas de ataúdes a crematorios y campos fúnebres.
Mira los ojos almendrados de millones de chinitos;
cada lágrima suya conmueve, escalofría.
Y mira a Italia y no olvides “Volare” de Modugno
que te hacía saltar y bailar en el paraíso,
¿recuerdas pá? Vos te pintabas las manos
y la cara de azul. Cantabas, riendo, volando
en el cielo infinito nel blu dipinto di blu oh oh oh oh
Y ahora en Bérgamo… ¡demonios!
Mannaggia il covid-19 !
En el lungomare de Rímini, de Nápoles…
En Roma, donde desde la ventana

del palacio apostólico
el Papa imparte la bendición Urbi et Orbi
ante la Plaza de San Pedro desierta, sombría,

confinada entre las columnatas de Bernini.

 

Oh Padre
danos la fuerza para sobrevivir humanamente
tras la pandemia,
para no perder más la conciencia de que no somos
sino polvo de estrellas
y de que lo demás se nos ha dado
por añadidura, como simple accesorio.
Haznos conscientes de que todos somos hermanos
en la especie y con las otras especies.
Toca el corazón de cada uno
y dinos con ternura al oído
que aquí en la tierra como en el cielo
sólo importan y valen
el Amor y la Vida.

  

22 de marzo 2020

Poemas de William Grigsby Vergara

CANCIÓN DE LAS JACARANDAS 

Las jacarandas somos las indolentes,

las raras, las insufribles, las baratas,

las que no ganamos premios literarios

porque tampoco nos publican;

las que perdemos más de lo que ganamos

cuando por accidente, nos publican;

las que siempre fuimos ajenas

a las alfombras rojas

en los eventos de poesía;

las que vemos las nubes y no el cielo;

las que vemos de arriba para abajo

siguiendo la trayectoria de nuestro destino;

las que machucan la piedra equivocada

mientras suben la colina y se caen

y se quiebran todos los huesos

y luego sobreviven, como Sísifo;

las que amamos a Leonora Carrington

porque entendemos a Leonora Carrington,

las que no se relacionan más que consigo mismas,

las payasas, las rarezas de circo, repito;

las que repetimos y tartamudeamos,

las que pierden todo, incluso su tiempo;

las que espantan a sus novios

porque además de espantapájaros

somos espantanovios; las que fumamos tedio

sobre ceniceros infinitos de ocio grisáceo;

las que nunca pudieron defenderse

ni tienen turno alguno para desahogarse

en el karaoke absurdo de la existencia;

las que fuimos abusadas en la infancia

y las que denunciamos ese abuso;

las jacarandas libres somos las mujeres

que hablamos solas porque aprendimos a gritar solas;

las que rodamos por la ciudad sin rumbo cierto

o nos encerramos en el cuarto

como un punto muerto,

las que vivimos entre partos y sonetos,

las que, pese al ruido, leemos a Clarice Lispector,

las enfermizas, las marimachas, las negras, las trans,

las monjas arrepentidas, las policías, las del ejército,

las que abortaron una vez para no morir dos veces,

las minorías panfletarias cuyas consignas son panfletos;

las que hacemos el amor en los baños públicos

y también lloramos en los baños públicos;

las bestias del espectáculo, las rateras,

las drogadictas, las alcohólicas,

las limpias, las desquiciadas,

las hueseras, las cartoneras,

las piñateras, las tortilleras,

las taqueras, las pulqueras,

las camoteras, las globeras,

las jimadoras, las organilleras,

las que hacemos un voto de pobreza

en nombre de la Soledad y somos ricas en Soledad,

las jacarandas libres de la Ciudad de México

somos las que nunca existieron en vano

porque tampoco desearon existir,

las que escuchamos canciones

de amores perdidos hasta gastarnos,

las que usamos espejos en el Metro

y somos espejismos en las calles,

las que sabemos que los fantasmas

no pueden reflejarse en los espejos.

ELOGIO DE LA LECTURA

El otro día quise releer a Nietzsche 

y me aburrió tremendamente.

Ya sé que Nietzsche escribía con la bilis, 

ya me sé sus refranes, sus aforismos,

su Anticristo, su Eterno Retorno, 

el ocaso de sus ídolos, su Zaratustra

y toda su diatriba contra Wagner, 

a quien admiró profundamente.

Ya estuvo bueno de Nietzsche, pensé.

Luego intenté con los diarios de Pizarnik, 

pero conozco el final, es demasiado trágico.

Quise releer la prosa completa de Borges, 

pero tantas páginas escritas

en torno a la inmortalidad 

y la Cábala y Spinoza y Stevenson

me transmitieron una sensación

de grosera repetición de temas y autores.

Lo encontré obsesivo:

relojes de arena, mapas del mundo, 

tigres de bengala, panteras, 

brújulas, Palermo,

Buenos Aires, Babilonia, los griegos,

los laberintos, los espejos,

las bibliotecas inglesas, 

los anticuarios persas,

las mil y una manera de citar

las mil y una noches, en fin,

me parecieron excesivas…

No pude más con mi querido Borges.

Ni con sus prólogos, ni con su falsa modestia.

Además, nada de sexo en su obra completa.

Luego me quise aventar una vez más

la Antología personal de Darío, 

pero me sé de memoria

sus mejores versos 

porque a Darío, en Nicaragua,

lo leemos desde el colegio.

No solo lo leemos, también lo recitamos.

En el colegio nos recetan lo mismo de Darío:

A Margarita Debayle, Sonatina, Lo fatal,

esa es la triste realidad, pero bueno,

abrí después un libro de Bolaño, 

pero a lo largo de cinco largas páginas 

no encontré una sola genialidad,

qué pereza, los personajes 

son siempre poetas 

y ya sabemos cómo acaban 

los poetas según Bolaño, 

no hay finales felices, 

qué predecible, cerré el libro.

Luego quise leerme la Antología de Sabines, 

pero me pareció en extremo prosaica 

y coloquial. Lo encontré,

cómo decirlo, insípido a Sabines.

Muy creativo, es cierto, pero insípido.

Luego me atreví a circunvalar 

las aguas densas de Hegel y Kant, 

los dos me parecieron demasiado cerebrales,

tautológicos, ontológicos, epistemológicos,

herméticos, intragables e infumables, 

no pude continuar con el uno, 

menos con el otro, y así, qué cosas.

Luego quise leer la Náusea, de Sartre, 

pero es una prosa tan líquida 

que no se sostiene 

en el tiempo.

Su náusea me dio sueño, 

no pude con Sartre.

Luego quise leer a Camus, 

pero El extranjero es el libro más árido

sobre la faz de la Tierra, diga lo que diga la crítica,

leer a Camus es como ver cine ruso en plena Guerra Fría.

Me metí entonces con La broma infinita 

de Foster Wallace, 

pero tampoco me hizo gracia.

Si me aburre ver tenis, me aburre el doble 

leer sobre la aburrida vida de los tenistas. 

Además, me pareció un libro depresivo, 

deprimente y hasta farmacológico.

Lo siento, no pude con tanto.

Entonces empecé de nuevo

La búsqueda del tiempo perdido,

pero al cabo de diez páginas

sentí una lenta ola de hastío 

creciendo con gran fuerza

hacia una vorágine de pereza

y me enteré que literalmente 

estaba perdiendo mi tiempo.

Proust es demasiado denso, pensé.

Qué sintaxis más pesada, Dios mío.

Lo mismo me pasó con Onetti.

Con Tolstoi y Chéjov.

Con Hemingway.

Pero Hemingway, además, 

me pareció un escritor 

excesivamente descriptivo.

Un autor de aburridos paisajes.

Paisajes de guerra. Paisajes de mar.

Paisajes sin hondo carisma,

sin chispa, sin pasión,

literatura sin literatura.

Lo abandoné por Cortázar,

pero nunca logré terminar Rayuela, 

para ser honesto tiene capítulos tan largos 

y prescindibles como cualquier libro de Sábato.

Además, el humor de Cortázar es cursi,

abusa de los diminutivos 

y es más afrancesado 

que el propio Paul Verlaine.

Quise darle una última oportunidad 

a Gabriel García Márquez, el Nobel de 1982,

pero me bastó con los primeros 50 años de soledad.

Luego, cuando el libro empezó a narrar detalladamente

guerras tropicales en el revuelto Macondo de los Buendía

me sentí dentro de un documental de la Revolución Cubana.

Entonces me espanté. No pude más, lo dejé a la mitad.

Luego quise leer la poesía de Mario Benedetti, 

se me hizo lírica, pero me recordó 

la misma forma de sentir 

que tenía Sabines, 

entonces abandoné la lectura.

Hice lo que pude con Juan Rulfo, 

empecé de nuevo Pedro Páramo, 

pero el archiconocido final de la novela 

me impedía seguir el grave nudo de la historia. 

Entonces empecé a escuchar murmullos 

dentro de mi pecho en la medida 

en que Rulfo repetía y repetía

el nombre de Comala,

Susana San Juan

y Damiana Cisneros.

Murmullos ensordecedores, 

esto ya lo viví, pensé.

Lo tremendo de Pedro Páramo 

es que, eventualmente, el lector se desvanece

como los fantasmas que protagonizan la novela de Rulfo.

En fin, ya estuvo bueno de Rulfo por un tiempo.

Luego quise entrarle con ganas a Pessoa, 

pero Pessoa es demasiado abstracto, 

etéreo, en fin, no hay nada concreto 

en el Libro del desasosiego, 

es una cadena interminable de metáforas, 

pero incluso lo bello, cuando se repite mucho, cansa.

Entonces quise resucitar mi amor por Simone Weil, 

pero el amor no se puede forzar en la vida.

Sus pensamientos estaban gastados

en el dialecto misericordioso de mi corazón. 

Simone perdió frescura, o la perdí yo, no sé.

No importa, el punto es que abandoné

una cosa tan bella

como La gravedad y la gracia,

lo cual me pareció poco menos que trágico.

Luego quise volver a Neruda, 

al Neruda más volcánico,

pero de repente sentí 

que estaba releyendo a Whitman:

Neruda es la versión sudamericana 

de un canto épico norteamericano, 

concluí. Luego cerré el grueso caudal

de su famoso Canto General.

Abrí entonces Libertad bajo palabra, 

pero el poemario me pareció tan hermético

como el mismo Hegel. Ya no digamos Kant.

Un hermetismo lírico, no filosófico,

pero hermetismo, al fin y al cabo.

Adiós Octavio, no soy pacifista.

Me propuse terminar entonces

las Crónicas de Bob Dylan, 

pero no pude con tanta soberbia.

Dylan es una diva infumable.

No señor, prefiero abrir Spotify 

y escuchar su discografía completa.

Finalmente decidí releer 

El principito, mi querido Principito,

pero sus dibujos ya no me hacían gracia, 

entonces entendí que algo andaba mal en mí.

Entendí que algo se había perdido en mí.

O que yo me había perdido en algo.

Algo sagrado, algo más que mi propia edad.

Por eso también fracasé con el Quijote de Cervantes, 

cuyo español antiguo exige un esfuerzo doble para entenderlo.

Y por eso también fracasé con el Ulises de Joyce.

Y con los cuentos completos de Poe.

Y con los sonetos de Sor Juana.

Y con la Comedia de Dante.

Y con el Hamlet de Shakespeare, 

cuyo monólogo me sé de memoria también.

Entonces, cuando pensé que todo estaba perdido, todo,

cuando sentí que podía incluso morir 

de tanta indiferencia literaria

porque ni siquiera Kafka,

ni siquiera Dostoievski, 

ni siquiera Dickinson,

ni siquiera Bukowski,

ni siquiera Lispector,

ni siquiera Faulkner,

ni siquiera Dickens,

ni siquiera Balzac,

ni siquiera Flaubert,

ni siquiera César Vallejo,

ni siquiera el gran Nicanor Parra,

ni siquiera la Sagrada Biblia me llenaba,

cayó en mis manos un librito de J.D. Salinger

y las páginas del Guardián entre el centeno

me hicieron sentir como el eterno adolescente

que siempre quise ser mientras me preguntaba

con la inocencia natural de Holden Caulfield:

¿Adónde van los patos de Central Park 

cuando el lago se congela?

CARTA DE JAVIER ALONSO A ERNESTO

Montevideo 12. 03. 2020

Hola Ernesto,

Un gusto saludarte, escribirte pasa por el corazón, por los afectos y las esperanzas. Por las tempranas horas de la Revolución, por el Ministerio de Cultura, el primero, el que inauguraste, el tuyo, el del pueblo. El que abriste al país y al mundo. Al país a través de los innumerables programas destinados a rescatar el conocimiento popular, en los Centros Populares de Cultura así como de actividades a nivel nacional, recuerdo particularmente la fiesta del maíz que llevaba el nombre de la diosa Maya del Maíz Xilonem, el apoyo a los grupos musicales emergentes, flores de la liberación. Abriste el Ministerio al mundo en tus giras por los  cinco continentes, contando la cotidianeidad que enfrentaba la Revolución, la humildad y el heroísmo del pueblo nicaragüense. También en la acogida de los internacionalistas en el Ministerio, lo cual fue mi caso invitado por Norma Helena y recibido por Luis Enrique, en aquellos años responsable del departamento de Música. Que decir de los compañeros comprometidos con la solidaridad como Hermann, Uwe, Heinrich, Salvadora y Lutz, Renata y tantos más que trabajaron sin contar para el proyecto. El Ministerio fue la puerta de entrada a un gran momento de mi vida y del que disfruté cada minuto. Allí conocí a mi hermano William con quien mantenemos una amistad que ha sobrevivido a las vicisitudes del tiempo. En fin, tengo mil queridos recuerdos de lo realizado con los compañeros, contigo, con tu Ministerio. Mucho abrió mi corazón el leerte, oírte, conocerte y en este momento, de alguna manera acompañarte (nunca la distancia fue superior a la cercanía), agradeciéndote por todo lo compartido y que te identifica a saber: entrega, valentía, amor y espíritu.

Hasta siempre

Ernesto

CARTA DE Fco. Javier SANCHO MAS A ERNESTO

Que te bese con los besos de su boca.

 

“Cuando aquel mediodía del 2 de junio, un sábado,

 Somoza García pasó como rayo por la Avenida Roosevelt

 sonando todas las bocinas para espantar el tráfico,

 en ese mismo instante,…”

 

Querido Ernesto, la última vez que hablamos en el Centro Nicaragüense de Escritores, nos transportamos a esa celda de Toledo, del siglo XVI. Suspendidos, contemplamos a ese hombre escribiendo con pluma una solicitud para embarcar hacia el nuevo continente. Después de haber recorrido a pie muchas leguas entre Castilla y Andalucía, de convento en convento, Juan de la Cruz quería emprender el que, con toda probabilidad, debía ser su último viaje: fundar el primer convento descalzo en América.

Ya estaba muy fatigado a causa de una infección, y aturdido por las intrigas  de sus hermanos carmelitas que le dejaron preso mucho tiempo. Estaba a punto de morir en aquel olvido que hubiera aceptado de buen grado, si no hubiera sido por la voz de un carretonero que, cantando una copla de amor, le abrió las rejas de la celda a Dios. El resto de la historia es la de la fuga más poética de la historia. La de un hombre enamorado, en medio de la noche oscura, que se había quedado sin papel para escribir sus versos. Dios le había hecho el amor.

Lo vimos después en Úbeda, ya perdidas las esperanzas de viajar a América. A punto de expirar, pidiendo a sus hermanos de última hora que dejasen de rezar por su alma y a cambio, “le leyeran de los cantares”. (El cantar de los cantares). Aquellos versos debieron de resonar en la celda como una especie de victoria y provocación. Pero no imagino palabras más apropiadas en el umbral de su muerte que las primeras del Cantar: “Que me bese con los besos de su boca”.

Con vos, San Juan de la Cruz tocó por fin la tierra americana. Y para mi, mas allá del poeta de epigramas, o del revolucionario, siempre serás el Ernesto Cardenal que le entregó aquel premio a Franciso Ruiz Udiel en la ciudad de León; el que, a sus ochenta y muchos años, frecuentaba, junto a Claribel Alegría, a los niños con cáncer, en el hospital pediátrico La Mascota, de Managua. Ambos empeñados en hacer ver a esos niños que ellos también eran poetas.

Estoy seguro que será tu obra mística la que perdure, esa constante evocación de lo que ocurrió un 2 de junio de 1956. A diferencia de otros místicos, vos sólo reconociste haber experimentado el éxtasis una sola vez en tu vida. Fue un momento extraño, contemplando el paso de una caravana que acompañaba al dictador Somoza:

“… en ese mismo instante, igual que su triunfal caravana/ así triunfal tú también entraste de pronto dentro de mí/ y mi almita indefensa queriendo tapar sus vergüenzas./ Fue casi violación,/ pero consentida,/…/ Tanto placer que produce tanto dolor./ Como una especie de penetración.”

Por decirlo de un modo que quizá resulte demasiado simplista y burdo (siempre fracasaremos al tratar de decir lo indecible), después de aquel día, pasaste de hacer el amor con las mujeres a hacerlo con Dios. “Yo tuve una cosa con Él, y no es un concepto”, dijiste. “Si oyeran lo que digo a veces/ se escandalizarían. Que qué blasfemias/ Pero vos entendés mis razones. / Y además bromeo./ Y son cosas que los que se aman se dicen en la cama.”  Ese amor, excluyente e incluyente al mismo tiempo, a veces te resultó agónico por el peso de las renuncias (el “Adónde te escondiste, Amado” de San Juan de la Cruz).

Hoy, a punto ya de que tu alma sea “amada en al amado transformada”, te deseo toda la intimidad de la noche cósmica para tu encuentro con el Amado que estará besándote “con los besos de su boca”.

Fco. Javier SANCHO MAS

Vida en el amor- Ernesto Cardenal.

Vida en el Amor- Ernesto Cardenal.

Prologo-Thomas Merton.

Epilogo -Oscar de Baltodano.

Vida en el amor es la iniciación a la escuela del amor, porque el amor no lo enseñan los hombres lo enseña el espíritu de amor y ese espíritu habla de manera personal y única a cada criatura por eso hemos de estar atentos a escuchar este himno al amor que brota en cada una de estas páginas y dispuestos a empezar a vivir desde la verdadera libertad que se adquiere cuando verdaderamente nos descubrimos amados por Dios.

Ernesto Cardenal en esta edición de Vida en el Amor vuelve a cantar a la verdadera esencia del hombre que es el amor mismo, grita para que el mundo vuelva los ojos al amor que es el verdadero nombre de Dios. Solo cuando el hombre entre en el profundo pozo de amor de su alma descubrirá su verdadera esencia, su verdadera identidad y vivirá, vivirá porque redescubrirá la profundidad de su búsqueda…

Oscar de Baltodano.

CARTA DE CARLOS F. GRIGSBY A ERNESTO

24 de febrero de 2019

Estimado Ernesto Cardenal:

Es como si un gran silencio hubiera arrasado con la poesía de mi generación. De los poetas que yo conozco, casi todos estamos fuera del país, algunos por la crisis política, otros, como yo, porque estábamos desesperados por salir. Llegará el día en que vos nos dejés, nos deje Sergio, en que Gioconda nos deje —y ya nos dejaron, demasiado pronto, Ulises y Francisco. ¿Y a quién le tocará seguir la conversación sino a nosotros? Tarde o temprano, nos haremos oír.

Y tenemos tu poesía. Amenaza, a veces, con identificarse con tu figura: cotona, bluyín y boina, su igual apariencia en el tiempo; la revolución, su mito; el cristianismo y el marxismo, sus ideales. Hablando sobre la poesía nicaragüense que llega a Chile, un amigo chileno me decía que llega poquísima. Yo le pregunté por tu poesía. Él me dijo que claro, Cardenal sí se lee y él llega mucho, pero uno no suele asociarlo tanto con un país en particular, por alguna razón.

Yo creo que esa es una virtud. Sin embargo, a mí nunca me interesó demasiado tu figura. Lo que siempre encontré insólito fue esto: mezclar a fuentes tan diversas como Pound, Jesucristo, Sandino, Marcial, Hubble, San Juan de la Cruz, Darwin; y hacer de ello una obra. La ambición del proyecto es admirable. Admiro, también, que solo escribás versos honestos; no le das tregua al ornamento o ripio.

Llevaré siempre conmigo esa imagen en la Hora 0 de los 30 soldados harapientos que marchan con una bandera que no es más que un harapo sobre un palo de montaña. Los tanques blindados de los salmos. El haberle añadido un telescopio a la noche oscura del alma. Y el que hayas intentado unir la búsqueda de la utopía con la de la poesía.

Carlos F. Grigsby

 

 

 

 

CARTA DE  Oscar de Baltodano-Pallais A ERNESTO

Barcelona,  29 de febrero 2019

Rev. P. D. Ernesto Cardenal

Querido Padre Cardenal: empiezo esta carta con las mismas palabras que te hice llegar en aquellas primeras letras cuando empecé mi camino espiritual, en aquella carta te llamaba padre porque te compartía que yo veía a Dios en ti, que tu fidelidad al voto de castidad te fue recompensada con la paternidad espiritual de muchos, y que tu vida como signo de contradicción es meramente evangélica, pues ¿acaso no es el mismo amante que compartimos que fue con su vida signo de contradicción para sus tiempos? me han pedido que hable de ti y para hablar de ti tengo que referirme a la fuente que mana, al Alfa y al Omega, al principio y al fin de todo esto.

 Querido Ernesto quisiera empezar del punto de partida de tu vida y la mía, el fundamento de la vida de Merton tu maestro y la fuente donde bebió Teilhard de Chardin tu inspirador, esa energía de tu cantico cósmico  que algunos llaman Dios y que se configura en el hombre en la capacidad de amar,  que es capaz de provocar sensaciones del cuerpo y del alma, e incluso capaz de esconderse de la vista de los sentidos,  haciendo partir el corazón en dudas y  añoranzas, esa energía que té quemo y té hizo manar poesía del corazón.

Para conocerte hay que abrir el corazón a la experiencia de Dios que transfigura y dignifica la propia existencia, sin, esta disponibilidad de apertura se corre el hombre el riesgo de ver en ti lo que nuestros deseos mezquinos maquinan, por eso me encanta definirte como un profeta del amor, un guardián del silencio y un hijo de lo desconocido, pero también como una contradicción ¿acaso no hay mayor contradicción que te llamen místico los hombres y no comprendan que es la mística? El místico es un ser material plenamente enamorado de un ser divino, del cual posee una experiencia personal, única e intransferible llegando incluso a desear esa energía que llamamos Dios de forma biológica tan intensamente como los amantes se desean, dando fruto al amor universal y tu querido padre siempre has amado en mayúsculas.

Has amado la belleza material de las mujeres que te marcaron, has amado la búsqueda de la verdad y del conocimiento queriendo recrear en la búsqueda misma la vivencia sobrenatural con el amante cósmico, has amado los cambios políticos vistos desde el evangelio y concebidos en pro de la liberación de los oprimidos, has amado y comprendido que el secreto de la vida es esto, que todas las galaxias, Andrómeda, planetas, vías lácteas, seres biológicos, etc. todo es un uno en el amor, es por medio del amor que el mundo gira y se conecta con la divina comunión cósmica.

Por eso intentarte comprender como político revolucionario es la manera más superficial de conocerte porque los conceptos ideológicos desaparecerán en la medida que el mundo renazca en el amor y tu revolución más pura ha sido la revolución del amor pues has comprendido que Dios estaba en todos, pero especialmente en los más pobres y marginados, has sido profeta pues has anunciado la resurrección de la nueva sociedad mediante la fe en un Dios padre, la fraternidad la justicia y el amor y has dicho en el lenguaje de la poesía lo que los místicos se niegan a callar y los teólogos se niegan a decir.

 En ti la fidelidad de Dios a su alianza se hace vida al aceptar plenamente la fragilidad de nuestra materia, misma materia en la que el amor se hizo carne y compartió la pobreza de nuestra condición, la debilidad de un componente creado a partir de la mezcla del polvo de la tierra y el aliento de Dios, «Dios es visto y se revela a sí mismo como hombre es decir, en nosotros y no existe otra esperanza de encontrar la sabiduría si no en la humanidad de Dios ¡nuestra propia humanidad transformada en Dios.»  por tanto, los sinsabores de nuestra condición realmente no importan cuando empezamos a conocer realmente quienes somos y lo que somos y aunque tu querido padre has pasado la vida intentando comprender quién eres y que eres, sabes en lo profundo del razonamiento del corazón que esto solo lo sabrás fuera de este plano cósmico, cuando té fundas en una sola explosión de energía junto a la fuente que existía incluso antes de afianzarse las leyes del espacio tiempo. «EN el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».

Eres parte de un plan que te trasciende, una pieza de un mosaico tan grande como el universo, un hombre que se ha perdido a si mismo al servicio de la inmensa sabiduría del plan de Dios de revelarse a Si mismo en el mundo y en el hombre, un místico de lo ordinario y en lo ordinario me refiero a los retos de los tiempos, tu vocación aun es incomprendida para tu sapiencia y para la de todos , pero es que toda vocación es un misterio y no voy a perderme en los juegos de palabras porque no contribuyen a aclarar más las cosas, es una contradicción y como tal debe permanecer, pues tú mismo eres una contradicción en Dios y es en ello donde radica la grandeza de este plan del cual eres parte, tu vocación ha sido la de buscar a Dios y esto no se puede reducir a formulas exactas. ni la existencia. Ni el espíritu del ser humano.

Por tanto, querido padre en estas letras solo quiero comulgar contigo en nuestra fragilidad ante el que nos ha elegido, quiero comulgar contigo en la pobreza de mi condición en la contradicción de nuestro llamado y en esta fragilidad que es nuestra riqueza ante Dios pues él nos ha dicho: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí». Que sea nuestra fragilidad la que nos una en la divina comunión cósmica y sea ella la que nos guie siempre para incendiar de amor el mundo entero, para seguir ofrendando nuestras vidas a este plan sobrenatural que es más grande que el universo pues se funde en las manos de la energía que lo provoco todo, que el amor nos consuma por completo y purifique nuestras faltas.

Dios es amor, y el que vive en el amor, en Dios vive y Dios en él. (I Juan, 4, 16)

Implorando tu bendición, me despido abrazándote en las especies que día a día en tus manos ofreces la totalidad del universo como materia de su sacrifico por los hombres.

 Oscar de Baltodano.

CARTA DE PINITA A ERNESTO

Marzo de 2019

Querido Padre Ernesto:

Desde que se fundó la Comunidad de Solentiname, Miguel Ernesto y yo tuvimos deseos de visitarla. A través de su hermano Fernando, fuimos conociendo sobre ese bello lugar. Un verdadero paraíso. Especialmente nos interesó la experiencia de esa comunidad de jóvenes que se había formado. Un extraordinario laboratorio para la convivencia y el compromiso. Estoy segura que el espíritu de su gran amigo y maestro Tomás Merton, lo acompañó y lo animó siempre en esa experiencia maravillosa.

El primer contacto que tuve con usted fue en 1977, cuando salió publicada en La Prensa un artículo titulado “Oración por mis hijos” que yo había escrito, pidiendo al Señor unos hijos con valores diferentes a los que se vivían en León, donde habitábamos entonces. El auge del algodón permitía un enriquecimiento rápido, y los que lo lograban eran reconocidos como personas de éxito. Exitosos no por el trabajo que hacían por la ciudad o la comunidad, sino por la rapidez con que hacían dinero.  Nosotros  vivíamos entonces un cambio cristiano en nuestras vidas. Me sentí muy contenta de la reacción que esa oración causó. Hubo personas que me criticaron diciendo que yo quería hijos comunistas y que les regalara los bienes que poseía, pero muchas otras me mostraron su acuerdo. De usted, a quien no conocía personalmente, recibí un pliego de papel escrito a mano, que aún conservo, diciendo: “Una madre que pide al Señor hijos como esos que vos pedís, podes estar segura te los concederá”. Quiero agradecerle aquellas palabras como también las que nos entregó con su dedicatoria al poema: “Así en el Cielo como en la Tierra”, que dice: “Para la familia de Pinita, a quién mi hermano Fernando consideraba su familia, por lo tanto también la mía”. Qué hermoso para mí que usted me considere su familia. Esas palabras tocaron mi alma.

Usted es un orgullo para Nicaragua. Reconocido mundialmente, sin embargo siempre humilde, sencillo, consecuente y sobre todo libre para denunciar y decir lo que piensa, no importa de quién o de qué se trate. Su vida ha estado basada en la creación del arte y de las más sublimes y bellas formas de expresión humana. Ha tenido usted el privilegio de ese don con su vocación contemplativa que le ha permitido una comunicación fluida con el Señor.

Sus poemas, leídos mundialmente son una inspiración para diferentes generaciones. Todos escritos sobre la realidad de los seres humanos, de sus sentimientos y sus vidas.  El amor como la expresión más bella del hombre y la mujer. Su obra maestra, “Cántico Cósmico”,  nos muestra la grandeza de Dios con la creación  y la pequeñez del puntito del planeta tierra en la inmensidad del universo. Sin embargo el único con seres vivientes y pensantes creados a imagen y semejanza de Dios.

Sentí mucho no estar presente en la primera Misa concelebrada por usted después de tantos años de una sanción injusta, a la que usted se acogió con gran humildad.

Fuera de Nicaragua, donde me encuentro por la situación que vivimos, estuve siempre a su lado, siguiendo paso a paso la grave situación de salud que lo aquejaba y doy gracias a Dios por su pronta recuperación. No tengo dudas que el Señor lo ha dejado para que siga usted siendo testigo de su amor y compromiso. Le mando un fuertísimo abrazo, esperando y orando para que llegue pronto la libertad que tanta sangre y dolor ha costado nuevamente a Nicaragua.

Lo quiere mucho, Pinita

Carta de Bosco Centeno a Ernesto

Solentiname 8 de marzo 2020

Te acordas Ernesto?

Al perder las elecciones en 1990 se da  mi salida del Ejército.  Eso vino a proporcionarme todo el tiempo libre que en muchos años no había tenido, pronto se nos presenta  la primera oportunidad de viajar juntos. Vos Alejandro y yo. Habías recibido una invitación del gran poeta brasileño Thiago de Mello, para ir nada menos que al Amazonas y Barreirinhas, un pequeño pueblo al que solo se podía llegar con pequeñas avionetas y embarcado durante dos o tres días, donde vivía el Boto como le decían los lugareños a Thiago  para referencias a una leyenda: dicen que el delfín azul endémico del Amazonas, por las noches se convierte en un caballero vestido impecablemente de blanco  y que enamora y se lleva a las mujeres más bonitas de las aldeas. Thiago viste camisa y pantalones de lino blanco zapatos y sombrero blanco. Además es precedido de una fama de buen gusto por bellas mujeres aunque cuando lo conocimos tal vez estaba por los 70 años. Mucha gente en Manaos, la ciudad mística de la opulencia del caucho, choferes, jóvenes y matronas lo saludaban. Algunos decían  “adiós Thiago” y otros “adiós Boto”, y era una cantidad grande de personas que lo reconocían y saludaban con mucha admiración y mucho cariño .

Vos siempre te has recordado del Boto cuando nos llevó a comer pescado. Era  un restaurante que me pareció enorme tal vez con unos doscientos comensales degustando deliciosos y extravagantes pescados amazónicos. Thiago nos recomendó la especialidad de la casa el Tucunare frito que es un pescado muy parecido al guapote  de nuestro lago pero con un sol negro tornasol en los costados que nos supo a gloria. Probamos la farinha por primera vez, es la comida principal de los ribereños que es una harina que extraen de una yuca venenosa que se llama mandioca y luego de un proceso complicado sale como una especie de arroz quebrado o harina gruesa.

Alejandro y yo teníamos una gran  ilusión por este viaje queríamos reeditar, uno que vos  y William Agudelo habían hecho años atrás junto a Jorge Jenkyn, en los años 80, que para ese entonces Jorge era  embajador de Nicaragua en Brasil. Todo lo que nos contabas de la gira en el barco se me parecían a los relatos de García Márquez, un viaje con guitarras, paradas en cada puerto, cielo estrellado en la noche amazónica y que vos y William contaban con lujos de detalles. Mientras nosotros echábamos a andar nuestra imaginación para  vivirlo todo como un sueño que se hace realidad, estábamos felices o casi.

Hoy vivo esta realidad como un sueño, sueño del que no quiero despertar porque mientras sueño escucho los golpes de tu bordón, y te siento tan cerca y espero tu pregunta, ¿qué vamos a desayunar?

Carta de Blanca Ramos a Ernesto

17 de abril 2019

Querido “Pater”.

De adolescente me tocó vivir la lucha contra una gran dictadura. En mis últimos años de colegio e inicio de Universidad empecé a trabajar con el padre Fernando Cardenal SJ, y en el grupo comentaban del poeta trapense hermano de Fernando, y desde entonces se despertó en mí una grandísima inquietud por el monje místico que vivía en Solentiname, el trapense revolucionario.

Escuchábamos el Salmo l “Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido… etc. Y eso me transportaba a Solentiname, al místico, al monje trapense, eso era para mí Solentiname.

Pasaron los años y cuando la Revolución Sandinista perdió las elecciones, muchos cristianos que habíamos participado en esa utopía, nos encontramos perdidos, sin esperanza. Fue entonces que el padre Fernando nos convocó a un grupo de “Cristianos en la Revolución”, a celebrar con él en la capilla de la UCA, la Eucaristía dominical. Fue allí donde este Dios-Amor obró el milagro. Fernando me pidió que le dijera a usted que nos acompañara a la misa, yo emocionada le trasmití la invitación de Fernando, usted muy contento aceptó participar y desde entonces nos acompañó todos los domingos al encuentro con el amado. Así llego usted a mi vida padre Ernesto.

En nuestra comunidad San Romero de América, el grupo se ha turnado para llevarlo los domingos a misa donde nos encontramos, viejos y jóvenes, con usted que no solo había perdido su “revolución”, sino también su vida de sacerdote activo. Poco a poco nos convertimos en amigos que nos encontrábamos ya no solo lo domingos, sino cada vez que la ocasión nos lo permitía, despedir amigos, dar la bienvenida a nuevos participantes, en fin, a veces solo por el gusto de estar con usted.

Mi amistad con usted, padre Ernesto, ha sido una de las más bellas etapas de mi vida. Le agradezco los momentos que compartimos, las misas dominicales en la UCA, las misas concelebradas en su casa, las  comidas en grupos donde usted y nosotras disfrutamos tanto, hacíamos toda una planificación de dónde ir y qué comer, siempre usted eligió el menú. Fui feliz viéndolo disfrutar de su almuerzo, y de su especial compañía; grandes conversaciones acompañaban el disfrute de esos almuerzos.

Yo sabía de usted, ya lo dije antes. Para todo aquel que se precia de amar lo bello, usted es su referente de la gloria divina: EL AMOR A DIOS.

Tener su cariño ha sido mi regalo del Dios-Amor, de ese Dios que solo a través de sus libros descubrí: “Vida en el Amor” y “El telescopio en la noche oscura” son mi referente del amor a Dios en todo y cada uno de los detalles de la vida.

El amor vivido por usted, con su vida sencilla, y directo siempre amando su soledad porque en ella se encontraba acompañado. Usted ha vivido entregado totalmente al Dios-Amor, un místico de carne y hueso. Jamás creí que llegaría a tenerlo cerca, admirarlo, quererlo y a la vez recibir su amistad y cariño por tanto y tanto que he recibido de usted. Gracias, mi amado padre Ernesto, por acercarme al misticismo.

Pater Ernesto, como siempre le he llamado por cariño, mi sueño desde adolescente se realizó cuando fui invitada a Solentiname a la celebración de su  cumpleaños. Allí le dije “Pater, si existe el paraíso, este es el paraíso”, allí viví tres días de paraíso, Solentiname fue un pedacito de cielo que quedó grabado en mi corazón.

Mi Pater Ernesto, que me mantuvo en vilo durante sus días en el hospital, cuando creímos que se iba para siempre. Pero la fuerza del amor hizo el milagro de devolvérnoslo a la vida. Llena de emoción asistí a su primera misa, todavía en su lecho de enfermo. Pero la gran recompensa fue el día que celebramos la misa en su casa con el padre Moisés.

Su dedicatoria, en el libro “Hijos de las Estrellas” en la que puso: “agradeciendo a Dios que te ha puesto en mi camino”.  Soy yo la que vivo agradecida con Dios por haberlo puesto en mi camino, en mi vida.  Todos los días doy gracias al Señor por su vida, su valentía, por su testimonio de vida que ha movido y comprometido al servicio y al Amor a muchísimas personas en el mundo. Admiro su espíritu rebelde, franco, sincero, luchador inclaudicable, pero su MÍSTICA, su Amor y entrega, su SILENCIO, su vida toda son el mayor testimonio de ese Dios-Amor, ese Dios-justo, luchador, capaz de dar la vida por AMOR.

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2 de marzo de 2020

 

 (2) Ha dejado grabado en mis pupilas, esos ojitos brillando de alegría y su dulce sonrisa cada día que pasaba saludándole, y me decía: jálate la silla, sentate, ¿qué nuevas me contás?; le hacía un breve resumen de la situación política, le llevaba artículos impresos, usted siempre queriendo estar al día de la política. Otras veces me leía estrofas de lo que estabas escribiendo, y me comentaba que en esas lecturas encontraba la oración. Esa mística cósmica que le poseía me contagiaba, yo quedaba maravillada, usted me platicaba y me explicaba, yo gozaba y me llenaba de ese amor místico entre usted y el amado.

Otras veces, las más alegre y que más disfrutaba, era escoger el día y el evangelio de nuestra misa mensual con su comunidad, concelebrada con el padre Moisés, gozaba y era feliz, preparando una extraordinaria homilía, y eran momentos de una gran enseñanza bíblica y que todos disfrutábamos y aprendíamos algo nuevo. Ese día su sonrisa resplandecía. Era feliz con su comunidad.

Yo jamás salía de su casa sin mi crucecita en la frente, y yo se la hacía a usted, esa crucecita está marcada en mi frente, es indeleble.

Siempre está presente en cada estrella del universo, le amo y gracias a la vida que me dio el regalo de su cariño, su sonrisa y su amor.

“El Paraíso es el Amor, quien vive en el amor de Dios vive siempre en el Paraíso”

“Hija de las Estrellas”